Suicidio

Hay veces que sentimos nuestro cuerpo como si fuera la cárcel más oscura y fría, haciéndonos temblar por la certidumbre de que nunca vamos a lograr salir de ella. Soy la primera que ha dicho y que dirá que vivir, ser uno mismo, es lo mejor que puede pasarte en la vida. No por eso voy a ir en contra de ello. Sin embargo hoy, me pesa el corazón, como toneladas. Por ende, siento mi cuerpo como si estuviera atado con las cadenas de hierro más pesadas. Aclaro que no es por quién soy, ni mucho menos, agradezco cada día ser la persona que soy, porque estoy segura de que no podría haber sido nadie mejor. También aclaro que no necesito ser salvada, no lo he necesitado nunca, ya me salvo yo de todos y cada uno de mis abismos. Pero en eso consiste ser fuerte, cosa que soy y que nada tiene que ver con el sentimiento de soledad. Me he sentido sola muchas veces en mi vida, puede que incluso más que ahora, porque antes ni siquiera me tenía a mí misma, cosa que ahora sí. Lo que pasa es que las personas somos demasiado complejas, tenemos demasiadas cosas en nuestro interior, y no me refiero a los órganos o huesos; y yo siempre he destacado en eso de sentir las cosas en su grado más alto. Cuando estoy feliz, no hay nada que ilumine más que mi sonrisa, pero cuando estoy triste, no hay nada más tormentoso que mi presencia. Soy como una montaña rusa descarriada. He descubierto que he estado guardando todo dentro, como si fuera un cofre que no pudiera abrirse jamás, pero había olvidado que los tesoros tienen mapas y que, de alguna forma u otra, alguien acaba poseyendo la llave. Esta vez, a diferencia de muchas otras, era yo la que escondía el cofre, a la vez que también era yo quién tenía la llave. Al final, acabé abriéndolo, porque lo que nos hace daño es imposible ocultarlo eternamente. Es más, es imposible ocultar eternamente nada. Tarde o temprano, todo sale a la luz. He descubierto que me siento sola, que tengo una voz dentro que solloza pidiendo ayuda a alguien que nunca será receptor de mi ruego. Aunque también he descubierto que esa voz sollozante es abrazada por otra, una cálida, que intenta tranquilizarla día tras día. Tal vez el receptor de mis súplicas siempre he sido yo, pues como dije, nunca nadie podrá salvarme, porque soy yo quién me salva de todos mis abismos. Nunca antes había experimentado la lucha interna que se produce entre el miedo y la soledad y la esperanza y el amor propio. Sinceramente, creo que ninguna acabará ganando, ni perdiendo. Estoy sintiendo miedo, pero me doy cuenta de que estoy escribiendo, que es una de las medicinas más eficaces que tengo para combatir el dolor. Por eso creo que mi miedo a estar sola está siendo abrazado por la esperanza de que puedo ser lo que anhelo, de que a pesar de que me pesa el corazón y el cuerpo, ambos siguen avanzando, poco a poco, sin exigencias. Supongo que las personas necesitamos de otras personas para no sentirnos solas, para avanzar, para ser salvadas. He llegado al punto en el que creo que no necesitas a nadie. Está bien tener personas que se convierten en pilares y te sujetan, pero no siempre están esas personas, e incluso estando, puede que nunca lleguen a ser pilares. Por eso decido sujetarme a mí, siendo al mismo tiempo la que se encuentra al borde del precipicio y la que toma su mano para tirarse con ella si hace falta. La fortaleza está dentro de uno mismo y una vez que te das cuenta de ello, no hay nada que pueda doblegarla. Hoy he querido rendirme, y no es la primera vez, pero he estado escuchando mi voz más persistente que nunca, como si fuera la banda sonora de mi existencia. Es una voz suave, pero poderosa, una voz que me empuja a suicidarme en el miedo antes que vivir en el conformismo. Acepto esa voz, porque decido ser una suicida que se arroja a la incertidumbre de la esperanza.

Aziul.

 

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Gracias

A veces me paro a pensar en mi vida, en los cambios que se han producido en ella respecto a unos meses. Siempre que lo hago, se agolpan en mi mente rostros de personas que, de alguna forma, llegaron a ser importantes en un momento dado de mis días.

Me parece irónico que la mayoría de ellas ya no estén, sobre todo aquellas que prometían quedarse siempre a mi lado. Pienso en eso y pregunto al aire solitario de mi cuarto, “¿dónde quedó todo el cariño que decías sentir por mí y dónde quedaron todas las ganas de quedarte junto a mí?”. Aunque no me siento mal, no siento ningún tipo de odio por las personas que juraron quererme y se fueron. Siento nostalgia, eso sí, de lo que pudo haber sido y no fue.

Estoy acostumbrada a perder personas, desde que tengo memoria me ha pasado, pero no quiero victimizarme ni mucho menos, parte de la culpa, ahora lo sé, ha sido mía. Yo tampoco hice nada para quedarme. Tal vez, alguna persona que me recuerde de vez en cuando como aquella amiga que tuvo una vez y se fue, piense exactamente lo mismo que yo en este momento, pero de mí. Quizás yo hice sentir mal a alguien y, sin darme cuenta, insegura y sola. Puede que yo también haya herido a alguien pero, ¿quién no lo ha hecho alguna vez, queriendo o sin querer? Aseguro que todas las veces que he herido a alguien a lo largo de mi vida, no fueron queriendo. Pero las personas erramos, todas, por muy perfectas que nos creamos ser o que crean que somos.

¿Estoy decepcionada? He de decir que lo estuve, ahora ya no. Cuando pensaba en todas las personas que quería y ya no están por unas circunstancias o por otras, siempre sentía un vacío en el pecho, pensando en que algo estaba haciendo mal, que yo no quería esos días en los que no sintiera sus presencias. Ahora, cuando pienso en todas las personas a las que quería y ya no están, no puedo evitar alegrarme de haberlas querido, porque en ese momento ellas eran importantes para mí. Con el tiempo aprendemos que quien quiere quedarse, se queda, sin escusas y sin mentiras, así como nosotros nos quedamos con las personas a las que siempre hemos pertenecido. Por eso puedo ser feliz, porque sí, hay muchas personas que no están y que me hubiera gustado que estuvieran, pero es que hay unas que están, día sí y día también, amándome, haciendo que toda la soledad que alguna vez sentí invadirme desaparezca. Hoy por hoy, estoy bien. Les doy las gracias a todas las personas que pasaron por mi vida y me quisieron, sin importarme su partida. Incluso a aquellas que me mintieron, me usaron y me destrozaron, porque me mostraron que el único camino era ser fuerte, y lo sigue siendo. Pero evidentemente, no hay nadie con quien esté más agradecida que con las personas que me aman a día de hoy y que han decidido que mi presencia es demasiado importante como para dejarla marchar, a ellas les debo que haya encontrado la única respuesta que existe: quererme a mí misma tal y como soy.

Soy feliz, inmensamente feliz. Miro hacia atrás, me observo y, aunque triste y sola, sonrío, porque me parece irónico ser tan tonta y haber tardado tanto en pedirme perdón y en quererme, e incluso en mantener sentimientos tan malos como el rencor o el resentimiento. Aunque no me importa la tardanza, me importa haberlo conseguido. De verdad, lo único que os deseo este año y todos, es que dejemos los complejos a un lado y que miremos nuestro rostro de cada día en el espejo y sintamos que no hay nada mejor en esta vida que ser la persona que somos.

Aziul.

Nuevo comienzo

Me gusta pensar que cuando un año acaba y otro empieza, también se cierra una puerta y se abre otra, llena de distintas oportunidades, quizás de sueños antiguos que no tuvimos la valentía de agarrar y hacerlos realidad. Me gusta pensar que el cambio no se produce únicamente en una cifra del año, sino en ti mismo. Cuando se acerca la víspera de noche vieja, todo el mundo se emociona de alguna manera, otros más y otros menos, pensando en qué les deparará el nuevo año. Puede que incluso sin quererlo ni sin buscarlo, nos hacemos promesas a nosotros mismos, de esas promesas importantes que nunca logramos cumplir del todo pero que siempre mantenemos la esperanza de que algún día las haremos reales. No hablo de propósitos, porque esos son los que se hacen antes de que un año acabe y otro empiece. Las promesas las puedes hacer en cualquier momento, sin esperar una ocasión especial.

Pensaréis que soy un poco ingenua e inocente, que por cambiar de año no cambiamos nosotros. Lo sé, vaya que si lo sé. Pero, ¿cuántos hemos empezado a replantearnos nuestra vida tras observar los primeros días de un año la nueva cifra que lo decora? Yo al menos, lo he hecho un millar de veces y sé que lo haré a lo largo de mi existencia.

Siempre he pensado que nuestras vidas son como un papel en blanco, una tabula rasa, que nosotros mismos vamos rellenando con vivencias a lo largo de nuestro desarrollo como personas en un mundo, en este mundo que nos permite vivir. Se me ocurre una metáfora muy bonita para esto y ya que me encantan los libros, la expondré: Todos y cada uno de nosotros somos libros en blanco; y como nuestra vida es un libro, somos escritores, editores, narradores, protagonistas, antagonistas, etc. Somos libros que van escribiéndose lenta pero constantemente; y somos libros que nadie llega a conocer del todo, ni siquiera uno mismo. Es más, hay tantas versiones de tu libro como otros libros hayas conocido a lo largo de tu periodo de escritura, porque cada persona ve la vida desde su perspectiva propia y ninguna se equivoca. Todas son verdad. ¿Pero qué es la verdad si no las diferentes perspectivas que cada persona tiene? ¿Existe acaso la mentira?

A lo que me refiero es que, en nuestra mano está decidir si queremos ser un libro del montón y seguir el mismo argumento de la mayoría, o si queremos ser el libro que tenga su propio argumento, que destaque entre los demás. Está a nuestro alcance no sólo decidirlo, sino conseguirlo.

Tal vez las personas inventamos el tiempo, los días, los meses y los años con el único objetivo de hacernos reflexionar sobre nuestros actos, si realmente nos estamos convirtiendo en la persona que soñamos ser. Al fin y al cabo, la posibilidad de cambiar, de mejorar, de brillar, la tenemos durante todo el tiempo que se nos ha proporcionado.

Mientras avanzamos a ciegas pero con el polvo de hada moviendo nuestras alas, así como decían en Campanilla que lo único necesario es “fe, confianza y polvo de hada”, lo único que puedo deciros es que tengamos en mente dos tópicos muy famosos y no por eso inciertos: Carpe diem pero memento mori.

Aziul.