Me encuentro en un estado de punto muerto. Camino porque tengo que caminar, porque si detengo mi movimiento seré arrasada por la fuerte corriente del tiempo. No hay llanto, ni tampoco risas, sólo un estado de tranquilidad eterna. Me levanto, como cada día, pero ahora me visto con la máscara de estar bien, para que nadie pueda preguntarse si hay algo que va mal. ¿Va mal algo? No, sí, tal vez, no lo sé. La incertidumbre de un mar sin olas, de un cielo sin nubes, de un corazón sin fracturas. La temible confusión de estar, pero no ser.

Algo llama desde dentro, primero despacio y suave, hasta que se cansa y aporrea con fuerza la puerta, intentando abrir, intentando gritar, intentando salir. Pero no sale, porque está bien puesta la llave y la cerradura es tan resistente que no será doblegada por ninguna mano fugitiva. Y el frío se cuela por el umbral de la puerta, helando los dedos de aquel pobre infeliz que grita con desesperación. Tiembla y sus articulaciones se vuelven rígidas, de nieve. Ya no se mueve. Se ha sentado en la oscuridad, esperando que la luz entre por la ventana. No llegará… No llegará. ¡NO LLEGARÁ!

La luz desaparece y la oscuridad lo devora todo, su alma incluida. Ha gastado lágrimas imborrables pensando en una estrategia para tocar por fin su anhelada libertad. Pero no la logra tocar, sólo ver, en lo más profundo de su mente, en aquel lugar en el que antes sentía amor: imaginación. Se estremece e intenta hacerla desaparecer. A ella, su gran compañera. La única que siempre ha sabido apaciguar su pena y llenarle de paz el alma. A ella, su gran compañera. Le da la espalda ahora, sin remordimientos, pidiendo que todo se acabe. Y… ¿se va?

No.

Se queda.

Se convierte en la máscara de estar bien que se pone por las mañanas, para que nadie pueda preguntarse si hay algo que va mal. ¿Va mal algo? No, sí, tal vez, no lo sé. Se vuelve hacia la máscara y de repente la luz… Una pequeña chispa de lo que antes era el sol alumbrando a través de la ventana. Ahora hay luz. Quizás un punto. Quizás casi invisible… ya no es todo oscuridad, ya no todo es hielo. La máscara es la luz, porque solo ella logra comprenderlo. Nadie nunca será capaz de saber que el anhelo es más que anhelo, es vida, es ser. Ahora la máscara, su gran compañera, no está herida, está allí, junto a él, junto a ella. Ahora la máscara es. Ahora es, no está.

Aziul.

Fotografía de Pixabay, sacada de Canva.