XII

A mediados de este mes, estuve hablando con unas amigas de un tema un poco peliagudo, un tema que, lamentablemente para mí, siempre va ligado a alguien. Recordé entonces a un amigo mío, quizás el mejor amigo que he tenido nunca, y se me llenó el corazón de nostalgia y la cabeza de recuerdos compartidos con él.

He de decir que no suelo pararme a pensar en él mucho, aunque lo tengo presente todos los días, si no que alguien se lo pregunte a la ansiedad que siento si pierdo ese objeto tan importante que me recuerda a él y que casi siempre llevo encima. ¿Por qué no pienso mucho en él si tan importante es para mí? Fácil, porque lo quise y aún lo quiero demasiado. Recordar es fácil cuando a quien quieres sigue a tu lado, pero cuando ya no lo está, los recuerdos pueden llegar a ser látigos que te golpean incesantemente. No por eso digo que no esté bien recordar a quienes quisimos alguna vez y ya no están, debemos hacerlo, porque al fin y al cabo las personas no somos más que eso, recuerdos. Lo que pasa es que el recordar a alguien que ya no está es doloroso, porque nos gustaría que siguiera estando. Aunque de eso va la vida, supongo. El caso es que al recordarlo vi a mi yo de hace ocho años y lo vi caminando hasta llegar al día de hoy, a ser quien soy. Me di cuenta entonces de que nunca hubiera tomado todas las decisiones que he tomado hasta el día de hoy si no fuera porque tuve ese amigo tan bueno hace años. Y sí, que él se fuera abrió un abismal agujero en mi interior, y aunque tardara bastante en darme cuenta, ese agujero sólo apareció para enseñarme que soy fuerte. Me he ido dando cuenta a lo largo de los años que el mundo siempre ha estado cuidando de mí, primero con ese amigo que tuve hace años, ahora con las maravillosas personas con las que puedo contar día a día. Es un privilegio encontrar a tantas personas a las que querer y que te quieran. Yo tengo ese enorme privilegio.

Continuamos la conversación y llegamos a un tema que me ha interesado mucho desde siempre, y es que una de ellas habló del destino. Les dije que creía en el destino, porque es cierto, pero que también creía en que se podía cambiar según las decisiones que se tomaran. Las decisiones que tomamos día a día son las que hace de nosotros ser quienes somos, no somos más que decisiones y recuerdos de esas decisiones. En este punto una de ellas preguntó algo que, a pesar de ser tan obvio, no me había parado a pensar nunca: “¿Puede ser que el destino sean todas las decisiones que tomamos en nuestra vida?”, y en ese momento todo cobró sentido. Siempre había creído en el destino y en las decisiones, pero nunca pensé que la respuesta a eso podría ser que destino y decisión son la misma cosa. Cuando mi amiga dijo eso respondí casi involuntariamente que sí, que eso era el destino.

Poco después, fijé mis ojos en la calle que se abría frente a mí y supe que las decisiones están incluso en qué calle eliges para caminar y en qué ruta para llegar a tu destino, (aclaro que aquí me refiero al lugar al que vas). Tus decisiones y tu destino están a tu lado en todo momento, tan sólo hay que fijarse. ¿Por qué soy la persona que soy?, ¿y por qué tú eres la persona que eres? Lo somos por las decisiones y elecciones que hemos ido tomando a cada segundo. Si me estás leyendo ahora, ¿acaso no decidiste tú leerme? Si estás aquí lo hiciste e, inevitablemente, yo he sido tu destino hoy y a esta hora que me lees.

Hace mucho me atormentaba la idea de estar continuamente eligiendo entre una cosa u otra, porque me daba pánico escoger la elección no acertada. Ahora eso ya no me importa, porque he aprendido que no hay elecciones acertadas, no hay una mejor que otra, sino que son diferentes y que, cada una de ellas, desencadenará una serie de circunstancias que irán guiando nuestra vida, siempre haciéndonos elegir.

Elegí hace mucho a ese amigo y, aunque se marchó hace tiempo, fue la razón por la que decidí dejar de tener miedo y apostar por lo que movía mi corazón. Hoy soy yo misma porque decidí, aquel 12 de septiembre de 2011, compartir mi tiempo con él, y no me arrepiento de nada.

Aziul.

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ARTE

Estoy un poco enfadada, lo aviso por si acaso mi tono os asusta. Realmente no sé por dónde empezar o cómo, simplemente sé que tengo que soltar todo en el papel para poder continuar con mi vida y con las tareas que aún me quedan. Desde que comencé a leer y a desarrollar un amor inmenso por la lectura, he sentido que no encajo con la realidad en la que me ha tocado vivir. Ese sentimiento, de haber nacido en una época que es casi contraria a tu propia naturaleza, se agrava con el paso del tiempo, y es que cada vez siento con más intensidad esto. Me explico, vivimos en una realidad en la que las obras de arte, ya sean cuadros, esculturas, monumentos o cualquier creación realizada por la imaginación y habilidad del hombre, así como la escritura, la música y todo lo relacionado con la creatividad y el mundo del arte, ha quedado en un segundo plano. Me molesta profundamente, casi puedo decir que esta mentalidad hiere mi propia integridad como persona. Y es que nos movemos en un mundo en el que nos interesa más ver una imagen que leer varias palabras que quizás podrían mejorar tu vida de una forma inimaginable. Ojo, no voy en contra de las imágenes, la fotografía es otro tipo de arte. Pero vamos, ¿quién se para a observar una fotografía por más de unos segundos? Yo creo que nadie, a menos que le guste mucho el tema. Ni siquiera cuando vemos esas imágenes, esas fotografías, estamos viendo lo que realmente tenemos que ver. No, no vamos a ver nunca las intenciones de quien hizo la fotografía, de quien pintó el cuadro, de quien pulió la escultura, de quien construyó el monumento, de quien escribió el libro o de quien compuso la canción; pero si nos detenemos por un instante y observamos más allá de la superficie, que suele ser bastante tosca, a lo mejor descubrimos algo sobre nosotros mismos en lo que nunca antes habíamos reparado. Pero en vez de eso, preferimos hacernos una foto con esa escultura o monumento y que seamos nosotros el primer plano, como si fuéramos nosotros los que llevamos la ventaja de los siglos de antigüedad, o incluso si no son antiguos, ¿sabéis cuánto esfuerzo hay en cada obra de arte?, ¿cuánto tiempo empleado?, ¿cuánta ilusión? ¿Y cuánto empleáis vosotros en sacaros esa maldita foto? ¿Un segundo?, ¿dos tal vez? No me quejaría si, antes o después de haceros esa foto, os detuvieseis para observar la creación que tenéis delante. ¿Os dais cuenta de que todo el arte no es más que una idea que alguna vez cruzó la mente de alguna persona?, ¿os dais cuenta que ese cuadro, esa escultura, ese monumento, ese libro, esa fotografía, esa canción, etc. no habría podido conseguirse nunca si no fuera por la ilusión y la voluntad que su creador puso en ello?

Estoy enfadada porque hemos arrebatado la importancia a lo que realmente la tiene. Decimos día a día que lo importante está en el interior cuando nos referimos a las personas, ¿y cuánto nos lleva conocer medianamente bien a una persona?, ¿semanas?, ¿meses?, ¿años? Ese tiempo es el que emplean los artistas en llevar a cabo su obra, pero nosotros eso no lo tenemos en cuenta, porque se nos olvida que la belleza está en el interior. ¿No os parece ahora que somos un poco más superficiales de lo que nos creíamos? Y ya si me permitís rematar, no hace falta que pensemos en arte, mirad el mundo, ¿qué veis? El mundo es otro tipo de arte, que también es ignorado por nuestros ojos, porque, ah sí, ¿cómo era? La belleza está en el interior, ¿verdad? Nos falta aclarar que sólo lo está en el interior que nosotros decidimos ver, que no es casi ni el 20% de lo que existe en el mundo.

Definitivamente existo en una época que no encaja para nada con mi forma de ser, pero he aprendido a encontrar a personas que, como yo, se niegan a que el arte muera simplemente a causa de nuestra estúpida indiferencia. Esas personas me hacen sentir que esta época puede salvarse. Por eso continúo escribiendo día a día, porque el poder que poseo para salvar el mundo es la escritura y mi increíble predilección para con ella. Gracias a los artistas que se niegan a dejar morir el arte. Y siento si he sido demasiado agresiva, pero creo que ya era hora de que alguien lo dijera.

Aziul.

Sí hace falta

Querido mundo, he decidido escribir esta especie de carta que dirijo a nadie y a todos en general porque no puedo quedarme sin hacer nada, no el día de hoy.

Nací siendo mujer y a día de hoy soy mujer, pero por alguna razón, aunque yo me siento a gusto siéndolo, muchas veces he deseado haber nacido hombre. Creo que no es ningún pecado, desear ser del sexo opuesto cuando el tuyo está tan oprimido. Posiblemente todas las mujeres lo hayamos deseado alguna vez, pero son precisamente esas las que salen y gritan por todas y cada una de nosotras, las que gritan porque aman ser lo que son, mujeres. Muchas veces me he cambiado de ropa porque tal vez creía ir demasiado insinuante, porque es mi culpa si provoco con mi ropa, si provoco por enseñar demasiado mi cuerpo. Hubo ocasiones en las que me reprendí a mí misma lo poco femenina que soy, porque no me maquillo. Necesito maquillarme, porque si no nadie va a quererme, porque no soy lo suficientemente guapa sin los productos de belleza. En otras me quedé en casa a pesar de que quería salir por la noche, porque no puedo salir por la noche y mucho menos sola. Otras muchas me callé y evité dar mi opinión, porque no tengo derecho a opinar sobre nada, ni a pensar, ni a tener preferencias. Otras permití que me insultaran por el mero hecho de ser quién soy, porque no puedo defenderme, no tengo la razón ni sé de qué hablo nunca. Cuántas acepté que me dijeran “Calladita estás más guapa” y me quedé callada, dejando que me humillaran, como si fuera un recipiente vacío y ajeno a los sentimientos.

Pero no, no es justo. Puedo y casi diría que debo ir vestida de la forma que más me guste, puedo ir con ropa ancha o ajustada según me apetezca, y no por ello tengo que aguantar piropos o miradas obscenas que no he pedido, porque me visto para mí. Puedo y debo maquillarme si me da la gana, por y para mí; y no, no necesito el maquillaje, porque soy lo suficientemente guapa, pero si elijo ponérmelo, no es por ser más o menos femenina, es porque quiero. Puedo y debo salir por la noche sola o acompañada si me apetece, sin tener miedo del momento en el que esté volviendo a casa. Puedo y debo dar mi opinión mala o buena sobre cualquier cosa, porque tengo el derecho de pensar y de tener preferencias. Y no, no puedo ni debo permitir que me insulten por lo que soy, ni mucho menos callarme, porque, a lo mejor estoy más guapa callada, pero cuando hablo, cuando grito y cuando me expreso, soy espectacularmente brillante y preciosa.

Y sí, muchas veces he juzgado a mis hermanas por cosas que no debí haberlas juzgado, simplemente porque la sociedad me había dicho que nosotras no podemos hacer lo que nos da la gana, porque no tenemos derecho a ello. Nosotras, hermanas, siempre hemos sido nuestro peor enemigo, pero también somos nuestro mayor aliado, y podemos mover masas y hacer que el mundo gire a la inversa si unimos nuestras fuerzas, y eso la sociedad lo sabe, por eso se empeña en confrontarnos. Así que por el día de hoy y por todos los que lo siguen, abramos los ojos, tomémonos de las manos con fuerza y no nos soltemos bajo ninguna circunstancia, porque juntas somos enormes, juntas podemos convertirnos en lo que siempre se nos ha negado: personas, mujeres y nosotras mismas.

Sí, absolutamente sí hace falta un día completo dedicado a nosotras, porque seguimos siendo las oprimidas, las humilladas, las asesinadas. Hace falta un día sólo para nosotras, porque seguimos siendo un personaje secundario en la gran película protagonizada por el hombre. Sí hace falta sí, porque somos empleadas como un objeto de usar y tirar por el hombre cada día y en cada mínimo rincón del mundo, simplemente porque nacimos con vagina. Hace falta que gritemos, porque siguen negándonos la posibilidad de poseer una educación en muchas partes del mundo, simplemente porque nacimos con vagina. Hace falta que nos alcemos, porque nos obligan periódicamente a hacer cosas horribles y que van en contra de nuestra integridad como personas, simplemente porque nacimos con vagina.

No, no somos unas exageradas, somos justas con los heridas que nos han abierto, porque no oprimen, humillan o asesinan a una, nos oprimen, humillan o asesinan a todas. Por cada voz que se apaga, la nuestra subirá el volumen, hasta llegar al punto en el que lo único que se pueda oír sean nuestras voluntades. No somos el sexo débil, ni somos unas lloricas, ni mucho menos unas miedicas. Somos fuertes, decididas y valientes. Por eso tienen miedo, porque somos increíbles, porque nosotras movemos el mundo, y los cobardes siempre necesitan tener controlado a quién es superior, pero a nosotras ya no nos controlan. Somos fuertes, decididas y valientes, pero sobre todo somos nuestras.

¡Hoy no nos quiero calladas! ¡Hoy quiero que gritemos por todos los derechos que nos pertenecen y se nos han negado! ¡Hoy quiero oír nuestras voces como si todas las hermanas que nos han sido arrebatadas injustamente gritaran a nuestro lado! ¡Hoy quiero que seamos una, y que lo seamos para siempre! ¡Hoy quiero que todos comprendan que somos feministas porque buscamos la igualdad! ¡Hoy quiero que seamos mujeres! ¡Hoy quiero que seamos nosotras!

Aziul.

Luz de luna

Hace un par de semanas iba con mi padre en coche, era de noche y la luna, majestuosa y tan poderosa como siempre, iluminaba el oscuro cielo equitativamente. Él me dijo impresionado, “¿has visto lo redonda que está hoy la luna?”, y la miré a través del fino cristal que me protegía del frío. Era preciosa, como una obra de arte que sabe que ha nacido para ser admirada. No tan solo eso, sino que también fue, al menos para mí, letal.

Siempre me ha gustado observar la luna, pero al igual que pasa con cualquier cosa, cuando te acostumbras a verla, esa admiración se convierte paulatinamente en conformismo, casi en indiferencia. Esa noche fue distinta, o quizás lo era mi manera de mirarla. Sólo sé que la luna que iluminaba incesantemente aquella oscuridad consiguió mover algo en mi interior. Mis ojos quedaron prendados de ella y mi mente, tranquila hasta entonces, me planteó una pregunta que me dejó desorientada, “¿cómo es posible que nosotros, los seres humanos, creamos que somos lo más increíble que ha ocurrido nunca, cuando esa luna, inmensa y hermosa, se mantiene grandiosa en el cielo, dándonos equilibrio y vida?”. Casi simultáneamente, otra pregunta fue creada por mi mente, “¿y que pasa con el mundo, con este planeta que nos da cobijo y sin la que nuestra existencia nunca se hubiera producido?”. No pude contestar, pero aún siento la tristeza que me invadió lentamente en aquel instante. Me pregunté cuál era la razón de no haber sentido aquel agradecimiento antes por la luna, y digo por la luna, porque por el mundo lo siento casi siempre. ¿Por qué nunca antes me había sentido tan pequeña bajo la luz de la luna, tan insignificante? Pensé que tal vez alguien estuviera mirando aquella luna también, y quizás preguntas parecidas le asaltaran la mente y lo hicieran sentir bastante ridículo, tan ridícula como yo me siento cuando día tras día afirmamos que somos la mayor y mejor creación que existe. Pensamos que lo somos todo, que sin nosotros nada podría ser, y lo peor es que nos lo creemos y lo interiorizamos tanto que sólo conseguimos mostrar lo que realmente somos, un manojo de hipócritas con aires de superioridad.

Me río, porque mientras mis ojos seguían observando, casi cristalizados, aquel punto blanco que evitaba nuestra total sumisión en la oscuridad, supe que no es la luna quién está sola, como suelen decir las personas. No, la luna está bien como está, quién realmente está sola es la Tierra, que tiene que hacerse cargo de la vida de billones de personas mientras la destruimos y la sometemos a crueles torturas debido a nuestro afán de grandiosidad. La Tierra, con su enorme generosidad por y para nosotros, a cada minuto sangra más. Las personas, lamentablemente, lo destruimos todo, a nosotros mismos, a nuestros semejantes, a seres de diferente especie y a nuestra fuente de vida.

Mientras la Tierra sigue llorando, regando así con sus lágrimas nuestra triste existencia, la luna se mantiene a su lado, como un buen amigo que, a pesar de no poder hacer nada para curar las heridas ajenas, permanece con el único fin de compartir un dolor tan fuerte que nadie debería soportar, ni mucho menos imaginar. Estamos matando un planeta que, simplemente por su naturaleza afable, debería ser amado y cuidado. Sí, estamos matando nuestro propio origen y lo peor es que no nos damos cuenta de que, a la par, nos estamos matando.

Aziul.