En blanco

Llevo varios días diciéndome a mí misma que debo escribir algo para el Librito Aziul, lo que pasa es que no sé muy bien de qué hablaros esta vez. Un gran amigo mío me dijo que aunque no supiera qué escribir, que compartiera eso mismo, el no tener una idea de lo que saldrá de este texto.

Considero que puede ser una buena idea, no ya sólo para escribir, sino para descubrir qué es lo que esconde mi interior y es tan difícil de ver ahora. El caso es que no me ha ocurrido nada relevante estas última semanas, ni tampoco he vivido ningún sentimiento profundo que me haga necesitar descargar todo en el papel, como pasó con la última publicación, por ejemplo. Suelo escribir por necesidad, aunque también por gusto, evidentemente. A lo que me refiero es que, cuando hay una necesidad tan poderosa para escribir que no puedes evitar hacerlo, ya sea por un suceso inesperado o por sentimientos tan fuertes como la felicidad o la tristeza (y sus derivados) es cuando sale lo mejor, o quizás lo peor, depende de cómo se mire. Doy por hecho que todos sabemos a lo que me refiero, porque espero que todos hayamos escrito al menos una vez en nuestra vida por necesidad, ya sea para conocer nuestros sentimientos, ya sea por el gran amor que profesamos a nuestro amado o amada, ya sea por lo mucho que admiramos a una persona, ya sea por el motivo que sea. Aconsejo que se escriba, y no lo digo porque escribir despierte en mí una pasión ardiente, sino porque creo que escribir es una de las llaves que nos permite llegar a lo más profundo de nuestra alma.

Escribiendo esto me he puesto un poco triste, y quizás era ahí donde quería llegar cuando comencé este texto. Nunca me ha dado miedo una hoja en blanco, más bien me emociona, porque cuando tengo una hoja en blanco delante de mis ojos, no puedo evitar entusiasmarme por las hermosas figuras que sé que se unirán para dar un mensaje, unas figuras que yo misma creo, porque mis palabras nunca van a ser iguales a las palabras del resto de personas. Es más, cada persona tiene sus propias palabras. Puede que en estructura sean iguales y que el significado sea el mismo, pero la esencia es diferente, la esencia depende de cada persona que emplee esas maravillosas figuras. Estoy triste porque necesitaba esto, plantarme delante de una hoja vacía y ser yo misma. Actualmente, estoy bastante ocupada y apenas tengo tiempo para hacer todo lo que me gustaría, pero las personas siempre encuentran tiempo para lo que de verdad es importante para ellas. Por eso estoy aquí, porque escribir me importa, porque estoy más hecha de palabras que de ninguna otra cosa.

¿Veis? Al final ha funcionado. Empecé hace un buen rato sin una clara idea del contenido que tendría este texto y al final el resultado ha sido este. Seguramente no hubiera pensado en nada de esto hoy, ni mañana, como tampoco lo pensé ayer, porque estas cosas no suelen pensarse. Estamos tan atrapados todos por nuestra rutina y por nuestras obligaciones que nos olvidamos de nosotros mismos. Es muy importante cuidarnos, saber cuáles son nuestros sentimientos, nuestras satisfacciones y nuestras carencias. Escribir a mí me ayuda a pensar en todo lo que ignoro haciendo cualquier otra cosa, me ayuda a saber quién soy, a darme una identidad. Os aconsejo, aunque en vuestra mano está hacerme caso o ignorarme, porque a decir verdad no siempre estoy en mis cabales (aunque vosotros decidiréis cuándo lo estoy y cuándo no, porque yo, la verdad, no lo distingo muy bien), que cuidéis vuestro corazón y que hagáis eso que os dé identidad. Sólo así podréis romper la monotonía, y no sé si soy yo o el qué, pero la monotonía sí que me abruma y aburre al mismo tiempo. Vivid, sobre todo vivid, sed libres como los pájaros que surcan los cielos cada día.

Aziul.

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Suicidio

Hay veces que sentimos nuestro cuerpo como si fuera la cárcel más oscura y fría, haciéndonos temblar por la certidumbre de que nunca vamos a lograr salir de ella. Soy la primera que ha dicho y que dirá que vivir, ser uno mismo, es lo mejor que puede pasarte en la vida. No por eso voy a ir en contra de ello. Sin embargo hoy, me pesa el corazón, como toneladas. Por ende, siento mi cuerpo como si estuviera atado con las cadenas de hierro más pesadas. Aclaro que no es por quién soy, ni mucho menos, agradezco cada día ser la persona que soy, porque estoy segura de que no podría haber sido nadie mejor. También aclaro que no necesito ser salvada, no lo he necesitado nunca, ya me salvo yo de todos y cada uno de mis abismos. Pero en eso consiste ser fuerte, cosa que soy y que nada tiene que ver con el sentimiento de soledad. Me he sentido sola muchas veces en mi vida, puede que incluso más que ahora, porque antes ni siquiera me tenía a mí misma, cosa que ahora sí. Lo que pasa es que las personas somos demasiado complejas, tenemos demasiadas cosas en nuestro interior, y no me refiero a los órganos o huesos; y yo siempre he destacado en eso de sentir las cosas en su grado más alto. Cuando estoy feliz, no hay nada que ilumine más que mi sonrisa, pero cuando estoy triste, no hay nada más tormentoso que mi presencia. Soy como una montaña rusa descarriada. He descubierto que he estado guardando todo dentro, como si fuera un cofre que no pudiera abrirse jamás, pero había olvidado que los tesoros tienen mapas y que, de alguna forma u otra, alguien acaba poseyendo la llave. Esta vez, a diferencia de muchas otras, era yo la que escondía el cofre, a la vez que también era yo quién tenía la llave. Al final, acabé abriéndolo, porque lo que nos hace daño es imposible ocultarlo eternamente. Es más, es imposible ocultar eternamente nada. Tarde o temprano, todo sale a la luz. He descubierto que me siento sola, que tengo una voz dentro que solloza pidiendo ayuda a alguien que nunca será receptor de mi ruego. Aunque también he descubierto que esa voz sollozante es abrazada por otra, una cálida, que intenta tranquilizarla día tras día. Tal vez el receptor de mis súplicas siempre he sido yo, pues como dije, nunca nadie podrá salvarme, porque soy yo quién me salva de todos mis abismos. Nunca antes había experimentado la lucha interna que se produce entre el miedo y la soledad y la esperanza y el amor propio. Sinceramente, creo que ninguna acabará ganando, ni perdiendo. Estoy sintiendo miedo, pero me doy cuenta de que estoy escribiendo, que es una de las medicinas más eficaces que tengo para combatir el dolor. Por eso creo que mi miedo a estar sola está siendo abrazado por la esperanza de que puedo ser lo que anhelo, de que a pesar de que me pesa el corazón y el cuerpo, ambos siguen avanzando, poco a poco, sin exigencias. Supongo que las personas necesitamos de otras personas para no sentirnos solas, para avanzar, para ser salvadas. He llegado al punto en el que creo que no necesitas a nadie. Está bien tener personas que se convierten en pilares y te sujetan, pero no siempre están esas personas, e incluso estando, puede que nunca lleguen a ser pilares. Por eso decido sujetarme a mí, siendo al mismo tiempo la que se encuentra al borde del precipicio y la que toma su mano para tirarse con ella si hace falta. La fortaleza está dentro de uno mismo y una vez que te das cuenta de ello, no hay nada que pueda doblegarla. Hoy he querido rendirme, y no es la primera vez, pero he estado escuchando mi voz más persistente que nunca, como si fuera la banda sonora de mi existencia. Es una voz suave, pero poderosa, una voz que me empuja a suicidarme en el miedo antes que vivir en el conformismo. Acepto esa voz, porque decido ser una suicida que se arroja a la incertidumbre de la esperanza.

Aziul.

 

Gracias

A veces me paro a pensar en mi vida, en los cambios que se han producido en ella respecto a unos meses. Siempre que lo hago, se agolpan en mi mente rostros de personas que, de alguna forma, llegaron a ser importantes en un momento dado de mis días.

Me parece irónico que la mayoría de ellas ya no estén, sobre todo aquellas que prometían quedarse siempre a mi lado. Pienso en eso y pregunto al aire solitario de mi cuarto, “¿dónde quedó todo el cariño que decías sentir por mí y dónde quedaron todas las ganas de quedarte junto a mí?”. Aunque no me siento mal, no siento ningún tipo de odio por las personas que juraron quererme y se fueron. Siento nostalgia, eso sí, de lo que pudo haber sido y no fue.

Estoy acostumbrada a perder personas, desde que tengo memoria me ha pasado, pero no quiero victimizarme ni mucho menos, parte de la culpa, ahora lo sé, ha sido mía. Yo tampoco hice nada para quedarme. Tal vez, alguna persona que me recuerde de vez en cuando como aquella amiga que tuvo una vez y se fue, piense exactamente lo mismo que yo en este momento, pero de mí. Quizás yo hice sentir mal a alguien y, sin darme cuenta, insegura y sola. Puede que yo también haya herido a alguien pero, ¿quién no lo ha hecho alguna vez, queriendo o sin querer? Aseguro que todas las veces que he herido a alguien a lo largo de mi vida, no fueron queriendo. Pero las personas erramos, todas, por muy perfectas que nos creamos ser o que crean que somos.

¿Estoy decepcionada? He de decir que lo estuve, ahora ya no. Cuando pensaba en todas las personas que quería y ya no están por unas circunstancias o por otras, siempre sentía un vacío en el pecho, pensando en que algo estaba haciendo mal, que yo no quería esos días en los que no sintiera sus presencias. Ahora, cuando pienso en todas las personas a las que quería y ya no están, no puedo evitar alegrarme de haberlas querido, porque en ese momento ellas eran importantes para mí. Con el tiempo aprendemos que quien quiere quedarse, se queda, sin escusas y sin mentiras, así como nosotros nos quedamos con las personas a las que siempre hemos pertenecido. Por eso puedo ser feliz, porque sí, hay muchas personas que no están y que me hubiera gustado que estuvieran, pero es que hay unas que están, día sí y día también, amándome, haciendo que toda la soledad que alguna vez sentí invadirme desaparezca. Hoy por hoy, estoy bien. Les doy las gracias a todas las personas que pasaron por mi vida y me quisieron, sin importarme su partida. Incluso a aquellas que me mintieron, me usaron y me destrozaron, porque me mostraron que el único camino era ser fuerte, y lo sigue siendo. Pero evidentemente, no hay nadie con quien esté más agradecida que con las personas que me aman a día de hoy y que han decidido que mi presencia es demasiado importante como para dejarla marchar, a ellas les debo que haya encontrado la única respuesta que existe: quererme a mí misma tal y como soy.

Soy feliz, inmensamente feliz. Miro hacia atrás, me observo y, aunque triste y sola, sonrío, porque me parece irónico ser tan tonta y haber tardado tanto en pedirme perdón y en quererme, e incluso en mantener sentimientos tan malos como el rencor o el resentimiento. Aunque no me importa la tardanza, me importa haberlo conseguido. De verdad, lo único que os deseo este año y todos, es que dejemos los complejos a un lado y que miremos nuestro rostro de cada día en el espejo y sintamos que no hay nada mejor en esta vida que ser la persona que somos.

Aziul.

Nuevo comienzo

Me gusta pensar que cuando un año acaba y otro empieza, también se cierra una puerta y se abre otra, llena de distintas oportunidades, quizás de sueños antiguos que no tuvimos la valentía de agarrar y hacerlos realidad. Me gusta pensar que el cambio no se produce únicamente en una cifra del año, sino en ti mismo. Cuando se acerca la víspera de noche vieja, todo el mundo se emociona de alguna manera, otros más y otros menos, pensando en qué les deparará el nuevo año. Puede que incluso sin quererlo ni sin buscarlo, nos hacemos promesas a nosotros mismos, de esas promesas importantes que nunca logramos cumplir del todo pero que siempre mantenemos la esperanza de que algún día las haremos reales. No hablo de propósitos, porque esos son los que se hacen antes de que un año acabe y otro empiece. Las promesas las puedes hacer en cualquier momento, sin esperar una ocasión especial.

Pensaréis que soy un poco ingenua e inocente, que por cambiar de año no cambiamos nosotros. Lo sé, vaya que si lo sé. Pero, ¿cuántos hemos empezado a replantearnos nuestra vida tras observar los primeros días de un año la nueva cifra que lo decora? Yo al menos, lo he hecho un millar de veces y sé que lo haré a lo largo de mi existencia.

Siempre he pensado que nuestras vidas son como un papel en blanco, una tabula rasa, que nosotros mismos vamos rellenando con vivencias a lo largo de nuestro desarrollo como personas en un mundo, en este mundo que nos permite vivir. Se me ocurre una metáfora muy bonita para esto y ya que me encantan los libros, la expondré: Todos y cada uno de nosotros somos libros en blanco; y como nuestra vida es un libro, somos escritores, editores, narradores, protagonistas, antagonistas, etc. Somos libros que van escribiéndose lenta pero constantemente; y somos libros que nadie llega a conocer del todo, ni siquiera uno mismo. Es más, hay tantas versiones de tu libro como otros libros hayas conocido a lo largo de tu periodo de escritura, porque cada persona ve la vida desde su perspectiva propia y ninguna se equivoca. Todas son verdad. ¿Pero qué es la verdad si no las diferentes perspectivas que cada persona tiene? ¿Existe acaso la mentira?

A lo que me refiero es que, en nuestra mano está decidir si queremos ser un libro del montón y seguir el mismo argumento de la mayoría, o si queremos ser el libro que tenga su propio argumento, que destaque entre los demás. Está a nuestro alcance no sólo decidirlo, sino conseguirlo.

Tal vez las personas inventamos el tiempo, los días, los meses y los años con el único objetivo de hacernos reflexionar sobre nuestros actos, si realmente nos estamos convirtiendo en la persona que soñamos ser. Al fin y al cabo, la posibilidad de cambiar, de mejorar, de brillar, la tenemos durante todo el tiempo que se nos ha proporcionado.

Mientras avanzamos a ciegas pero con el polvo de hada moviendo nuestras alas, así como decían en Campanilla que lo único necesario es “fe, confianza y polvo de hada”, lo único que puedo deciros es que tengamos en mente dos tópicos muy famosos y no por eso inciertos: Carpe diem pero memento mori.

Aziul.

La hija del relojero, Kate Morton

Quiero hablaros de un libro que me ha fascinado completamente, La hija del relojero de Kate Morton, como bien podéis ver en el título de la entrada.

Para comenzar, me gustaría hablar brevemente de la autora. Es difícil para mí expresar todo lo que significa esta mujer para mí. La descubrí en 2013 con su libro más famoso El jardín olvidado, siendo actualmente uno de mis libros preferidos. Me pongo nostálgica cuando pienso que entonces no tenía ni idea de la repercusión que tendría esta autora en mi vida. Para explicar esto he de decir que siempre me ha gustado escribir, y ya dije con diez u once años que quería ser escritora, pero no fue hasta que descubrí a Kate Morton que me armé de valor y supe que escribir puede pasar de ser un sueño a una realidad en cuestión de creer fuertemente en uno mismo y esforzarse día a día. Ella logró inspirarme y logró darme el empujón que necesitaba en el momento indicado. Por eso y por mucho más, no podéis imaginaros lo mucho que le debo; quizás, gran parte de las decisiones que he tomado en mi vida han sido infundadas por ese momento en el que leí la última página de su libro más vendido y sentí que estaba justo donde debía estar. Tal vez ese momento desencadenó todas mis palabras, las que ahora escribo, las que he escrito y las que sin duda escribiré.

Hablar de La hija del relojero es abrumador, pues hay un cúmulo de sentimientos que se arremolinan en mi interior desordenadamente. Empezaré por el principio. Con este libro hice algo que no había hecho con ningún otro: leer críticas (sin spoiler) antes de leer el libro por mí misma. Fue un gravísimo error. ¿Por qué digo esto? Porque leí tanto buenas como malas críticas, pero incluso las que alababan el libro decían que no estaba a la altura de los demás. Esto me desmotivó bastante, aunque en ningún momento menguó mi decisión de leerlo, como he dicho antes, Kate Morton significa mucho para mí, y siempre le daré todas las oportunidades que necesite. Así que comencé el libro algo desmotivada y, aunque ya percibí una clara diferencia con sus demás libros desde el principio, las críticas que había leído seguían echándome para atrás y haciéndome creer que el libro que tenía entre las manos no me iba a emocionar. Qué equivocada estaba. La diferencia que noté desde el inicio es que Kate Morton había ido al grano mucho más rápido. Me explico, ella suele dar una introducción en todos sus libros que incluso llega a ser pesada en algún punto, pero en este es diferente, va poniéndonos en situación de una forma muy súbita mientras también nos da la introducción y nos explica qué está pasando de la forma tan maravillosa que sólo ella sabe. Al igual que todos sus libros, este está narrado de una forma impecable, con el estilo tan pulcro que Kate Morton tiene.

Además de esta diferencia, a partir de la página 100 más o menos, descubres otra, aunque no se hace clara hasta que pasan los capítulos; y es que la protagonista no es la protagonista. Kate Morton juega con el pasado y el presente como si fuera coser y cantar, y siempre tiene una protagonista en el presente y otra en el pasado. Este no es la excepción. A lo que me refiero es que sus protagonistas del tiempo presente suelen sobresalir mucho más que las del pasado, (o al menos eso me ha parecido a mí); pero en La hija del relojero la verdadera protagonista es la mujer del pasado, Bridie. Todo, absolutamente todo en la novela gira en torno a su figura, como en el Cantar de mio Cid giraba todo en torno a la figura del campeador. Aunque era de esperarse, pues la autora nos da desde el principio este dato en el propio título.

Para seguir explicando este libro y sus diferencias con el resto de los libros de Kate Morton, debo detenerme y mencionar otras de sus obras. Kate Morton ha publicado seis libros hasta la fecha, siendo este el último. Hasta hace un par de días, que es cuando acabé este libro, mis favoritos de la autora habían sido El jardín olvidado y El último adiós. No voy a decir que han dejado de serlo, porque sería mentira. Ambos libros me fascinaron por la increíble historia que presentan, y van a seguir siendo mis libros favoritos de esta autora en cuanto a argumento. Sin embargo, La hija del relojero se ha convertido en mi libro favorito de Kate Morton en cuanto a personalidad. El libro en sí tiene personalidad, tiene fuerza y está más vivo que ninguno que ella haya escrito antes. En este libro no son sólo los personajes los que están siendo presentados, sino la misma autora también. La presencia de Kate Morton se siente durante toda la novela. He logrado conocer parte del pensamiento de la autora a través de este libro y os aseguro que ninguna de sus demás obras ha conseguido eso, al menos no en mí.

He de decir también que me he enamorado completamente de Bridie y sé que va a ser de ahora en adelante uno de mis personajes literarios preferidos. Me gusta su autenticidad, su pureza, la potencia de sus sentimientos y su fuerza. Es un personaje que destaca sobre todos los demás, aunque evidentemente ese era el propósito de nuestra autora.

También debo destacar que es el único libro de Kate Morton que ha conseguido hacerme llorar, y no hablo de sacarme un par de lágrimas, sino de llorar como una magdalena. Aunque eso es bastante subjetivo, personalmente creo que puede haber sido por dos cosas: por el cariño que he mencionado hacia Bridie, o porque no puedes evitar empatizar con todo lo que les pasa a los personajes. En mi caso, estoy segura de que ambos factores han influido, porque en el momento en el que todas las piezas comienzan a encajar, en el que descubres por ti mismo la verdad sin que la autora te lo corrobore directamente hasta pasados unos capítulos, entonces algo dentro de ti se rompe y cambia, sin ninguna posibilidad de revertirse, tal y como el tiempo.

La otra gran diferencia entre este libro y los demás de la autora es la profundidad del pensamiento. Las reflexiones y las lecciones que nos enseña son tan inusuales y tan simples como auténticas. Este factor me ha fascinado de una forma indescriptible y ahora creo que ha sido precisamente este factor el que me ha convencido para quedarme y el que me ha hecho olvidar todas aquellas críticas que había leído en un inicio. Estas reflexiones unen con lo dicho anteriormente, Kate Morton crea con su propia presencia el ambiente de La hija del relojero.

Ya puestos, he de decir que estoy tanto de acuerdo como en desacuerdo con las personas que se quejan de que hay demasiadas perspectivas. Aclaro esto, Kate Morton, como he dicho, juega con una perspectiva en el presente y otra en el pasado, tal vez incluso con tres, pero no más. En La hija del relojero, se ha arriesgado con más, y hemos conocido unas ocho perspectivas diferentes. Es decir, hemos conocido distintas partes de la historia o incluso la misma desde el punto de vista de diferentes personajes. ¿El problema de esto? Que puedes liar al lector; y precisamente las personas que se quejan de estas múltiples perspectivas son las que han acabado liadas. Yo también he sido una de ellas, muchas veces no me acordaba ni de quién era el personaje que narraba, si no era uno de los principales y, a pesar de que en un principio estuve de acuerdo con estas quejas, he acabado amando su decisión de introducir todas estas perspectivas, porque de verdad creo que no hay ni una sola que no sea necesaria para el desarrollo de la historia. Aunque sí hay algo que no me ha gustado nada y es la poca importancia que se le da a la protagonista del presente. Elodie es presentada de una forma muy prometedora, pero según se avanza en la novela, la muchacha apenas sale y el lector apenas sabe nada de ella; y cuando por fin aparece ni te acuerdas de dónde estaba o qué estaba haciendo. Personalmente, creo que Kate podría haberle sacado mucho más partido a este personaje o, al menos, contar qué sucede con ella al final de la novela. Es un personaje que no está bien cerrado y por eso, no puedo evitar pensar que Elodie simplemente ha sido un personaje bulto para contar la historia de Bridie.

La hija del relojero es una bella reflexión sobre el tiempo, sobre como la eternidad puede ser terriblemente dolorosa y como la fugacidad puede ser lo más increíble del mundo. El tiempo siempre ha sido uno de los puntos fuertes de Kate Morton, pero esta vez, ha convertido este libro en un reloj de pared bellísimo, como el de Bridie. Un reloj que te recuerda lo que es realmente importante en esta vida.

No puedo evitar estremecerme al pensar en La hija del relojero. Una parte de mí se ha quedado dentro de este libro, y una parte de este libro se ha quedado dentro de mí para la eternidad, una eternidad mucho menos desgarradora que la que esconden sus páginas…

Aziul.

Realidades

Todos hemos querido alguna vez cambiar de vida, ser una persona totalmente distinta. Aunque nunca pasa, sigues siendo tú y sigues teniendo la misma vida de siempre.

Cada mañana me despierto con el mismo rostro, con la misma apariencia, con los mismos gustos y sobre todo, con la misma personalidad. Todos los días soy la misma, salvo porque no lo soy. Es contradictorio, pero también es verídico. Tienes la misma vida, la misma apariencia, los mismos gustos y la misma personalidad, pero eres diferente. ¿Por qué? Porque tu vida cambia, todos y cada uno de tus pasos han ido cambiando el rumbo de tu existencia, así como siguen cambiando, y debido a esos pasos, te has encontrado con unas personas y con unas situaciones, a pesar de que podías haber encontrado a otras personas y verte envuelto en otras situaciones. Creo que en el momento en el que debes tomar una decisión, aunque sea tan simple como si cruzar la calle por la izquierda o por la derecha, desechas miles de oportunidades, pero también abres otra muchas. Me explico, cuando nacemos, se nos otorgan infinitos caminos distintos entre sí, con infinitas realidades que podrían llegar a ser. Según vamos creciendo y desarrollándonos mentalmente, vamos tomando decisiones. Todo lo que hacemos a cada segundo es tomar decisiones. Por ejemplo, yo estoy aquí escribiendo y he desechado otras muchas opciones que podría haber elegido. Podría haber elegido leer, o dormir, o estudiar, o salir a la calle, o comer, o cantar, o correr, o simplemente quedarme quieta, entre muchas otras, pero elegí escribir; y en el momento en el que elegí escribir por encima de otras cosas, todas esas realidades se reducen a nada, porque no existen. Sólo existe una realidad, la que estoy viviendo. Existe la realidad de que estoy escribiendo en este mismo momento, y existe la realidad en la que tú has decidido leer mis cavilaciones locuaces y un poco locas, (si ya lo decía mi querido Ortega y Gasset). Ninguna otra realidad existe. Al menos, no en este mundo. Pero no me voy a meter en temas de si existen otras dimensiones o no porque no tengo la suficiente información ni formación para hacerlo. Me limito a exponer mis ideas. A esto he de decir otra cosa, y no, no me estoy yendo del tema, he aprendido este año algo muy valioso que creo que debería tener en mente todo el mundo: así como no existe otra realidad a la que vivimos por decisión propia, tampoco existe algo que no sea el presente. Es decir, sólo existe este momento, por eso dicen que vivimos de recuerdos, o eso creo. Porque el pasado ha sucedido, pero nunca más volverá a sucederse, y mucho menos a ser real. Con esto no quiero menospreciar al pasado, es un importante pilar de nuestras vidas, y evidentemente es real y verdadero. A lo que me refiero es a que, nos preocupamos a menudo por el pasado o por el futuro, cuando ni siquiera existen en el momento en el que llamamos presente. El presente es este, el presente es el hecho de que tus ojos estén recorriendo algo que yo escribí en el pasado. ¿Te acuerdas del principio de este texto? Eso ya es pasado. La oración anterior es pasado, convirtiéndose esta en presente, pero en pasado inmediatamente. ¿Te das cuenta de lo poco que dura el presente? Un segundo quizás, incluso me atrevería a decir que menos. El presente, en el momento en el que se desarrolla, inevitable e inmediatamente se convierte en pasado, e incluso en futuro. Explico esto último, digo en futuro, porque a veces me paro en el presente para pensar qué voy a escribir a continuación. Estoy anticipando un futuro que va a ser inmediato. 

Lo sé, me entusiasmo escribiendo y me alejo de lo que quería decir en un principio. Aunque si te soy sincera, ¿de verdad crees que todo el texto anterior no tiene nada que ver con lo que quiero decir?, ¿o tal vez te estoy poniendo en contexto para la respuesta que voy a dar? Creo que a quien escribe con el alma, no le sobra ni una sola palabra. 

Volvamos al principio, dije que todos los días soy la misma, salvo que no lo soy. No sólo lo pienso, estoy firmemente convencida de ello. Mi yo de esta mañana, o de esta tarde, no es para nada mi yo que está escribiendo esto. ¿Por qué? Porque esta mañana salí de mi casa siendo una persona, y volví a mi casa siendo otra. ¿Por qué? Porque el presente es efímero. Hoy ya es pasado, este momento es pasado, mi yo de esta mañana es pasado, mi yo de cuando comenzó a escribir este texto es pasado, mi yo de hace un segundo es pasado. 

Todos hemos querido alguna vez cambiar de vida, ser una persona totalmente distinta. Aunque nunca pasa, sigues siendo tú y sigues teniendo la misma vida de siempre. Bueno, ¿y qué? ¿Realmente necesitamos cambiar de vida o ser otra persona cuando día a día nuestra vida sufre cambios y nuestra persona no es la misma de un minuto antes? No necesitamos otra vida, ni ser otra persona. Necesitamos aceptar que nos ha tocado la vida que nos ha tocado y que somos la persona que somos. Puedes ser otra persona teniendo el mismo rostro y apariencia, eso depende únicamente de ti y tus decisiones. Creo que las personas que desean ser otra, vivir otra vida, es porque no saben lo que es ser ellos mismos. Yo misma he deseado muchas veces tener otra vida o ser otra persona, pero ya no. ¿Por qué? Porque he entendido que no es posible, y que la posibilidad de que yo esté aquí en este momento es dificilísima, pero estoy aquí. No, no quiero ser otra persona, quiero ser yo. Quiero ser mi mejor versión cada día, aunque sea diferente. Al fin y al cabo, como dijo ya Heráclito en el siglo VI a.C. en Grecia, todo está en continuo movimiento, no sólo el planeta, sino nosotros. Cambiamos a cada segundo que pasa y eso es tan terrible como maravilloso. 

Ser felices, amigos, y no os preocupéis mucho más por el pasado y el futuro, ni siquiera por el presente. Dejad que la vida siga su curso y que los momentos fluyan. 

Aziul.

Brechas mundiales

Empezar a hablar del mundo se me hace inmensamente difícil, pienso en todo lo que quiero escribir, todo lo que quiero dejar que fluya de mi interior y me abruma. Me abruma sobre todo por la cantidad de sentimientos que hay, sentimientos no buenos. Espero que sirva de algo este texto si alguien llega a leerlo, y espero desde lo más profundo de mi alma que haga reflexionar a alguien. 

Nos hemos llamado a nosotros mismos desde siempre “el animal más inteligente sobre el planeta Tierra”, y actualmente nos llamamos, a parte de eso, “la generación más avanzada”. Bien, empecemos por la segunda afirmación: no somos, amigos, la generación más avanzada, somos la más retrasada. ¿Por qué digo esto? Una sociedad en la cual los valores morales, el respeto y la igualdad están tan por el suelo como hoy, no puede ni debe ser nunca la sociedad conformada por la generación más avanzada. Me niego a que sea así. Y sí, llegará alguien que diga, “estos problemas han estado vigentes desde el inicio del hombre mismo”; estoy de acuerdo, desde luego que sí. A lo que me refiero es a que, teniendo todos los métodos que tenemos hoy, con todos los avances científicos y tecnológicos, con todos esos grandes pensadores que dedicaron su vida entera para que las generaciones futuras no cometieran los mismos errores que se habían cometido durante su época o anteriormente a ésta, seguimos siendo unos hipócritas y, sobre todo, unos desinteresados. No nos importa nada en este mundo que no sea nuestro propio bienestar, al prójimo que lo jodan. Y pregunto, ¿cómo se consigue dicho bienestar? Fácil, con dinero. Llegados a este punto, ¿nunca os habéis parado a pensar si el billete que tenéis en el bolsillo quizás le ha costado la vida a alguien? No, porque eso no es asunto nuestro, ¿verdad? Porque al prójimo que lo jodan. Desde que, afortunadamente, tengo una serie de valores inexorablemente  establecidos, siempre he afirmado y estoy segura de que siempre afirmaré una cosa, y es que hay unos temas que hacen que el mundo se vaya cada vez más a la mierda y que el ser humano, valga la redundancia, sea cada vez  más inhumano. Estos temas son la religión, porque sí, somos increíblemente poco tolerantes y necesitamos que el que está a mi lado crea que existe Dios y que Allah no es más que una mera copia, o viceversa; la división del mundo en países, porque sí, joder, estábamos mejor cuando no había fronteras. A ver si nos damos cuenta de una maldita vez que las fronteras entre un país y otro no es más que otra forma de arrebatar la libertad al ser humano y de crear una brecha enorme en su conciencia. Porque si yo he nacido en España, soy español, y si me viene a hablar un francés es diferente de que si me viene a hablar un español. Porque eso de que todos somos personas, independientemente de nuestro género, nacionalidad, color de piel, creencias, etc. lo tenemos un poco olvidado; En fin, y el último tema, el dinero. Parece que la Tierra ha dejado de girar alrededor del sol para pasar a girar alrededor del dinero. Joder, que parecemos un jodido hula-hop, que no hacemos nada porque nos llene o porque nos guste, lo hacemos todo por y para el dinero. No por eso desacredito su importancia, es importante, pero no lo más importante. HAY COSAS QUE EL DINERO NO COMPRA. 

Con estas incesantes guerras para ver qué nación, qué continente, qué creencia, qué estrato social, etc. es mejor, estamos destruyendo personas. ¿Cómo es posible que no seamos capaces de dejar a una persona amar a quien le dé la jodida gana, independientemente de su sexo? Es amor, macho. Parece que no nos damos cuenta de que el amor es lo más bonito que hay en este mundo. Por favor, dejemos que el amor sea, sin más. Encima, no sólo destruimos personas con nuestra poca humanidad, porque es que somos más animales que los propios animales, sino que además, destruimos el mundo, nuestro planeta, el que nos ha proporcionado un lugar y unas condiciones para vivir. ¿Cuántas veces habéis salido a la calle y habéis mirado los árboles que os rodean? ¡Despertad! ¡Os dan la vida! ¿Cuántas veces habéis mirado el cielo? ¿A que os ha parecido precioso? ¡Despertad! ¡Se está contaminando! 

Tenéis un cuerpo, me da igual como sea por fuera, pero tenéis un cuerpo, lleno de órganos que funcionan todos los días para que vosotros podáis vivir. ¿Os habéis parado a pensar en lo maravilloso que es que todos esos órganos funcionen, acompasados, de tal manera que vosotros podáis sentir, vivir? Por favor, ya es hora. Paraos a pensar en la suerte que tenéis. No sólo eso, tenéis el gran privilegio de tener un planeta entero para vosotros que  os permite existir. EXISTIR. ¿Entendéis la gran inmensidad que abarca esa palabra? Tenéis a otras personas, que os van a aportar muchísimo. ¿Entendéis la importancia que tiene una sola persona, sin importar nada más a parte de que es una persona? ¿Por qué entonces, en vez de gozar del estupendo cuerpo que tenemos, de disfrutar y cuidar un planeta que nos da la vida, y de respetar y amar a nuestros semejantes, nos empeñamos en destruirlo todo? ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI sigamos discriminando a personas por su nacionalidad, su sexo, sus creencias, sus gustos, sus costumbres, sus tradiciones, su piel, su inclinación sexual, sus sueños, etc.? ¿Cómo es posible que sigamos teniendo un pensamiento tan limitado? Me desgarra, me desgarra increíblemente, porque no puedo explicarme ni quiero encontrar explicación alguna a tanto rechazo. Por favor, recordad esta frase, grabárosla y mantenedla en vuestra alma hasta el final de vuestros días: Tu libertad acaba cuando empieza la del otro. 

No, os digo que no. No somos la generación más avanzada ni somos el animal más inteligente, somos la generación más retrasada y el animal más destructivo de todos. ¿Y sabéis lo peor? Que somos imbéciles.

Aziul.

Ni una menos.

Una calle lisa y solitaria, brillante,

retumbando unos pasos acelerados,

un corazón pesado, jadeante,

y unos ojos, vigilando, acechando.

Breves figuras envueltas por la oscuridad amarga,

el silencio de una ciudad que descansa.

La esperanza que mueve el cuerpo a casa,

con la incertidumbre de verse acorralada.

Pasos resonantes a sus espaldas,

cruza a la izquierda, luego a la derecha, y vuelve a cruzar varias veces más,

siguen resonando los pasos detrás.

Acelera, corre, se agota el aire,

pero no, no se detiene.

Su interior comienza a inundarse de miedo,

mantiene como puede sus ojos secos.

Está nerviosa, su mente le juega una mala pasada,

se equivoca.

El ambiente se llena de pánico,

y siente su brazo apretado como un no abierto abanico.

Desbocado el corazón, y humedecidas sus mejillas.

Lucha, grita, empleando todas sus fuerzas.

Están solos, nadie va a llegar, ella ya lo sabe,

pero sigue gritando, sin pararse.

El húmedo suelo brilla,

volviendo a estar ya sola.

Tiene frío, siente que se ahoga.

El dolor se extiende y llora sin lágrimas,

no ve más la orilla.

Cierra los ojos para no volverlos a abrir jamás,

mientras sus últimos latidos piensan en su mamá.

Una llamada, una débil voz se asoma,

no hay cuerpo, ni hay pistas, no se sabe nada de la chica.

Se detiene el tiempo sin detenerse,

quedando destruidas decenas de vidas.

Lloran incesantemente los ojos,

sangran sin cicatrizar los corazones,

se agotan las mentes por temor al olvido,

quieren conocer lo que ella ha vivido.

Es necesaria una sola persona para destruir a cientos de ellas. El asesinato de una mujer o de un hombre, y más bien dicho de un ser humano, debería ser suficiente motivo para hacer temblar a todos y cada uno de nosotros.

Van 89 mujeres asesinadas en España a lo largo de 2018, 972 desde 2003, cuando se empezaron a contabilizar, sin mencionar a los cientos de mujeres que han sido asesinadas en el resto del mundo.

El año pasado, en vísperas de año nuevo, escribí un tweet preguntando cuántas más han de morir para que la humanidad de las personas se imponga a todo lo demás. Bien, pues si no me equivoco, llevamos más mujeres asesinadas que al año pasado. ¿Qué está pasando? De verdad, ¿por qué una persona debe morir simplemente por el hecho de ser de un género u otro? ¡POR FAVOR! ¿CUÁNTAS MÁS?  ¡PAREMOS ESTO YA Y PENSEMOS EN NOSOTROS COMO PERSONAS, NO COMO GÉNEROS SEXUALES!

Aziul. 


Monstruos

¿Nunca habéis idealizado vuestro yo del futuro cuando eráis niños? No me refiero a ser rico, astronauta, famoso o cualquiera de esas cosas; me refiero a idealizaros en actos, en comportamientos y en personalidad. ¿Nunca habéis creado un carácter que deseabais tanto tenerlo de mayores y que encima, no teníais ni la menor duda de que ese carácter iba a ser el vuestro? Yo sí.

Hay comportamientos que cuando era niña decía “Jamás me comportaré de esa manera”, pero acabé haciéndolo; o tal vez, “nunca haré tal cosa a una persona”, pero acabé haciéndolo; o, “nunca seré de ese tipo de persona”, pero acabé siéndolo; o quizás, “yo haré esto seguro”, y acabé haciendo todo lo contrario. Sé que nunca vamos a ser capaces ninguno de nosotros ser exactamente la idealización que creamos cuando aún éramos inocentes e imaginativos, porque la vida no es así, la inocencia se pierde y, lamentablemente, en la mayoría de los casos la imaginación también.

Cuando eres niño, temes que un monstruo se esconda en el armario o debajo de tu cama, o se te hace imposible pegar ojo tras escuchar o ver alguna historia de terror que tal vez, más adelante, comprendas que no daba tanto miedo. ¿Por qué? Porque cuando te das cuenta de que los verdaderos monstruos pueden ser hermosos y que caminan pacíficamente por la calle por la que tú mismo andas, entonces, deseas que esos monstruos que algún día te asustaron, salieran del armario, de debajo de la cama o de la historia o película de terror y te atrape. Es menos doloroso ser atrapado por un monstruo de mentira, porque los de verdad te destruyen. Pero hay otro tipo de monstruo que no es externo, sino que es interno, y está formado completamente por ti. Sinceramente creo que todos tenemos uno, pero será más o menos fuerte dependiendo de lo mucho que lo alimentes. Desgraciadamente, alimenté en el pasado mucho al mío, y es poderoso. ¿Conocéis alguno la frustración de no poder vencerte a ti mismo? Es ahí cuando aparece quien eras de niño y te coge de la mano, prometiéndote que te ayudará, sin saber lo mucho que cuesta deshacerte de tus propios demonios.

Llevo tiempo intentando vencer los míos, y creo que no hay nada más duro en esta vida que enfrentarse a tu propia mente, porque sabes que si no lo haces, no te dañarás sólo a ti mismo, sino a las personas que quieres también. Cambiar es difícil, convertirse en la idea de adulto que tu niño tenía también. Sin embargo, a todos los que habéis luchado contra vuestros demonios y habéis ganado os doy mi más sincera enhorabuena; y a todos aquellos que luchan por matarlos, os envío toda mi fuerza. Algún día nos convertiremos en un tipo de adulto que supere por mucho las expectativas del adulto ideal de tu niño. Hasta entonces, fijaos bien en quién se queda y quién se va, porque os aseguro que las personas que se queden a pesar de todo, esas siempre van a estar; y sobre todo, fíjate en la persona que siempre permanece a tu lado, aceptándote y amándote tal y como eres, porque no te imaginas la suerte que tienes de tener a esa persona. No te imaginas la suerte que tienes de tenerte.

Aziul.

¿Qué estoy haciendo?

¿Alguna vez te has despertado sintiéndote triste y desolado, pero sin saber por qué? Y, ¿alguna vez te ha durado ese sentimiento a lo largo del día, obligándote a pensar inconscientemente en toda tu vida? Y de repente, ¿has abierto los ojos y tras muchas cavilaciones y tras mucho plantearte si lo que haces está bien o está mal has concluido en una única pregunta, la más directa y voraz de todas? Es en ese momento en el que te das cuenta de que algo no va bien, cuando se impone esa pregunta a las demás, y te quedas pensando en una respuesta que no llega. Una pregunta tan ambigua, tan compleja como la vida misma. ¿Qué estoy haciendo?

Bueno pues, hoy es así como me he despertado. Creo que hay que tener en cuenta que cuando tienes una mala semana, como bien sé que es mi caso, la tristeza ya está un poco a flor de piel. Por tanto, esa misma tristeza te hace plantearte cosas que en días meramente normales no te preguntarías. Pero esa es la parte buena que le saco a todo esto; que te quedas sentado en tu cuarto, mirando por la ventana como el viento mece las hojas de los árboles, como la vida continúa su curso sin apiadarse de ti, y de repente te planteas quién eres, si es esa persona es la que realmente quieres ser. Ahí nace el vacío, la incertidumbre de la que ya había hablado en publicaciones anteriores. Ahí el pecho comienza a pesar, como toneladas, y parece que el cuerpo lo sabe. Nunca dudes de una cosa: el dolor físico es físico, el dolor interior es tanto interior como físico. Ahí te quedas parado, como si te hubieras paralizado, pero sólo tú, porque todo lo ajeno a ti continúa fluyendo. Nunca nada ni nadie va a esperarte, en eso no es traidor el tiempo. Cuando naces, haces un pacto con el tiempo. El te da un determinado número de días, y en tu mano está aprovecharlos o no, porque cuando tú cupón se agote, nada te devolverá ese tiempo que nació siendo tuyo. La vida es algo diferente. Es verdad que si nos paramos a pensar, podríamos concluir en que el tiempo y la vida son lo mismo, pero yo pienso que no. Me explico, todos tenemos una vida y un tiempo propio, pero creo que la vida es más inmensa, la vida es una realidad que sigue su flujo antes de que tú nacieses, mientras vives y después de que vivas. La vida es de todos. Mientras que el tiempo, aunque sí que compartimos un espacio y una época determinados, depende de cada persona. Cada uno tenemos nuestra cantidad de tiempo, diferente a la de los demás.

Tras esta explicación algo filosófica que espero haber explicado lo mejor posible, proseguiré hablando de ese vacío e incertidumbre. Muchos decís que pensar en el futuro sólo acarrea dolores de cabeza, y estoy de acuerdo; pero, ¿qué pasa si realmente no estoy pensando en el futuro, ni en el pasado?, ¿qué pasa si estoy pensando en un presente que no me gusta? Sí, cambiarlo, pero eso lleva tiempo, un tiempo que estoy agotando mientras escribo esto. Sin embargo, estar convirtiendo todo lo que pienso y siento en palabras que encajan y se unen cobrando sentido, como piezas de un puzle inmenso, no me parece una pérdida de tiempo. Es más, me parece lo mejor que podría estar haciendo en este momento. Es ahí donde mi pregunta, ¿qué estoy haciendo?, encuentra una respuesta: No estoy haciendo lo que debería estar haciendo. Al no hacer lo que uno debe hacer, por el mero hecho de haber nacido simplemente para hacer eso, te encuentras con el vacío y la incertidumbre, porque sin el deber por el que has nacido, no eres nada. Yo, personalmente, consiga o no cumplir mi sueño, sé cuál es mi deber. He nacido para escribir, y pase lo que pase en mi vida, sé que nunca dejaré enteramente de escribir, porque no sé expresarme de otra forma que no sea la escritura, y me gusta, me hace sentir completa.

De verdad que creo, que aquellas personas que están a tu lado pero no apoyan tu deber, acabarán abandonando tu vida. No por sí mismos, sino por ti. Tú acabarás abandonando a todas esas personas que te hagan interponer un profundo abismo entre ellas y tú. Porque, tarde o temprano, todas las personas acabamos eligiendo a quien es mejor para uno mismo, es decir, tu propia persona.

Ese es mi consejo de hoy, elígete siempre a ti mismo antes que a cualquiera, porque si tienes que elegir a otro antes que a ti, nunca te convertirás en quién estás destinado a ser. Cuando eres tú mismo, las personas adecuadas llegan. No lo olvides jamás.

PD: La vida a veces te proporciona unas cosas que no vuelve a darte jamás. En tus manos está aprovecharlas o no.

Aziul.