El blog…

XII

A mediados de este mes, estuve hablando con unas amigas de un tema un poco peliagudo, un tema que, lamentablemente para mí, siempre va ligado a alguien. Recordé entonces a un amigo mío, quizás el mejor amigo que he tenido nunca, y se me llenó el corazón de nostalgia y la cabeza de recuerdos compartidos con él.

He de decir que no suelo pararme a pensar en él mucho, aunque lo tengo presente todos los días, si no que alguien se lo pregunte a la ansiedad que siento si pierdo ese objeto tan importante que me recuerda a él y que casi siempre llevo encima. ¿Por qué no pienso mucho en él si tan importante es para mí? Fácil, porque lo quise y aún lo quiero demasiado. Recordar es fácil cuando a quien quieres sigue a tu lado, pero cuando ya no lo está, los recuerdos pueden llegar a ser látigos que te golpean incesantemente. No por eso digo que no esté bien recordar a quienes quisimos alguna vez y ya no están, debemos hacerlo, porque al fin y al cabo las personas no somos más que eso, recuerdos. Lo que pasa es que el recordar a alguien que ya no está es doloroso, porque nos gustaría que siguiera estando. Aunque de eso va la vida, supongo. El caso es que al recordarlo vi a mi yo de hace ocho años y lo vi caminando hasta llegar al día de hoy, a ser quien soy. Me di cuenta entonces de que nunca hubiera tomado todas las decisiones que he tomado hasta el día de hoy si no fuera porque tuve ese amigo tan bueno hace años. Y sí, que él se fuera abrió un abismal agujero en mi interior, y aunque tardara bastante en darme cuenta, ese agujero sólo apareció para enseñarme que soy fuerte. Me he ido dando cuenta a lo largo de los años que el mundo siempre ha estado cuidando de mí, primero con ese amigo que tuve hace años, ahora con las maravillosas personas con las que puedo contar día a día. Es un privilegio encontrar a tantas personas a las que querer y que te quieran. Yo tengo ese enorme privilegio.

Continuamos la conversación y llegamos a un tema que me ha interesado mucho desde siempre, y es que una de ellas habló del destino. Les dije que creía en el destino, porque es cierto, pero que también creía en que se podía cambiar según las decisiones que se tomaran. Las decisiones que tomamos día a día son las que hace de nosotros ser quienes somos, no somos más que decisiones y recuerdos de esas decisiones. En este punto una de ellas preguntó algo que, a pesar de ser tan obvio, no me había parado a pensar nunca: “¿Puede ser que el destino sean todas las decisiones que tomamos en nuestra vida?”, y en ese momento todo cobró sentido. Siempre había creído en el destino y en las decisiones, pero nunca pensé que la respuesta a eso podría ser que destino y decisión son la misma cosa. Cuando mi amiga dijo eso respondí casi involuntariamente que sí, que eso era el destino.

Poco después, fijé mis ojos en la calle que se abría frente a mí y supe que las decisiones están incluso en qué calle eliges para caminar y en qué ruta para llegar a tu destino, (aclaro que aquí me refiero al lugar al que vas). Tus decisiones y tu destino están a tu lado en todo momento, tan sólo hay que fijarse. ¿Por qué soy la persona que soy?, ¿y por qué tú eres la persona que eres? Lo somos por las decisiones y elecciones que hemos ido tomando a cada segundo. Si me estás leyendo ahora, ¿acaso no decidiste tú leerme? Si estás aquí lo hiciste e, inevitablemente, yo he sido tu destino hoy y a esta hora que me lees.

Hace mucho me atormentaba la idea de estar continuamente eligiendo entre una cosa u otra, porque me daba pánico escoger la elección no acertada. Ahora eso ya no me importa, porque he aprendido que no hay elecciones acertadas, no hay una mejor que otra, sino que son diferentes y que, cada una de ellas, desencadenará una serie de circunstancias que irán guiando nuestra vida, siempre haciéndonos elegir.

Elegí hace mucho a ese amigo y, aunque se marchó hace tiempo, fue la razón por la que decidí dejar de tener miedo y apostar por lo que movía mi corazón. Hoy soy yo misma porque decidí, aquel 12 de septiembre de 2011, compartir mi tiempo con él, y no me arrepiento de nada.

Aziul.

ARTE

Estoy un poco enfadada, lo aviso por si acaso mi tono os asusta. Realmente no sé por dónde empezar o cómo, simplemente sé que tengo que soltar todo en el papel para poder continuar con mi vida y con las tareas que aún me quedan. Desde que comencé a leer y a desarrollar un amor inmenso por la lectura, he sentido que no encajo con la realidad en la que me ha tocado vivir. Ese sentimiento, de haber nacido en una época que es casi contraria a tu propia naturaleza, se agrava con el paso del tiempo, y es que cada vez siento con más intensidad esto. Me explico, vivimos en una realidad en la que las obras de arte, ya sean cuadros, esculturas, monumentos o cualquier creación realizada por la imaginación y habilidad del hombre, así como la escritura, la música y todo lo relacionado con la creatividad y el mundo del arte, ha quedado en un segundo plano. Me molesta profundamente, casi puedo decir que esta mentalidad hiere mi propia integridad como persona. Y es que nos movemos en un mundo en el que nos interesa más ver una imagen que leer varias palabras que quizás podrían mejorar tu vida de una forma inimaginable. Ojo, no voy en contra de las imágenes, la fotografía es otro tipo de arte. Pero vamos, ¿quién se para a observar una fotografía por más de unos segundos? Yo creo que nadie, a menos que le guste mucho el tema. Ni siquiera cuando vemos esas imágenes, esas fotografías, estamos viendo lo que realmente tenemos que ver. No, no vamos a ver nunca las intenciones de quien hizo la fotografía, de quien pintó el cuadro, de quien pulió la escultura, de quien construyó el monumento, de quien escribió el libro o de quien compuso la canción; pero si nos detenemos por un instante y observamos más allá de la superficie, que suele ser bastante tosca, a lo mejor descubrimos algo sobre nosotros mismos en lo que nunca antes habíamos reparado. Pero en vez de eso, preferimos hacernos una foto con esa escultura o monumento y que seamos nosotros el primer plano, como si fuéramos nosotros los que llevamos la ventaja de los siglos de antigüedad, o incluso si no son antiguos, ¿sabéis cuánto esfuerzo hay en cada obra de arte?, ¿cuánto tiempo empleado?, ¿cuánta ilusión? ¿Y cuánto empleáis vosotros en sacaros esa maldita foto? ¿Un segundo?, ¿dos tal vez? No me quejaría si, antes o después de haceros esa foto, os detuvieseis para observar la creación que tenéis delante. ¿Os dais cuenta de que todo el arte no es más que una idea que alguna vez cruzó la mente de alguna persona?, ¿os dais cuenta que ese cuadro, esa escultura, ese monumento, ese libro, esa fotografía, esa canción, etc. no habría podido conseguirse nunca si no fuera por la ilusión y la voluntad que su creador puso en ello?

Estoy enfadada porque hemos arrebatado la importancia a lo que realmente la tiene. Decimos día a día que lo importante está en el interior cuando nos referimos a las personas, ¿y cuánto nos lleva conocer medianamente bien a una persona?, ¿semanas?, ¿meses?, ¿años? Ese tiempo es el que emplean los artistas en llevar a cabo su obra, pero nosotros eso no lo tenemos en cuenta, porque se nos olvida que la belleza está en el interior. ¿No os parece ahora que somos un poco más superficiales de lo que nos creíamos? Y ya si me permitís rematar, no hace falta que pensemos en arte, mirad el mundo, ¿qué veis? El mundo es otro tipo de arte, que también es ignorado por nuestros ojos, porque, ah sí, ¿cómo era? La belleza está en el interior, ¿verdad? Nos falta aclarar que sólo lo está en el interior que nosotros decidimos ver, que no es casi ni el 20% de lo que existe en el mundo.

Definitivamente existo en una época que no encaja para nada con mi forma de ser, pero he aprendido a encontrar a personas que, como yo, se niegan a que el arte muera simplemente a causa de nuestra estúpida indiferencia. Esas personas me hacen sentir que esta época puede salvarse. Por eso continúo escribiendo día a día, porque el poder que poseo para salvar el mundo es la escritura y mi increíble predilección para con ella. Gracias a los artistas que se niegan a dejar morir el arte. Y siento si he sido demasiado agresiva, pero creo que ya era hora de que alguien lo dijera.

Aziul.

Sí hace falta

Querido mundo, he decidido escribir esta especie de carta que dirijo a nadie y a todos en general porque no puedo quedarme sin hacer nada, no el día de hoy.

Nací siendo mujer y a día de hoy soy mujer, pero por alguna razón, aunque yo me siento a gusto siéndolo, muchas veces he deseado haber nacido hombre. Creo que no es ningún pecado, desear ser del sexo opuesto cuando el tuyo está tan oprimido. Posiblemente todas las mujeres lo hayamos deseado alguna vez, pero son precisamente esas las que salen y gritan por todas y cada una de nosotras, las que gritan porque aman ser lo que son, mujeres. Muchas veces me he cambiado de ropa porque tal vez creía ir demasiado insinuante, porque es mi culpa si provoco con mi ropa, si provoco por enseñar demasiado mi cuerpo. Hubo ocasiones en las que me reprendí a mí misma lo poco femenina que soy, porque no me maquillo. Necesito maquillarme, porque si no nadie va a quererme, porque no soy lo suficientemente guapa sin los productos de belleza. En otras me quedé en casa a pesar de que quería salir por la noche, porque no puedo salir por la noche y mucho menos sola. Otras muchas me callé y evité dar mi opinión, porque no tengo derecho a opinar sobre nada, ni a pensar, ni a tener preferencias. Otras permití que me insultaran por el mero hecho de ser quién soy, porque no puedo defenderme, no tengo la razón ni sé de qué hablo nunca. Cuántas acepté que me dijeran “Calladita estás más guapa” y me quedé callada, dejando que me humillaran, como si fuera un recipiente vacío y ajeno a los sentimientos.

Pero no, no es justo. Puedo y casi diría que debo ir vestida de la forma que más me guste, puedo ir con ropa ancha o ajustada según me apetezca, y no por ello tengo que aguantar piropos o miradas obscenas que no he pedido, porque me visto para mí. Puedo y debo maquillarme si me da la gana, por y para mí; y no, no necesito el maquillaje, porque soy lo suficientemente guapa, pero si elijo ponérmelo, no es por ser más o menos femenina, es porque quiero. Puedo y debo salir por la noche sola o acompañada si me apetece, sin tener miedo del momento en el que esté volviendo a casa. Puedo y debo dar mi opinión mala o buena sobre cualquier cosa, porque tengo el derecho de pensar y de tener preferencias. Y no, no puedo ni debo permitir que me insulten por lo que soy, ni mucho menos callarme, porque, a lo mejor estoy más guapa callada, pero cuando hablo, cuando grito y cuando me expreso, soy espectacularmente brillante y preciosa.

Y sí, muchas veces he juzgado a mis hermanas por cosas que no debí haberlas juzgado, simplemente porque la sociedad me había dicho que nosotras no podemos hacer lo que nos da la gana, porque no tenemos derecho a ello. Nosotras, hermanas, siempre hemos sido nuestro peor enemigo, pero también somos nuestro mayor aliado, y podemos mover masas y hacer que el mundo gire a la inversa si unimos nuestras fuerzas, y eso la sociedad lo sabe, por eso se empeña en confrontarnos. Así que por el día de hoy y por todos los que lo siguen, abramos los ojos, tomémonos de las manos con fuerza y no nos soltemos bajo ninguna circunstancia, porque juntas somos enormes, juntas podemos convertirnos en lo que siempre se nos ha negado: personas, mujeres y nosotras mismas.

Sí, absolutamente sí hace falta un día completo dedicado a nosotras, porque seguimos siendo las oprimidas, las humilladas, las asesinadas. Hace falta un día sólo para nosotras, porque seguimos siendo un personaje secundario en la gran película protagonizada por el hombre. Sí hace falta sí, porque somos empleadas como un objeto de usar y tirar por el hombre cada día y en cada mínimo rincón del mundo, simplemente porque nacimos con vagina. Hace falta que gritemos, porque siguen negándonos la posibilidad de poseer una educación en muchas partes del mundo, simplemente porque nacimos con vagina. Hace falta que nos alcemos, porque nos obligan periódicamente a hacer cosas horribles y que van en contra de nuestra integridad como personas, simplemente porque nacimos con vagina.

No, no somos unas exageradas, somos justas con los heridas que nos han abierto, porque no oprimen, humillan o asesinan a una, nos oprimen, humillan o asesinan a todas. Por cada voz que se apaga, la nuestra subirá el volumen, hasta llegar al punto en el que lo único que se pueda oír sean nuestras voluntades. No somos el sexo débil, ni somos unas lloricas, ni mucho menos unas miedicas. Somos fuertes, decididas y valientes. Por eso tienen miedo, porque somos increíbles, porque nosotras movemos el mundo, y los cobardes siempre necesitan tener controlado a quién es superior, pero a nosotras ya no nos controlan. Somos fuertes, decididas y valientes, pero sobre todo somos nuestras.

¡Hoy no nos quiero calladas! ¡Hoy quiero que gritemos por todos los derechos que nos pertenecen y se nos han negado! ¡Hoy quiero oír nuestras voces como si todas las hermanas que nos han sido arrebatadas injustamente gritaran a nuestro lado! ¡Hoy quiero que seamos una, y que lo seamos para siempre! ¡Hoy quiero que todos comprendan que somos feministas porque buscamos la igualdad! ¡Hoy quiero que seamos mujeres! ¡Hoy quiero que seamos nosotras!

Aziul.

Luz de luna

Hace un par de semanas iba con mi padre en coche, era de noche y la luna, majestuosa y tan poderosa como siempre, iluminaba el oscuro cielo equitativamente. Él me dijo impresionado, “¿has visto lo redonda que está hoy la luna?”, y la miré a través del fino cristal que me protegía del frío. Era preciosa, como una obra de arte que sabe que ha nacido para ser admirada. No tan solo eso, sino que también fue, al menos para mí, letal.

Siempre me ha gustado observar la luna, pero al igual que pasa con cualquier cosa, cuando te acostumbras a verla, esa admiración se convierte paulatinamente en conformismo, casi en indiferencia. Esa noche fue distinta, o quizás lo era mi manera de mirarla. Sólo sé que la luna que iluminaba incesantemente aquella oscuridad consiguió mover algo en mi interior. Mis ojos quedaron prendados de ella y mi mente, tranquila hasta entonces, me planteó una pregunta que me dejó desorientada, “¿cómo es posible que nosotros, los seres humanos, creamos que somos lo más increíble que ha ocurrido nunca, cuando esa luna, inmensa y hermosa, se mantiene grandiosa en el cielo, dándonos equilibrio y vida?”. Casi simultáneamente, otra pregunta fue creada por mi mente, “¿y que pasa con el mundo, con este planeta que nos da cobijo y sin la que nuestra existencia nunca se hubiera producido?”. No pude contestar, pero aún siento la tristeza que me invadió lentamente en aquel instante. Me pregunté cuál era la razón de no haber sentido aquel agradecimiento antes por la luna, y digo por la luna, porque por el mundo lo siento casi siempre. ¿Por qué nunca antes me había sentido tan pequeña bajo la luz de la luna, tan insignificante? Pensé que tal vez alguien estuviera mirando aquella luna también, y quizás preguntas parecidas le asaltaran la mente y lo hicieran sentir bastante ridículo, tan ridícula como yo me siento cuando día tras día afirmamos que somos la mayor y mejor creación que existe. Pensamos que lo somos todo, que sin nosotros nada podría ser, y lo peor es que nos lo creemos y lo interiorizamos tanto que sólo conseguimos mostrar lo que realmente somos, un manojo de hipócritas con aires de superioridad.

Me río, porque mientras mis ojos seguían observando, casi cristalizados, aquel punto blanco que evitaba nuestra total sumisión en la oscuridad, supe que no es la luna quién está sola, como suelen decir las personas. No, la luna está bien como está, quién realmente está sola es la Tierra, que tiene que hacerse cargo de la vida de billones de personas mientras la destruimos y la sometemos a crueles torturas debido a nuestro afán de grandiosidad. La Tierra, con su enorme generosidad por y para nosotros, a cada minuto sangra más. Las personas, lamentablemente, lo destruimos todo, a nosotros mismos, a nuestros semejantes, a seres de diferente especie y a nuestra fuente de vida.

Mientras la Tierra sigue llorando, regando así con sus lágrimas nuestra triste existencia, la luna se mantiene a su lado, como un buen amigo que, a pesar de no poder hacer nada para curar las heridas ajenas, permanece con el único fin de compartir un dolor tan fuerte que nadie debería soportar, ni mucho menos imaginar. Estamos matando un planeta que, simplemente por su naturaleza afable, debería ser amado y cuidado. Sí, estamos matando nuestro propio origen y lo peor es que no nos damos cuenta de que, a la par, nos estamos matando.

Aziul.

Monstruos, pt.2

Me preguntaba a mí misma si realmente está bien exponerse tanto hacia un público como yo a veces lo hago en mis textos, y me he dicho que sí. He llegado a esa conclusión solamente porque, a pesar de que siempre me confundo y acabo pensando en que debo ser una especie de Lope de Vega que escriba lo que los demás quieren oír, yo escribo para mí. Estos textos e incluso este blog entero lo hice por y para mí, no para que nadie más me diera su aprobación sobre si están bien o mal los temas que toco en él.

Me siento ahora mismo bastante confusa respecto a mi propia persona, por el mero hecho de que mis sentimientos y mis pensamientos chocan, no se ponen de acuerdo, provocándome un dolor agudo que no sé cómo interpretar. Normalmente siempre han sido mis pensamientos los que se han empeñado en hacerme daño, creando situaciones imaginarias, de esas que sabes que posiblemente nunca lleguen a suceder, pero aun así te hacen mal. Normalmente las personas saben que el peor enemigo que pueden tener es su propia mente, al igual que a mí me ha pasado durante mucho tiempo. Pero ha sucedido que, ahora son mis sentimientos los que se empeñan en que salgan a la luz recuerdos que me atormentaron en su día y que me atormentan ahora por igual. A veces sientes que has superado muchas cosas, que has madurado, que ya no eres la misma persona débil e indecisa que eras, pero repentinamente se te presentan unas circunstancias en las que vuelven todos esos miedos que creías enterrados hace mucho. ¿Qué controla a qué realmente? ¿La mente al corazón o el corazón a la mente? O quizás ni siquiera se controlan, sino que son dos elementos de la misma pieza que encajan y que a veces se mueven, como el mecanismo de un reloj, haciendo que cada cosa vaya a una ritmo desacompasado, al igual que las agujas que marcan las horas día tras día.

Siento un tótum revolútum en mi interior, como si nada quisiera dar su brazo a torcer para que las aguas vuelvan a su cauce. No, más bien es como un tsunami, que lo arrasa todo sin avisar. En estos días en los que me siento vulnerable, a veces me pregunto qué sentido tiene vivir, qué sentido tiene cuando no puedes entender tus propios sentimientos, cuando ni siquiera sabes la razón exacta de tu disgusto o de tu mala disposición. Me pregunto, si somos tan perfectos como la ciencia, la literatura y la religión nos hace creer, por qué somos tan débiles, cómo algo que ni siquiera se ve como es el caso de los sentimientos puede hacernos encerrarnos de por vida o recorrer el mundo entero si hace falta. ¿Cómo podemos ser tan cínicos e hipócritas de incluso pretender engañarnos a nosotros mismos e ignorar lo que no está bien, lo que nunca lo estuvo? ¿Cómo pretendemos ser felices si no escuchamos lo que estamos pidiendo a gritos? ¿Cómo osamos que nos quieran cuando ni siquiera sabemos hacerlo nosotros mismos? ¿Cómo enseñamos a los demás a ser humanos cuando ni siquiera nosotros sabemos serlo?

Si algo he temido de verdad en mi vida, no son los monstruos que hay debajo de mi cama o en mi armario, sino más bien los que se encuentran en mí y en todas las personas que me rodean. Al lado de esto, lo que más miedo me da en el mundo es que mis monstruos acaben por ahogar a personas que no tienen porqué verse envueltas en mis batallas. Por eso, días como hoy, siento la necesidad de encerrarme y de mantener una larga charla interna, para evitar que mis monstruos acaben destruyendo a otros. Peor que destruirte, es destruir. Yo desde luego, quiero apagar la voz del monstruo.

Aziul.

En blanco

Llevo varios días diciéndome a mí misma que debo escribir algo para el Librito Aziul, lo que pasa es que no sé muy bien de qué hablaros esta vez. Un gran amigo mío me dijo que aunque no supiera qué escribir, que compartiera eso mismo, el no tener una idea de lo que saldrá de este texto.

Considero que puede ser una buena idea, no ya sólo para escribir, sino para descubrir qué es lo que esconde mi interior y es tan difícil de ver ahora. El caso es que no me ha ocurrido nada relevante estas última semanas, ni tampoco he vivido ningún sentimiento profundo que me haga necesitar descargar todo en el papel, como pasó con la última publicación, por ejemplo. Suelo escribir por necesidad, aunque también por gusto, evidentemente. A lo que me refiero es que, cuando hay una necesidad tan poderosa para escribir que no puedes evitar hacerlo, ya sea por un suceso inesperado o por sentimientos tan fuertes como la felicidad o la tristeza (y sus derivados) es cuando sale lo mejor, o quizás lo peor, depende de cómo se mire. Doy por hecho que todos sabemos a lo que me refiero, porque espero que todos hayamos escrito al menos una vez en nuestra vida por necesidad, ya sea para conocer nuestros sentimientos, ya sea por el gran amor que profesamos a nuestro amado o amada, ya sea por lo mucho que admiramos a una persona, ya sea por el motivo que sea. Aconsejo que se escriba, y no lo digo porque escribir despierte en mí una pasión ardiente, sino porque creo que escribir es una de las llaves que nos permite llegar a lo más profundo de nuestra alma.

Escribiendo esto me he puesto un poco triste, y quizás era ahí donde quería llegar cuando comencé este texto. Nunca me ha dado miedo una hoja en blanco, más bien me emociona, porque cuando tengo una hoja en blanco delante de mis ojos, no puedo evitar entusiasmarme por las hermosas figuras que sé que se unirán para dar un mensaje, unas figuras que yo misma creo, porque mis palabras nunca van a ser iguales a las palabras del resto de personas. Es más, cada persona tiene sus propias palabras. Puede que en estructura sean iguales y que el significado sea el mismo, pero la esencia es diferente, la esencia depende de cada persona que emplee esas maravillosas figuras. Estoy triste porque necesitaba esto, plantarme delante de una hoja vacía y ser yo misma. Actualmente, estoy bastante ocupada y apenas tengo tiempo para hacer todo lo que me gustaría, pero las personas siempre encuentran tiempo para lo que de verdad es importante para ellas. Por eso estoy aquí, porque escribir me importa, porque estoy más hecha de palabras que de ninguna otra cosa.

¿Veis? Al final ha funcionado. Empecé hace un buen rato sin una clara idea del contenido que tendría este texto y al final el resultado ha sido este. Seguramente no hubiera pensado en nada de esto hoy, ni mañana, como tampoco lo pensé ayer, porque estas cosas no suelen pensarse. Estamos tan atrapados todos por nuestra rutina y por nuestras obligaciones que nos olvidamos de nosotros mismos. Es muy importante cuidarnos, saber cuáles son nuestros sentimientos, nuestras satisfacciones y nuestras carencias. Escribir a mí me ayuda a pensar en todo lo que ignoro haciendo cualquier otra cosa, me ayuda a saber quién soy, a darme una identidad. Os aconsejo, aunque en vuestra mano está hacerme caso o ignorarme, porque a decir verdad no siempre estoy en mis cabales (aunque vosotros decidiréis cuándo lo estoy y cuándo no, porque yo, la verdad, no lo distingo muy bien), que cuidéis vuestro corazón y que hagáis eso que os dé identidad. Sólo así podréis romper la monotonía, y no sé si soy yo o el qué, pero la monotonía sí que me abruma y aburre al mismo tiempo. Vivid, sobre todo vivid, sed libres como los pájaros que surcan los cielos cada día.

Aziul.

Suicidio

Hay veces que sentimos nuestro cuerpo como si fuera la cárcel más oscura y fría, haciéndonos temblar por la certidumbre de que nunca vamos a lograr salir de ella. Soy la primera que ha dicho y que dirá que vivir, ser uno mismo, es lo mejor que puede pasarte en la vida. No por eso voy a ir en contra de ello. Sin embargo hoy, me pesa el corazón, como toneladas. Por ende, siento mi cuerpo como si estuviera atado con las cadenas de hierro más pesadas. Aclaro que no es por quién soy, ni mucho menos, agradezco cada día ser la persona que soy, porque estoy segura de que no podría haber sido nadie mejor. También aclaro que no necesito ser salvada, no lo he necesitado nunca, ya me salvo yo de todos y cada uno de mis abismos. Pero en eso consiste ser fuerte, cosa que soy y que nada tiene que ver con el sentimiento de soledad. Me he sentido sola muchas veces en mi vida, puede que incluso más que ahora, porque antes ni siquiera me tenía a mí misma, cosa que ahora sí. Lo que pasa es que las personas somos demasiado complejas, tenemos demasiadas cosas en nuestro interior, y no me refiero a los órganos o huesos; y yo siempre he destacado en eso de sentir las cosas en su grado más alto. Cuando estoy feliz, no hay nada que ilumine más que mi sonrisa, pero cuando estoy triste, no hay nada más tormentoso que mi presencia. Soy como una montaña rusa descarriada. He descubierto que he estado guardando todo dentro, como si fuera un cofre que no pudiera abrirse jamás, pero había olvidado que los tesoros tienen mapas y que, de alguna forma u otra, alguien acaba poseyendo la llave. Esta vez, a diferencia de muchas otras, era yo la que escondía el cofre, a la vez que también era yo quién tenía la llave. Al final, acabé abriéndolo, porque lo que nos hace daño es imposible ocultarlo eternamente. Es más, es imposible ocultar eternamente nada. Tarde o temprano, todo sale a la luz. He descubierto que me siento sola, que tengo una voz dentro que solloza pidiendo ayuda a alguien que nunca será receptor de mi ruego. Aunque también he descubierto que esa voz sollozante es abrazada por otra, una cálida, que intenta tranquilizarla día tras día. Tal vez el receptor de mis súplicas siempre he sido yo, pues como dije, nunca nadie podrá salvarme, porque soy yo quién me salva de todos mis abismos. Nunca antes había experimentado la lucha interna que se produce entre el miedo y la soledad y la esperanza y el amor propio. Sinceramente, creo que ninguna acabará ganando, ni perdiendo. Estoy sintiendo miedo, pero me doy cuenta de que estoy escribiendo, que es una de las medicinas más eficaces que tengo para combatir el dolor. Por eso creo que mi miedo a estar sola está siendo abrazado por la esperanza de que puedo ser lo que anhelo, de que a pesar de que me pesa el corazón y el cuerpo, ambos siguen avanzando, poco a poco, sin exigencias. Supongo que las personas necesitamos de otras personas para no sentirnos solas, para avanzar, para ser salvadas. He llegado al punto en el que creo que no necesitas a nadie. Está bien tener personas que se convierten en pilares y te sujetan, pero no siempre están esas personas, e incluso estando, puede que nunca lleguen a ser pilares. Por eso decido sujetarme a mí, siendo al mismo tiempo la que se encuentra al borde del precipicio y la que toma su mano para tirarse con ella si hace falta. La fortaleza está dentro de uno mismo y una vez que te das cuenta de ello, no hay nada que pueda doblegarla. Hoy he querido rendirme, y no es la primera vez, pero he estado escuchando mi voz más persistente que nunca, como si fuera la banda sonora de mi existencia. Es una voz suave, pero poderosa, una voz que me empuja a suicidarme en el miedo antes que vivir en el conformismo. Acepto esa voz, porque decido ser una suicida que se arroja a la incertidumbre de la esperanza.

Aziul.

 

Gracias

A veces me paro a pensar en mi vida, en los cambios que se han producido en ella respecto a unos meses. Siempre que lo hago, se agolpan en mi mente rostros de personas que, de alguna forma, llegaron a ser importantes en un momento dado de mis días.

Me parece irónico que la mayoría de ellas ya no estén, sobre todo aquellas que prometían quedarse siempre a mi lado. Pienso en eso y pregunto al aire solitario de mi cuarto, “¿dónde quedó todo el cariño que decías sentir por mí y dónde quedaron todas las ganas de quedarte junto a mí?”. Aunque no me siento mal, no siento ningún tipo de odio por las personas que juraron quererme y se fueron. Siento nostalgia, eso sí, de lo que pudo haber sido y no fue.

Estoy acostumbrada a perder personas, desde que tengo memoria me ha pasado, pero no quiero victimizarme ni mucho menos, parte de la culpa, ahora lo sé, ha sido mía. Yo tampoco hice nada para quedarme. Tal vez, alguna persona que me recuerde de vez en cuando como aquella amiga que tuvo una vez y se fue, piense exactamente lo mismo que yo en este momento, pero de mí. Quizás yo hice sentir mal a alguien y, sin darme cuenta, insegura y sola. Puede que yo también haya herido a alguien pero, ¿quién no lo ha hecho alguna vez, queriendo o sin querer? Aseguro que todas las veces que he herido a alguien a lo largo de mi vida, no fueron queriendo. Pero las personas erramos, todas, por muy perfectas que nos creamos ser o que crean que somos.

¿Estoy decepcionada? He de decir que lo estuve, ahora ya no. Cuando pensaba en todas las personas que quería y ya no están por unas circunstancias o por otras, siempre sentía un vacío en el pecho, pensando en que algo estaba haciendo mal, que yo no quería esos días en los que no sintiera sus presencias. Ahora, cuando pienso en todas las personas a las que quería y ya no están, no puedo evitar alegrarme de haberlas querido, porque en ese momento ellas eran importantes para mí. Con el tiempo aprendemos que quien quiere quedarse, se queda, sin escusas y sin mentiras, así como nosotros nos quedamos con las personas a las que siempre hemos pertenecido. Por eso puedo ser feliz, porque sí, hay muchas personas que no están y que me hubiera gustado que estuvieran, pero es que hay unas que están, día sí y día también, amándome, haciendo que toda la soledad que alguna vez sentí invadirme desaparezca. Hoy por hoy, estoy bien. Les doy las gracias a todas las personas que pasaron por mi vida y me quisieron, sin importarme su partida. Incluso a aquellas que me mintieron, me usaron y me destrozaron, porque me mostraron que el único camino era ser fuerte, y lo sigue siendo. Pero evidentemente, no hay nadie con quien esté más agradecida que con las personas que me aman a día de hoy y que han decidido que mi presencia es demasiado importante como para dejarla marchar, a ellas les debo que haya encontrado la única respuesta que existe: quererme a mí misma tal y como soy.

Soy feliz, inmensamente feliz. Miro hacia atrás, me observo y, aunque triste y sola, sonrío, porque me parece irónico ser tan tonta y haber tardado tanto en pedirme perdón y en quererme, e incluso en mantener sentimientos tan malos como el rencor o el resentimiento. Aunque no me importa la tardanza, me importa haberlo conseguido. De verdad, lo único que os deseo este año y todos, es que dejemos los complejos a un lado y que miremos nuestro rostro de cada día en el espejo y sintamos que no hay nada mejor en esta vida que ser la persona que somos.

Aziul.

Nuevo comienzo

Me gusta pensar que cuando un año acaba y otro empieza, también se cierra una puerta y se abre otra, llena de distintas oportunidades, quizás de sueños antiguos que no tuvimos la valentía de agarrar y hacerlos realidad. Me gusta pensar que el cambio no se produce únicamente en una cifra del año, sino en ti mismo. Cuando se acerca la víspera de noche vieja, todo el mundo se emociona de alguna manera, otros más y otros menos, pensando en qué les deparará el nuevo año. Puede que incluso sin quererlo ni sin buscarlo, nos hacemos promesas a nosotros mismos, de esas promesas importantes que nunca logramos cumplir del todo pero que siempre mantenemos la esperanza de que algún día las haremos reales. No hablo de propósitos, porque esos son los que se hacen antes de que un año acabe y otro empiece. Las promesas las puedes hacer en cualquier momento, sin esperar una ocasión especial.

Pensaréis que soy un poco ingenua e inocente, que por cambiar de año no cambiamos nosotros. Lo sé, vaya que si lo sé. Pero, ¿cuántos hemos empezado a replantearnos nuestra vida tras observar los primeros días de un año la nueva cifra que lo decora? Yo al menos, lo he hecho un millar de veces y sé que lo haré a lo largo de mi existencia.

Siempre he pensado que nuestras vidas son como un papel en blanco, una tabula rasa, que nosotros mismos vamos rellenando con vivencias a lo largo de nuestro desarrollo como personas en un mundo, en este mundo que nos permite vivir. Se me ocurre una metáfora muy bonita para esto y ya que me encantan los libros, la expondré: Todos y cada uno de nosotros somos libros en blanco; y como nuestra vida es un libro, somos escritores, editores, narradores, protagonistas, antagonistas, etc. Somos libros que van escribiéndose lenta pero constantemente; y somos libros que nadie llega a conocer del todo, ni siquiera uno mismo. Es más, hay tantas versiones de tu libro como otros libros hayas conocido a lo largo de tu periodo de escritura, porque cada persona ve la vida desde su perspectiva propia y ninguna se equivoca. Todas son verdad. ¿Pero qué es la verdad si no las diferentes perspectivas que cada persona tiene? ¿Existe acaso la mentira?

A lo que me refiero es que, en nuestra mano está decidir si queremos ser un libro del montón y seguir el mismo argumento de la mayoría, o si queremos ser el libro que tenga su propio argumento, que destaque entre los demás. Está a nuestro alcance no sólo decidirlo, sino conseguirlo.

Tal vez las personas inventamos el tiempo, los días, los meses y los años con el único objetivo de hacernos reflexionar sobre nuestros actos, si realmente nos estamos convirtiendo en la persona que soñamos ser. Al fin y al cabo, la posibilidad de cambiar, de mejorar, de brillar, la tenemos durante todo el tiempo que se nos ha proporcionado.

Mientras avanzamos a ciegas pero con el polvo de hada moviendo nuestras alas, así como decían en Campanilla que lo único necesario es “fe, confianza y polvo de hada”, lo único que puedo deciros es que tengamos en mente dos tópicos muy famosos y no por eso inciertos: Carpe diem pero memento mori.

Aziul.

La hija del relojero, Kate Morton

Quiero hablaros de un libro que me ha fascinado completamente, La hija del relojero de Kate Morton, como bien podéis ver en el título de la entrada.

Para comenzar, me gustaría hablar brevemente de la autora. Es difícil para mí expresar todo lo que significa esta mujer para mí. La descubrí en 2013 con su libro más famoso El jardín olvidado, siendo actualmente uno de mis libros preferidos. Me pongo nostálgica cuando pienso que entonces no tenía ni idea de la repercusión que tendría esta autora en mi vida. Para explicar esto he de decir que siempre me ha gustado escribir, y ya dije con diez u once años que quería ser escritora, pero no fue hasta que descubrí a Kate Morton que me armé de valor y supe que escribir puede pasar de ser un sueño a una realidad en cuestión de creer fuertemente en uno mismo y esforzarse día a día. Ella logró inspirarme y logró darme el empujón que necesitaba en el momento indicado. Por eso y por mucho más, no podéis imaginaros lo mucho que le debo; quizás, gran parte de las decisiones que he tomado en mi vida han sido infundadas por ese momento en el que leí la última página de su libro más vendido y sentí que estaba justo donde debía estar. Tal vez ese momento desencadenó todas mis palabras, las que ahora escribo, las que he escrito y las que sin duda escribiré.

Hablar de La hija del relojero es abrumador, pues hay un cúmulo de sentimientos que se arremolinan en mi interior desordenadamente. Empezaré por el principio. Con este libro hice algo que no había hecho con ningún otro: leer críticas (sin spoiler) antes de leer el libro por mí misma. Fue un gravísimo error. ¿Por qué digo esto? Porque leí tanto buenas como malas críticas, pero incluso las que alababan el libro decían que no estaba a la altura de los demás. Esto me desmotivó bastante, aunque en ningún momento menguó mi decisión de leerlo, como he dicho antes, Kate Morton significa mucho para mí, y siempre le daré todas las oportunidades que necesite. Así que comencé el libro algo desmotivada y, aunque ya percibí una clara diferencia con sus demás libros desde el principio, las críticas que había leído seguían echándome para atrás y haciéndome creer que el libro que tenía entre las manos no me iba a emocionar. Qué equivocada estaba. La diferencia que noté desde el inicio es que Kate Morton había ido al grano mucho más rápido. Me explico, ella suele dar una introducción en todos sus libros que incluso llega a ser pesada en algún punto, pero en este es diferente, va poniéndonos en situación de una forma muy súbita mientras también nos da la introducción y nos explica qué está pasando de la forma tan maravillosa que sólo ella sabe. Al igual que todos sus libros, este está narrado de una forma impecable, con el estilo tan pulcro que Kate Morton tiene.

Además de esta diferencia, a partir de la página 100 más o menos, descubres otra, aunque no se hace clara hasta que pasan los capítulos; y es que la protagonista no es la protagonista. Kate Morton juega con el pasado y el presente como si fuera coser y cantar, y siempre tiene una protagonista en el presente y otra en el pasado. Este no es la excepción. A lo que me refiero es que sus protagonistas del tiempo presente suelen sobresalir mucho más que las del pasado, (o al menos eso me ha parecido a mí); pero en La hija del relojero la verdadera protagonista es la mujer del pasado, Bridie. Todo, absolutamente todo en la novela gira en torno a su figura, como en el Cantar de mio Cid giraba todo en torno a la figura del campeador. Aunque era de esperarse, pues la autora nos da desde el principio este dato en el propio título.

Para seguir explicando este libro y sus diferencias con el resto de los libros de Kate Morton, debo detenerme y mencionar otras de sus obras. Kate Morton ha publicado seis libros hasta la fecha, siendo este el último. Hasta hace un par de días, que es cuando acabé este libro, mis favoritos de la autora habían sido El jardín olvidado y El último adiós. No voy a decir que han dejado de serlo, porque sería mentira. Ambos libros me fascinaron por la increíble historia que presentan, y van a seguir siendo mis libros favoritos de esta autora en cuanto a argumento. Sin embargo, La hija del relojero se ha convertido en mi libro favorito de Kate Morton en cuanto a personalidad. El libro en sí tiene personalidad, tiene fuerza y está más vivo que ninguno que ella haya escrito antes. En este libro no son sólo los personajes los que están siendo presentados, sino la misma autora también. La presencia de Kate Morton se siente durante toda la novela. He logrado conocer parte del pensamiento de la autora a través de este libro y os aseguro que ninguna de sus demás obras ha conseguido eso, al menos no en mí.

He de decir también que me he enamorado completamente de Bridie y sé que va a ser de ahora en adelante uno de mis personajes literarios preferidos. Me gusta su autenticidad, su pureza, la potencia de sus sentimientos y su fuerza. Es un personaje que destaca sobre todos los demás, aunque evidentemente ese era el propósito de nuestra autora.

También debo destacar que es el único libro de Kate Morton que ha conseguido hacerme llorar, y no hablo de sacarme un par de lágrimas, sino de llorar como una magdalena. Aunque eso es bastante subjetivo, personalmente creo que puede haber sido por dos cosas: por el cariño que he mencionado hacia Bridie, o porque no puedes evitar empatizar con todo lo que les pasa a los personajes. En mi caso, estoy segura de que ambos factores han influido, porque en el momento en el que todas las piezas comienzan a encajar, en el que descubres por ti mismo la verdad sin que la autora te lo corrobore directamente hasta pasados unos capítulos, entonces algo dentro de ti se rompe y cambia, sin ninguna posibilidad de revertirse, tal y como el tiempo.

La otra gran diferencia entre este libro y los demás de la autora es la profundidad del pensamiento. Las reflexiones y las lecciones que nos enseña son tan inusuales y tan simples como auténticas. Este factor me ha fascinado de una forma indescriptible y ahora creo que ha sido precisamente este factor el que me ha convencido para quedarme y el que me ha hecho olvidar todas aquellas críticas que había leído en un inicio. Estas reflexiones unen con lo dicho anteriormente, Kate Morton crea con su propia presencia el ambiente de La hija del relojero.

Ya puestos, he de decir que estoy tanto de acuerdo como en desacuerdo con las personas que se quejan de que hay demasiadas perspectivas. Aclaro esto, Kate Morton, como he dicho, juega con una perspectiva en el presente y otra en el pasado, tal vez incluso con tres, pero no más. En La hija del relojero, se ha arriesgado con más, y hemos conocido unas ocho perspectivas diferentes. Es decir, hemos conocido distintas partes de la historia o incluso la misma desde el punto de vista de diferentes personajes. ¿El problema de esto? Que puedes liar al lector; y precisamente las personas que se quejan de estas múltiples perspectivas son las que han acabado liadas. Yo también he sido una de ellas, muchas veces no me acordaba ni de quién era el personaje que narraba, si no era uno de los principales y, a pesar de que en un principio estuve de acuerdo con estas quejas, he acabado amando su decisión de introducir todas estas perspectivas, porque de verdad creo que no hay ni una sola que no sea necesaria para el desarrollo de la historia. Aunque sí hay algo que no me ha gustado nada y es la poca importancia que se le da a la protagonista del presente. Elodie es presentada de una forma muy prometedora, pero según se avanza en la novela, la muchacha apenas sale y el lector apenas sabe nada de ella; y cuando por fin aparece ni te acuerdas de dónde estaba o qué estaba haciendo. Personalmente, creo que Kate podría haberle sacado mucho más partido a este personaje o, al menos, contar qué sucede con ella al final de la novela. Es un personaje que no está bien cerrado y por eso, no puedo evitar pensar que Elodie simplemente ha sido un personaje bulto para contar la historia de Bridie.

La hija del relojero es una bella reflexión sobre el tiempo, sobre como la eternidad puede ser terriblemente dolorosa y como la fugacidad puede ser lo más increíble del mundo. El tiempo siempre ha sido uno de los puntos fuertes de Kate Morton, pero esta vez, ha convertido este libro en un reloj de pared bellísimo, como el de Bridie. Un reloj que te recuerda lo que es realmente importante en esta vida.

No puedo evitar estremecerme al pensar en La hija del relojero. Una parte de mí se ha quedado dentro de este libro, y una parte de este libro se ha quedado dentro de mí para la eternidad, una eternidad mucho menos desgarradora que la que esconden sus páginas…

Aziul.