Quizás para entender el enorme abismo que se abre continuamente en mi alma, el reflejo de un rostro que nunca seré capaz de ver. La leve duda de si mañana, el rostro seguirá siendo el mismo, si todo es real, si nada lo es.

El suave tacto de unos dedos que yo muevo, aunque siento que, en ocasiones, mi cuerpo es más de nadie que mío. El contacto con objetos, que hacen sentir la vida, como si fuera real, como si algo lo fuera.

La suave y dura melancolía, esa que se impregna al alma y hace sangrar todas sus gotas. Esas redes invisibles, intocables, inimaginables que nos atan, que estrujan el corazón, como si fuera esponja.

El llanto interrumpido, oculto, que no dejamos salir por miedo, por vergüenza, por incomprensión. Y el espejo, que sigue en la esquina, reflejando un rostro que más que pertenecernos, dictamina.

El frío de las yemas de los dedos, que no se compara al temblor de un anhelo solitario, incumplido, ignorado. El arrepentimiento, ese mezquino sentimiento, que congela hasta el último de los gozos.

El vacío, un recipiente sin nada, vivo, pero fantasmal. Ese sentido que necesito, que necesita, que necesitas. Su falta corroe todos los rincones de lo que alguna vez fue luz. Y quizás, lo que da miedo es que la oscuridad acabe siendo más dulce que la luz. Que todo lo malo sea real, y que todo lo bueno sea mentira.

Tal vez yo soy mentira, tal vez lo somos todos. Quizás esto no es más que una invención macabra de la mente. Soñando, soñando, soñando…

Y la brillante carrera contrarreloj. En contra de todos los deseos, en adelanto hacia un futuro que solo es abismo.

Aziul.