Es curioso pensar cuánto nos ofuscamos cuando nos surgen problemas. Nos sentimos derrotados, débiles e incluso, extraviados. Cada vez pensamos que nada podría ir a peor, que ese problema es el más grande de todos, incluso sabiendo que existen cosas más graves; pero da igual, porque ese es mi problema y, por ende, el más importante desde mi punto de vista. El ser humano es muy subjetivo y, por mucho que exista el concepto de objetividad, no creo que sea completamente real. Nuestras emociones, nuestros recuerdos y nuestra personalidad tiene un papel muy importante a la hora de llevar a cabo una decisión, incluso en momentos en los que deberíamos ser objetivos. No nos vayamos a culpar tampoco, somos así y es algo que no podemos cambiar. La subjetividad es una característica inevitable del ser humano.

No es entonces de extrañar que sintamos nuestros problemas como los peores del mundo. Claro que sabemos que no lo son, que hay sucesos horribles que se siguen dando a día de hoy en todo el planeta y que son cientos de veces más malos que nuestros pequeños problemas. Como he dicho antes, aunque sean pequeños y nos parezcan insignificantes una vez haya pasado la tormenta, son nuestros problemas. Al ser nuestros, parecen más graves y más duros, aunque no lo son. De esto último nos damos cuenta ya cuando el problema se ha resuelto o hemos aprendido a convivir con él. No os imagináis la cantidad de veces que me he dicho a mí misma tras haber solucionado un problema «¿de verdad lloré tanto o lo pasé tan mal por eso?». Las cosas que nos pasan no son ni pequeñas ni grandes, somos nosotros los que decidimos si son una cosa u otra. A veces afrontamos mejor los problemas y otras veces simplemente nos sacan de quicio. Es normal, no todos los días estamos del mismo humor, tal vez mañana me tomé con tranquilidad un problema, porque estoy de buen humor o, tal vez mañana me tomé muy mal un problema, porque estoy de mal humor. Nosotros somos los que controlamos nuestra vida.

Ligado a lo último que he escrito en el párrafo anterior, debo aclarar algo. Las personas no nacemos inseguras, nos hacen inseguras según crecemos, ya sea con nuestra personalidad, nuestro aspecto físico, nuestra inteligencia, etc. Por esto pasamos todos, porque a todos nos han hecho sentir menos de lo que somos alguna vez en nuestras vidas. Y lo peor de todo no es que nos lo hagan sentir, es que nos lo creemos. Ahí es donde entran las emociones o sentimientos, (elegid el término que os dé más claridad). Una persona insegura no sabrá controlar sus sentimientos y es ahí donde los problemas internos surgen. A día de hoy, pienso que todos nosotros seguimos siendo inseguros en algún aspecto de nuestras vidas y, por eso, muchas veces los pequeños problemas se convierten en unos más grandes. Si nuestros sentimientos nos controlan, en vez de nosotros a ellos, estamos en una situación complicada porque ya no somos nosotros los que controlamos nuestra vida. No me malinterpretéis, los sentimientos son algo maravilloso, pero si dejamos que nos controlen, podemos llegar a convertirnos en el tipo de persona que aborrecemos. Así sólo conseguiremos hacernos daño a nosotros y a los que nos rodean.

¿A dónde quiero llegar con esta reflexión sobre los problemas? Supongo que quiero que nos demos cuenta de lo que ya sabemos, pero decidimos ignorar. Exageramos mucho las situaciones y, aunque esté escribiendo esto, estoy segura de que yo, como persona, seguramente vuelva a hacerlo en algún momento. Al menos, cuando pasa, soy consciente de que estoy haciendo un castillo de un grano de arena. Desde que me paré a pensar en esto detenidamente, siempre que me surge un problema o algo no sale como yo quiero, me digo a mí misma: «Dentro de unos días, estaré riéndome de lo que ahora me está matando», y siempre se cumple.

No digo que no haya problemas que sean graves, porque los hay y de forma más reciente de lo que nos gustaría. Yo estoy haciendo referencia a los que no son problemas tan grandes, pero que nosotros nos empeñamos en empeorar. Supongo que deberíamos tomarnos las cosas con más tranquilidad y que, cuando algo se nos esté yendo de las manos, nos detengamos y tomemos aire. Tal vez así lograríamos no sólo solucionar antes los problemas, sino dejar de hacernos tanto daño.

Aziul. 

Fotografía de Dilan Lee, sacada de Canva.