Las cosas están complicadas. Aunque, a decir verdad, siempre lo están. No creo que ningún punto de nuestro largo y cansado recorrido sea fácil. Quizás puede llegar a ser bonito en algún momento, pero fácil nunca. La vida no es así. La vida no es algo con lo que se pueda bromear. O la dominas o te domina. Así de simple.

Me encontré con algo inesperado, algo que me hizo reflexionar y a lo que no paro de darle vueltas. Una oración, palabras, palabras, palabras y sentimientos encontrados, rivales de muerte. Ah, siento haceros esto, porque vais a sentir lo que yo. Comprended que no puedo respirar sola este aire impregnado de calvario. «Lo más duro es aceptar que la única persona que no te deja avanzar eres tú mismo». Pedí perdón, pero volveré a hacerlo: perdón. Ahora estáis en mi mismo pozo. Vayamos por partes. «Lo más duro…». Ya te preparas para el ataque, ingenuo, quizás irónico, esperando la tontería (que, por cierto, no sobra en nuestros días). «Lo más duro es aceptar que». Aquí viene el golpe… «Lo más duro es aceptar que la única persona…». ¿Miedo? ¿Quizás una visión del futuro llena de carga? ¿Los recuerdos intentando agazaparse en tu memoria? «Lo más duro es aceptar que la única persona que no te deja avanzar…». Y aquí se abren las puertas a las inseguridades. Aparecen todos esos rostros que alguna vez en la vida te han hecho dudar de ti mismo. Quieres culpar a alguien. Deseas culpar a alguien. Necesitas culpar a alguien. A alguien, pero no a… «eres tú mismo». «Lo más duro es aceptar que la única persona que no te deja avanzar eres tú mismo». La exposición, la apertura, la luz que aparece sin ser llamada. El corazón quebrándose en piezas diminutas y un rostro. El rostro del monstruo que siempre te ha atormentado. No el rostro del espejo, el de dentro, que da más miedo. Ahora ya no son tus recuerdos, tú te agazapas. Y te ves, y lo ves, y lo sientes, y lo sabes. Qué dura la tortura de saber la verdad.

Cadenas que se mueven como serpientes, que viven casi inmortales en tu mente. Te asfixian, te secan, te hieren. Pero la luz vuelve y quieres, y deseas, y necesitas culpar a alguien. A alguien, pero no a la sombra que se pega a tus pies; no al rostro que te persigue a donde vayas; no a los pensamientos que deciden tu rumbo; no al alma de un pobre pájaro inseguro. No, no, no. Negación, anhelo, melancolía, tristeza.

Ah, si fuera tan fácil… salir, luchar, sentir, creer. La figura de alguien que fuiste y que confiaba en todos tus deseos. Aquella figura que hubiera dado lo que fuera por cumplirlos. Ojalá se apareciese de nuevo para no volverla a soltar. Ojalá tomar su mano firmemente y caminar. Ah, la figura, tan tonta e inculta, pero tan fuerte y valiente. Quizás ahora somos los verdaderos tontos e incultos. Se intercambian los papeles. El telón se cierra (o quizás nunca se ha abierto). La vida continúa… O te domina o la dominas. Así de simple.

Aziul.