Todos tenemos alguna vez una ruptura existencial. Me gustaría conocer, tal vez meterme en la piel de otro ser humano, sólo durante unos escasos minutos, para saber cómo se siente. Me gustaría saber cómo logra pasar a través de esa ruptura que existe innata en todo ser humano y que se va desarrollando según crecemos, y cómo se desenvuelve frente a ella. Personalmente, siempre me he considerado una persona extraña, quizás porque a veces la sociedad, si no te adaptas a unos estándares, te hace sentir como un bicho raro. Yo llevo sintiéndome así desde siempre, pero creo que eso nunca ha sido un problema, más bien, ha sido un alivio. Me parece abrumador ser parte de un grupo. Evidentemente yo también lo soy, en ciertos aspectos, pero cumplir con todos los estándares que se esperan de mí me parece terrorífico. Sí, siempre me he sentido un poco fuera de lugar, lo bueno es que, en algún punto de la vida, encuentras gente que se siente como tú. Y, sinceramente, ahora que creo sentir una evolución en mi interior y un leve cambio de pensamiento, todos nos sentimos como unos bichos raros. Lo gracioso es que todos creemos ser los únicos, porque lo que impera sobre nuestra existencia es un subjetivismo total. Además, la mayoría de la gente sólo se cree igual a los demás cuando algo malo le sucede, en otras circunstancias no. No somos especiales, a diferencia de lo que nuestro ego nos dice diariamente. Somos personas, como cualquier otra. Tal vez una tiene más suerte que otra y parece ser más especial, pero en realidad no lo es. Ponernos escalas o niveles es absurdo, porque no podemos superar a nadie que no sea nuestra propia persona.

Somos prisioneros de un cuerpo y de una conducta, nuestra personalidad. Como persona, me interesan mucho las personas o, tal vez, debería aclarar que me interesa cómo se desenvuelven las personas en su día a día. Soy una persona activa en mi vida, como no puede ser de otra forma, porque estoy obligada a serlo; pero también me considero una observadora. Tal vez yo soy un mero observador del mundo, como si este fuera el escenario en el que se está representando una obra de teatro; y yo me limito a tomar notas sobre lo que veo y escucho. En esos momentos en los que mi existencia se detiene, me gustaría ser imparcial, dejar de ser subjetiva, dejar de analizar todo desde mi punto de vista. Aquí es donde me convierto en prisionera. Me encantaría no poder juzgar, mantenerme impasible ante situaciones, actos o palabras, pero no puedo. Las personas estamos llenas de sentimientos y de emociones que nos hacen reaccionar de una manera u otra. Es imposible desprenderse de quien se es, por mucho que se intente.

¿El alma puede vivir más allá del cuerpo? Esta es una pregunta que se han hecho miles de personas a lo largo de la historia. Supongo que también es una de las razones principales por las que existen las religiones. Esperanza quizás. Nuestra necesidad de saber que hay algo más, que cuando nuestro cuerpo muera, nuestra alma seguirá viviendo. Aún así, tenemos un miedo terrible a la muerte, porque no tenemos pruebas de nada. No tenemos nada, pero somos arrojados a un mundo lleno de cosas y dependerá de nosotros vivir o no. Solemos fijarnos en la parte mala u oscura de todo, y nos lamentamos frecuentemente de que exista. Sin embargo, nadie se fija en lo bueno y, cuando lo hacemos, no se le presta la atención suficiente. Al igual que nos horrorizamos de que sigan existiendo cosas malas que deberían haber desaparecido hace mucho, también debería extrañarnos las cosas buenas que existen. El mundo es una mierda, en general, pero es la mierda que tú quieres que sea. Somos esclavos de una sociedad y, por si no fuera poco, también lo somos de nosotros mismos. Lo mínimo que podemos hacer es mejorar un poco nuestras circunstancias, aunque sea por tener una vida normal.

Yo, a día de hoy, sigo sin saber quién soy. Estoy tratando de encontrarme. Mi nombre, que hasta ahora me había dicho tanto, ahora no me dice nada. No me hace sentir yo. ¿Por qué? Es simple de explicar. Por ejemplo, en nuestro sistema educativo actual, somos una cifra. A nadie le importa cuánto nos hemos esforzado o cuánto hemos aprendido, lo que le interesa al mundo es la cifra que consigamos. Seremos siempre una cifra, y no sólo en los estudios. A nadie le importa realmente quién eres. Tener un nombre es sinónimo de ser una cifra en la sociedad. Realmente, ese nombre no dice nada de ti, sólo es la forma que una sociedad tiene para referirse a ti. Por eso, para mí, mi nombre no me dice nada. Y, ya que a nadie le importa quién soy, puedo estar tranquila. No estoy tratando de conocerme por completo porque, a pesar de que soy joven, tengo asumido que nunca lo lograré. Sólo estoy intentando aprender lo máximo posible. Al final de mi vida, seré yo, mis conocimientos y mis experiencias. Yo y nadie más. Y ya que ese será mi final, como el de cualquiera, quiero aprovechar mi vida para intentar comprender (al menos un poco) qué es ese mundo interno que hay dentro de mí y que nadie podrá conocer jamás.

Aziul.

Fotografía de Egor Kamelev, sacada de Canva.