Observar el mundo me da pánico. Quizás debería ser más clara: no es el mundo el que me da miedo, sino la gente que lo habita.

Ya he dicho en muchas ocasiones que me gustan las personas (dentro de un límite), porque siempre me ha parecido asombrosa la mente humana. No sólo eso, sino que, además, soy una persona que desde que tengo uso de razón he tenido un concepto muy fuerte del respeto y, según he crecido, se ha ido forjando en mi interior una gran inclinación hacia los Derechos Humanos. No suelo tampoco meterme mucho en este tema porque, nos guste o no, es muy polémico. ¿Por qué? No lo sé con exactitud, pero tengo una idea propia. Hemos avanzado mucho, de verdad lo digo, aunque cueste creerlo a veces; pero con este avance dentro de los DDHH, hemos conseguido algo que debíamos haber tenido siempre: libertad. Aclaro que no hay libertad completa todavía en el mundo, ni creo que la vaya a haber, por mucho que luchemos por ella. La libertad es algo maravilloso, pero puede convertirse en un arma de doble filo. Hay personas que creen libertad el hecho de atentar contra la libertad de otra persona. En estos casos, me gusta recordar una frase que siempre la he tenido grabada en el alma: Tu libertad acaba cuando comienza la de otro. Y no es triste, es respeto. Tu libertad de opinión la tienes, siempre y cuando no atentes contra la naturaleza de una persona o un conjunto de personas. Somos tantas en el mundo que lo raro sería que todos fuéramos iguales, pero es que aún hay gente que busca que seamos iguales. «Si a ti no te gusta esto, te ataco o, si a ti te gusta esto y a mí me parece aborrecible, te ataco. Tienes que ser como yo. Tienes que pensar como yo. Tienes que… Tienes que… Tienes que…» Ya basta, ¿no?

Quiero poner de ejemplo algo que he vivido en mis propias carnes, para que nadie pueda rebatirme que lo que voy a contar no sea cierto. Nací en un mundo sin que se esperase nada de mí y sin yo saber nada de él, como nos pasa a todos. Recorremos varias fases durante nuestro crecimiento: pasamos de creer que todo el mundo es bueno a intentar aprender a escoger a personas que le hagan bien a tu vida. Mirad, la vida ya de por sí es jodida como para complicársela con personas que la vayan a joder más. El problema que todos tenemos que solucionar es que nosotros mismos pertenecemos a ese grupo en algún momento de nuestra existencia. En fin, que me voy por las ramas. Ya hablé hace unas cuantas publicaciones sobre esto, pero voy a volver a repetirlo. Durante mi adolescencia, comencé a plantearme mucho mis gustos e incluso dejé de hablar de ellos porque yo misma los consideraba raros o fuera de lo común. Lo bueno es que te encuentras con gente que comparte estos gustos extraños. Hoy, sé que no es que mis gustos fueran raros, es que las personas me habían hecho sentir que lo eran. A esto me refiero con la libertad siendo un arma de doble filo. Yo tenía y tengo la libertad de que me guste lo que me gusta, y las personas que me rodean tienen la libertad de considerarlo bien o mal. Hasta aquí, perfecto. Lo que pasa es que, algunas (bastantes) de esas personas, consideraran que lo que a mí me gusta no está bien y, en vez de quedarse ahí y aceptar que a lo mejor no tenemos por qué tener los mismos gustos, se empeñarán en hacerme sentir mal por ser como soy. Y aquí empiezan los problemas. No con otra gente (que puede pasar), sino contigo mismo. Aquí dejas de quererte, de valorarte y de aceptarte. Es muy difícil volver al estado previo de la niñez, donde te aceptabas tal y como eras sin importarte lo que dijeran los demás. No es que dé miedo hablar de lo que a uno le gusta, da miedo la reacción que puedes provocar con ello. He hablado en primera persona, pero sabes que no me ha pasado sólo a mí, ¿verdad? ¿Qué sientes ahora?

Hablé también hace poco de las perspectivas. Me gustaría muchísimo ver el mundo desde el punto de vista de otra persona completamente diferente, pero, si os soy sincera, lo que más me gustaría es ver el mundo desde el punto de vista de la persona más contraria a mí en pensamiento. Me encantaría saber cómo funciona su mente y qué sienten cuando creen que alguien no es como él o no tiene los mismos derechos que él tiene, independientemente de la ley. Ojo, las personas somos diferentes, pero seguimos siendo personas y, sólo por eso, nos merecemos respeto.

Yo estoy anclada a la forma de ser que me ha tocado y al pensamiento que ha ido evolucionando en mi interior según he vivido experiencias. No creo que mi manera de pensar sea la más correcta, ni mucho menos, pero, sí que tengo que reconocer que, dentro de todas las formas de pensamiento que existen, la mía es una de las que menos daño hace. Al menos, con eso he ganado, porque al menos respetar sé.

En cuanto a lo demás, lo que voy a decir ahora va a parecer de manual, pero no hay otra manera. Una vez que te aceptes a ti mismo tal y como eres, menos te va a dañar el pensamiento ajeno. Con esto no quiero decir que no sigas teniendo altibajos contigo mismo, que los tendrás; pero, al menos, sabrás ayudarte, sabrás levantarte, sabrás aceptarte y, sobre todo, sabrás amarte.

La libertad hay que usarla con cabeza.

Aziul.

Imagen de Francesco Paggiaro, sacada de Canva.