A veces pienso en los recuerdos y en lo poco que seríamos sin ellos. Ya lo he mencionado en alguna entrada, aunque no sé cuándo. Creo que no somos nada salvo frascos vacíos sin los recuerdos, porque son ellos los que nos hacen ser. Existir sin recuerdos no es muy diferente a ser un objeto inerte, sin sueños, sin objetivos, sin heridas y sin anhelos. Nada tiene sentido sin ellos y, sin embargo, hay muchos que olvidamos…

Confieso que siento miedo de cerrar los ojos y despertarme sin recordar quién soy y quién fui y, sobre todo, lo que aspiro a ser. Cuando me meto en la cama por las noches, mientras me rodea la oscuridad de un cuarto en el que he crecido y el silencio de un mundo descansando, el ruido de mi mente empieza a surgir. Esa voz que me acompaña siempre, día y noche, esa voz que es un yo que no acabo de conocer, siempre me asalta con una nueva duda, miedo o decisión. Todo eso surge de los recuerdos que se esconden en el fondo de nuestro ser. Maquinalmente actuamos todos los días, guiados por esos recuerdos que, a pesar de no tenerlos siempre en mente, nos controlan. Cuando nos despertamos por las mañanas y nos lavamos la cara, lo hacemos por rutina, ¿verdad? ¿Y qué es la rutina salvo un montón de recuerdos juntos que nos empujan a realizar esa acción? Vivimos guiados por todos los aprendizajes que hemos adquirido según crecíamos. Todas las noches, cuando me rodea la oscuridad de un cuarto en el que he crecido y el silencio de un mundo descansando, recuerdo. Y hay veces, mientras navego entre esos recuerdos, que dudo de si fui verdaderamente yo quien vivió aquello o fue una persona totalmente diferente. Creo que una persona diferente.

A medida que crecemos y que aprendemos, nuestros recuerdos van multiplicándose. Algunos se olvidan porque no eran tan importantes, otros no se olvidan, pero se difuminan en nuestro interior, guiando nuestro camino y, otros, simplemente no se olvidan, porque quedan grabados tanto en la mente como en el corazón. Sí, creo que fue otra persona la que vivió todo aquello: la persona que fui en aquel momento. Hoy no soy esa persona, pero soy su evolución; y gracias a ella, puedo mejorar, puedo avanzar y puedo luchar. Eso son los recuerdos, una fuente de vida, como la eterna lluvia que riega los verdes campos.

Soy una persona bastante soñadora, así que, si pienso en la posibilidad de algún día olvidarlo todo, incluso mi nombre, me atengo a la esperanza de que, de alguna forma, mi corazón recordará lo más importante, incluso si mi mente nunca lo logra. Evidentemente, no tengo forma de saber esto, pero es lo que quiero imaginar, lo que me gustaría que pasase. Ligado a esto, también pienso que soy un poco hipócrita, y eso que no me gusta la hipocresía. Lo soy por todas las veces que desee no ser yo, por todas las veces que pedí olvidarme de todo y empezar de cero. Ahora digo que quiero mantener la esperanza de recordar lo más importante con el corazón, pero hay ocasiones en las que pido olvidarlo todo. Tampoco me culpo y a ninguno de vosotros, que seguramente os ha pasado algo parecido. Somos personas al fin y al cabo. Las circunstancias son malas a veces y la vida es dura casi siempre. Nadie puede culparnos de desear en un momento de ira o de dolor extremo cosas que no desearíamos estando felices. Podemos llegar a ser muy maleables debido a los sentimientos y no es malo, a menos que ellos te controlen a ti en vez de tú a ellos.

A mi parecer, los sentimientos tienen mucho que ver con lo que decidimos recordar y con lo que decidimos olvidar. Y sí, tal vez de forma inconsciente, pero nosotros siempre decidimos el qué se queda y el qué se va. Los recuerdos van unidos a sentimientos y no sólo nos quedamos con aquellos que nos hicieron felices. Hay recuerdos que, cuando se nos fijan en la mente, nos producen malestar incluso hoy, por mucho tiempo que haya pasado. Y, por mucho que nos arrepintamos o queramos borrarlos, seguirán ahí. De todo se aprende algo, aunque parezca que no. Incluso de los recuerdos que ya no recordamos porque son parte de nuestra existencia.

Tengo ligados muchos recuerdos a estos últimos días de mayo y a los primeros de junio, tanto malos como buenos. Supongo que pensar tanto en ellos me empujó a escribir esto. No sé pero, cuidad mucho vuestros recuerdos, tanto a los malos como a los buenos. Cuidadlos porque son lo que os hace personas, los que os hace ser quienes sois y, quizás no todos los días os queráis, pero sois la persona que estará siempre a vuestro lado. Cuidaos, aunque sea duro, aunque duela y aunque parezca que no dejará nunca de haber niebla en vuestro interior. Os aseguro que, a pesar de todo, siempre vuelve a haber claridad.

Aziul. 

Imagen sacada de Google.