«¿Hacia dónde voy?»

Esta pregunta solía rondar mi cabeza sin cesar. Me había pasado días y días sentado frente a la ventana con la mirada perdida en cualquier parte. Hubiera estado así por siempre, si no fuera porque esta cárcel que llaman cuerpo me obligaba a levantarme por el dolor de los músculos atrofiados. El silencio era aterrador; cuánto más hubiere, más barullo se creaba en el ático de mi ser. Daba gracias por estar solo, aunque otras veces me lamentaba por ello. Había días en los que la oscuridad de mi casa me daba un placer morboso y otros en los que no podía mover un músculo del miedo. Mis ojos eran los únicos guardianes en los que confiaba, como si estuvieran alerta las veinticuatro horas del día, por si alguien me asaltaba. Aunque, claro, no podían estar despiertos tanto tiempo y acababan por dejarme expuesto a la maldad del mundo. Pero, ¿qué más daba la maldad cuando el único psicópata que me podría asaltar a ciencia cierta convivía conmigo día a día? Aquel engendro me hacía dudar incluso de mi propia existencia. A veces pensaba yo que no era más que un muñeco controlado por mi creador, otras no podía evitar pensar que todo lo que estaba viviendo no era más que una invención de la mente de alguien y que, en cuanto se despistara, todo mi mundo sería fulminado en cuestión de segundos. Así pasaba mi vida, conmigo cavilando acerca de qué era verdad y qué era mentira.

Llevo bastantes años existiendo y podría haber vivido muchos más sin detenerme a explorar mis adentros. Quizás esa hubiera sido la mejor opción, no interesarme por cosas que deberían estar vetadas. No había sido nunca una persona a la que le importara mucho el mundo interno. ¿Por qué narices perderse en una oscuridad total cuando podía perfectamente vivir en una oscuridad medio iluminada? Pero aquel maldito día se me olvidó toda mi filosofía de vida, que poca había tenido hasta entonces y aún hoy creo no tener mucha, y me enredé en la pugna de mis sentimientos. Y desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Gente que quería y que me quería se fue alejando de mí poco a poco, asustada, como si yo tuviera la peste. Al principio, estaba furioso, pero ahora entiendo que poca gente tiene la voluntad suficiente como para sentarse al lado del enfermo y exponerse a enfermar también de buena gana. Pienso que, en el fondo, ellos se sienten igual, quizás eso es lo que más miedo da. No exponerse a la enfermedad del enfermo, sino comprender que ellos también siempre lo han estado.

Y la incesante y cargante pregunta no me permite respirar. «¿Hacia dónde voy?» No lo sé. ¿Por qué sigo compitiendo en esta carrera sin meta fija? ¿Por qué mis pies siguen aguantando? ¿Por qué sigo mirando hacia el frente? ¿Por qué, a pesar del dolor, no me detengo? ¿Por qué no puedo dar marcha atrás? ¿Por qué no puedo volver a lo que era? ¿Por qué no puedo ser otro? ¿Por qué no puedo no ser? ¿Por qué soy? ¿Por qué…?

No lo sé. No tengo respuestas, tan sólo preguntas.

He observado que el tiempo no se detiene, que sigue su curso. Es como el genio que concede el deseo más anhelado, pero sin advertir de las consecuencias. Le da igual a quien pise, porque es lo más narcisista que existe. Mañana quizás esté o quizás no. ¿A quién le importa al fin y al cabo? Apenas tenemos tiempo para llorarnos, cómo para llorar a otros… Pero, ah, lo hacemos. Lloramos más que nos lloramos. Tal vez por eso, aunque el tiempo no se haya detenido, yo sí lo haya hecho. Es mejor saber cuándo parar que correr directo al precipicio. Aunque, no sé si me estoy perdiendo… Puede que lo esté haciendo. Yo no sé qué es perderse, tampoco qué es tenerse. Yo no sé, no sé… Sólo conozco algo. Y es la incesante pregunta que no deja de acecharme…

«¿Hacia dónde voy?»

(Una personalidad...)

Aziul.

Imagen de Lisa Fotios, sacada de Canva.