Muchas veces me pregunto a mí misma por qué soy como soy y me atormento con pensamientos amargos. Hace unos días leí una reflexión en mi lectura actual que no puedo evitar citar (por algo me habré acordado de ella en este mismo instante y no en otro): «Había alimentado su rabia y esta había seguido creciendo, como hacen todos los pensamientos y sentimientos negativos si no se eliminan de inmediato». No voy a decir aún de qué libro la he sacado, puesto que aún no he terminado su lectura y, probablemente, hablaré de él en otra entrada. No quiero centrarme mucho en la primera parte de esta reflexión, porque no tengo mucho que hablar sobre la rabia, sino sobre la segunda parte, es decir, los pensamientos y sentimientos negativos.

Veréis, le doy vueltas y siempre llego a la conclusión de que dentro de cada uno hay una parte sumida en la oscuridad que desconocemos y que nos sorprende incluso a nosotros mismos. Es tan fácil para esa parte salir a la superficie que duele. Siempre nos cuestionamos todo lo que hacemos, sentimos miedo, vergüenza, inquietud, etc. cada vez que llevamos a cabo algo que hemos elegido libremente, por temor a lo que piensen los demás. Incluso llegamos a hacer cosas que no nos proporciona ningún tipo de felicidad y lo hacemos simplemente por agradar. Yo soy la primera y no voy a negarlo. Nos juzgamos a toda hora y a cada instante porque nunca llegamos a ser tan buenos como nos gustaría. Es maravilloso querer crecer y mejorar, siempre que sea por uno mismo, pero no buscar cualquier ínfima cosa para hacernos la vida imposible.

Hago un inciso para aclarar que no intento regañar a nadie y mucho menos dármelas de sabelotodo, os hablo desde mi interior y los miles de pensamientos que me han surgido sobre el tema. Si hablo sobre algo en este blog es porque quiero reflejar, valga la redundancia, los pensamientos y sentimientos negativos que pueden adueñarse de cualquier persona. Puedo hablaros de lo feliz que soy en ciertas ocasiones, cosa que ya he hecho y lo sabéis, pero también se sale de mi ser el querer hablar sobre nuestras inseguridades y miedos, para dejar yo de sentirme tan sola y hacer que vosotros os sintáis más acogidos y comprendidos.

El punto es que siempre intentamos caer bien y encajar en algún sitio, porque nuestra misma naturaleza nos lo exige. Está bien querer formar parte de un grupo y querer asociarse, pero no está bien que, para llegar a ese objetivo, nos destruyamos a nosotros mismos. Pensaréis que esto está claro pero, ¿cuántos de nosotros no hemos dicho o hecho algo que no nos interesaba simplemente por formar parte de algo, por caer bien, por hacernos creer que somos x en lugar de y? Yo creo que todos.

No sabéis la de veces que me he sentido excluida porque no he compartido los mismos gustos que la mayoría de la gente de mi edad. Antes pensaba que si quería compaginar con estas personas, tenía que gustarme sí o sí lo que a la mayoría, como si hubiera una lista en la que nos impusieran cómo debíamos ser o qué debería gustarnos para encajar. Claro que yo estaba sumida en una burbuja de autocompasión en la que todo lo malo que me pasaba sólo me pasaba a mí. Hasta que un día comprendí que había mucha más gente que se sentía tan perdida, imperfecta y rota como yo. Muchos seguían la «lista», otros intentaban seguirla aunque no les gustase y otros, como yo, simplemente no querían. Sabéis por qué, ¿verdad? Porque al fin y al cabo todos, por muy diferentes que seamos los unos de los otros, nos sentimos igual (o muy parecido) cuando estamos solos. Creo que ya lo he dicho, pero no nacemos con un manual de instrucciones de cómo vivir, sino que debemos aprender sobre la marcha, como lo han hecho miles y miles de personas.

Me he dado cuenta que, últimamente, he perdido mucho de mi alegría, pasión y fuerza características. Tener esta certeza me hace un daño que no puedo explicar con palabras, pero estoy intentando mejorar y volver a ser así. Me siento un poco como la protagonista de mi lectura actual (tal vez un poco más triste), que dice en un momento dado: «¡Todo es culpa de mi mal carácter! Intento superarlo pero, cuando creo que lo he logrado, reaparece con más fuerza que nunca.» Me calma, al igual que a ella, la respuesta de su madre, que me recuerda a la mía propia, por su bondad y sabiduría: «Todos tenemos tentaciones, algunas más fuertes que nosotros, y a menudo hace falta toda una vida para lograr superarlas. Piensas que tu carácter es el peor del mundo, pero yo tenía el mismo pronto que tú.» Y qué razón tiene esta mujer, todos tenemos nuestros propios demonios y seguramente haga falta toda una vida para lograr superarlos, quizás incluso más, pero al menos lo intentamos, que ya es un gran esfuerzo.

Deberíamos escuchar menos lo que piensan los demás de nosotros e interesarnos más por lo que nosotros pensamos. Y lo sé, es difícil: lo que más le cuesta al ser humano no es lograr la aceptación ajena, sino la propia. Como he dicho, querer formar parte de un grupo está bien, pero no si a cambio de ello debemos renunciar a nosotros mismos y ser infelices. Yo me he dado cuenta este año de cuántas cosas no me gustan de mí y, aunque ahora mismo me parecen inmensas e incorregibles, tengo fe en que podré cambiar todo lo que me hace mal, no por otros, sino por mí. Al fin y al cabo, no puedes pretender gustarle a otros si primero no te gustas a ti mismo.

Por favor, no os convirtáis en el mayor obstáculo de vuestra vida. Recordad que sois la única persona que va a estar siempre a vuestro lado.

Aziul.