Comienzo y final (Relato I; pt.2)

Me desperté una mañana, como cualquier otra, y escuché el canto de los pájaros. Aquellos que se acercaban cada mañana al árbol que había frente a mi ventana. Me encantaba escucharlos piar, por eso a menudo tardaba en salir de la cama. Me quedaba allí, disfrutando de su música. Me sentía pleno y me decía a mí mismo que iba a ser un gran día. No siempre lo era, pero cuando los escuchaba piar, estaba convencido de que lo sería. Al fin y al cabo era un niño.

Apenas comprendía entonces la abismal explicación del inicio y del final, de la vida y de la muerte. Tampoco me interesaban, como a ningún niño le interesa pensar en asuntos que van mucho más allá de la razón. No, aquello llegó mucho más tarde, tal vez en mi adolescencia, donde comencé a planteármelo todo. Bonitos momentos eran aquellos en los que aún tenía permitido vivir en la completa ignorancia. Siempre han dicho que el ignorante es mucho más feliz que el que sabe mucho, y estoy completamente de acuerdo.

Mis padres nunca me explicaron detenidamente qué significaba que alguien viviera y que alguien muriera. Creo que nadie le explica a su hijo eso, simplemente lo interioriza al estar en contacto con el mundo. Mi abuela murió cuando yo tenía seis años. La quería mucho y ella a mí también, pero nunca fui capaz de comprender completamente su muerte. Sí, mi abuela había desaparecido, ya no venía a casa, ni yo iba a visitarla salvo al cementerio, ya no me estrujaba las mejillas hasta dejármelas rojas y ya no veía su sonrisa; pero todo seguía igual. Igual, pero sin ella. Apenas lloré por su muerte porque, como he dicho, no comprendía qué le había sucedido. No fue hasta los once años que lo hice. Cuando tenía esa edad, solía ir de mi casa al colegio y del colegio a mi casa solo. El día que comprendí que mi abuela no volvería jamás, no fue diferente. Para llegar a mi casa tenía que cruzar un descampado que sólo daba miedo si ibas de noche, cosa que no hacía porque mi madre me lo tenía prohibido. Aquel día caminaba tranquilo mientras tarareaba una canción y de repente escuché un ruido fuerte y algo cayó a mi lado. Me sobresalté y miré al suelo: un pájaro. Me acerqué a él, estaba cubierto de sangre. Mi mano se dirigió a él cuando alguien me detuvo. Era un señor mayor, con escopeta, el asesino de aquel pobre pájaro. Está muerto, me dijo. Luego lo dejó allí tirado mientras hacía que me alejara del lugar. Cuando al fin reaccioné, salí corriendo y, cuando estuve lo suficientemente lejos de aquel hombre, rompí a llorar. Comprendí que aquel pájaro, como mi abuela, no volvería a tener un comienzo nunca, porque el final decisivo había llegado a él.

Fue en aquel momento que lloré todo lo que no había llorado por mi abuela a los seis años, y también lloré por aquel pobre pájaro. La vida, me dije, es una oportunidad única que se nos da, y que puede desaparecer en cualquier momento en tan solo un pestañeo.

Aziul.

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