Un nuevo paso

He estado un poco ausente el mes de agosto, pero supongo que me ha servido. No he escrito mucho y, tal vez, he sido algo perezosa en cuanto a los deberes que yo misma me hube puesto. Lo que sí he hecho ha sido leer. He leído muchísimo. No conozco vuestros sueños y, aunque los conociese, tal vez se me haría difícil entenderlos. A todo el mundo le cuesta entender a otra persona, por eso siempre comparamos su situación con una parecida nuestra. Así que os voy a contar un poco cómo me he sentido y podéis perfectamente compararlo con vuestras propias experiencias. Tal vez por eso me gusta escribir, porque cada persona puede interpretar mis palabras a su gusto.

Me hubiera gustado escribir más de lo que lo he hecho. Años anteriores no lo hacía simplemente porque encontraba mil escusas para no ponerme a ello. Pero este año me he dado cuenta de que es diferente. He buscado escusas, como en los viejos tiempos, pero no por pereza. He comprendido al fin que tengo miedo. Desde muy pequeña mi sueño ha sido escribir, dedicarme a ello. Supongo que el sueño se convirtió en una realidad que veía posible sin darme cuenta. Aunque no comprendía lo que estaba intentando hacer. Ahora creo que he madurado, que tengo miedo porque sé que escribir es una de las cosas más complejas que pueden llevarse a cabo en este mundo. Es un miedo que me aterroriza pero que igualmente me atrae, tal como lo hacen las rosas, siendo tan hermosas y peligrosas al mismo tiempo. Creo poder vivir con este miedo o, al menos, aprender a tolerarlo. Es difícil de explicar, pero este miedo es diferente. Es dulce, adictivo e incluso valiente. Me gusta la sensación de miedo que siento ante la incertidumbre de la escritura, porque sé que no podría vivir sin ella y, por ende, sin este empalagoso miedo.

Estar sin escribir por varias semanas me ha llevado a acumular mucha energía que se convertirá en palabras, lo cual me alegra. Aunque he de decir que me siento un poco triste por no haber escrito, pero a la vez comprendo mis sentimientos y comprendo que necesitaba tiempo. Tiempo para dar un nuevo paso. Sé que para ser buen escritor hace falta escribir mucho, pero para ser buen escritor también se necesita leer mucho. He leído muchísimo, hasta la extenuación. Y, de alguna manera, tengo nuevas perspectivas que antes no había vislumbrado. Creo saber cómo escribir, aunque nunca nadie sabe cómo se escribe. Simplemente fluye, y quiero que mis palabras fluyan. Ahora que ya estoy un poco más recuperada del miedo, ahora que he aprendido a afrontarlo y a comprenderlo, estoy lista para escribir mucho. Parecerá una tontería, quizás la gente que no ama las palabras no lo comprenda (o quizás sí y yo estoy completamente equivocada), pero la felicidad del miedo, ese dulce miedo que me hace querer llorar, es abismal. La felicidad de reencontrarse con los deseos más profundos del alma, incluso si son vertiginosos, es una de las mejores sensaciones que he experimentado.

Ahora creo que lo único que me falta es comprender que el tiempo necesita tiempo, que yo necesito tiempo y que, definitivamente, los sueños, para llegar a cumplirse, también necesitan su tiempo.

Tal vez es hora de dejar de correr y dejarme llevar por la corriente de las maravillosas palabras que pueda algún día llegar a escribir…

Aziul.

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¿Sois felices?

¿Sois felices?

No sé si os hacen esta pregunta mucho, poco o nada. Por eso os la hago yo. Sólo hay una persona que me haya hecho esta pregunta en mi vida, que yo recuerde. Tal vez os habéis sorprendido al leer la pregunta, quizás porque no la oís. Yo también me sorprendí cuando esta persona me lo preguntó por primera vez. Creo que contesté con un sí dudoso, aunque era mentira, no era feliz. Dudo mucho de que hoy lo sea. Evidentemente soy mucho más feliz que entonces, que fue hace unos tres años más o menos, pero el concepto de felicidad es demasiado grande como para tomárselo a la ligera. Así que yo soy feliz en parte. ¿Y vosotros? ¿Sois felices?

¿Cómo explicáis que apenas nadie haga esta pregunta? Fácil. El concepto de felicidad para nosotros es que alguien sonría. Cuando alguien sonríe es feliz, cuando no, es infeliz. Fácil y sencillo, ¿verdad? Salvo porque no lo es tanto. Ah, y dejémonos de esa tontería de “el que más sonríe, más sufre por dentro”, porque es mentira. Puedes sonreír muchísimo o puedes sonreír poquísimo y estar igual de feliz o de triste. Así que pongámosle un punto y final a esa frase típica que leíamos para motivarnos o para sentirnos menos solos cuando teníamos doce años. Yo misma he sonreído miles de veces cuando lo único que deseaba era llegar a mi casa, encerrarme en algún cuarto y llorar hasta que no pudiera más. Y no soy la única, todos y cada uno de nosotros lo hemos hecho. Eso es lo que más me molesta de nuestra naturaleza. Sabemos que podemos sonreír estando rotos y, si podemos nosotros, puede cualquier persona. Sin embargo, nadie se detiene a observar la sonrisa o los ojos de una persona. Os aseguro que si observáramos más, nos daríamos cuenta de algo. O tal vez me equivoco, no lo sé. Pero, ¿tanto cuesta preguntarle a alguien si es feliz?

Esta pregunta es tan importante por una sola razón: porque es poderosa. Da igual a quién se la hagas, harás que se replantee su respuesta y a sí mismo. Y esto no es malo ni mucho menos. Te puede responder que sí o que no, independientemente de cómo se sienta realmente, pero cuando esa persona en cuestión esté a solas, pensará en la pregunta y será entonces cuando comience a comprenderse a sí misma. Pueden suceder dos cosas: que la persona en cuestión se dé cuenta de que es feliz, que es lo mejor que puede pasar; o que la persona en cuestión se dé cuenta de que es infeliz, lo que, en los mejores y la mayoría de los casos, la impulsará a buscar la manera de ser feliz. Y todo este proceso tan sólo por hacer una mísera pregunta de dos letras.

Por favor, haced más esta pregunta porque puede ayudar a muchas personas a ser mejores, a comprenderse e incluso a ser felices. ¿A qué no os preguntáis a vosotros mismos si sois felices cuando estáis solos? Nadie lo hace. Es triste como nosotros mismos no somos capaces de cuidar nuestra propia persona. Haced esta pregunta a las personas y, sobre todo, a vosotros mismos. Ayudad y ayudaos. No creo que exista la completa felicidad, pero creo que existe la felicidad adecuada para cada uno. Encontrad esa felicidad y no escondáis vuestras debilidades. Todos las tenemos, por muy fuertes que nos creamos o nos hagamos ver.

Por última vez: ¿Sois felices?

(A JR.)

Aziul.

Vacío

¿Alguna vez habéis tenido la necesidad de desaparecer? No porque algo vaya mal, sino porque la cantidad de cosas que sientes se reúnen en tu interior como un grupo de chiquillos buscando divertirse. Lo único que la diversión aquí es hacer que te plantees todo: tu vida, tu existencia, tus sueños, tus miedos e incluso tu propia persona. ¿Alguna vez os habéis puesto tristes sin ningún motivo aparente? Simplemente te sientas, fijas tu mirada en un punto determinado y de repente sientes como la primera lágrima se escurre por tu mejilla. Y sabes que la primera lágrima es la más peligrosa, porque detrás de ella aparecerán muchas más. Entonces lloras y sientes cómo tu corazón se encoge cada vez más y te preguntas por qué, por qué estás llorando, si eres feliz.

Después de tanto tiempo, sinceramente creo que las personas somos un poco adictas al sufrimiento. Si no sufrimos, nos sentimos incompletos y buscamos una manera de completar esa carencia interna que nos carcome. Antes creía que se podía llorar sin razón y que, tal vez, te podías poner triste en un momento determinado y descargarte a través del llanto. Alguien me dijo que nunca se llora sin razón, y otra persona me dijo que cualquier razón que te hiciese llorar, por estúpida que pareciera, era importante. Ahora creo que nadie llora si es feliz. Puedes llorar de la felicidad, no voy en contra de eso, pero no cuando te sientas, fijas tu mirada en un punto determinado y de repente la primera lágrima se escurre por tu mejilla.

Además, cabe decir que yo soy bastante intensa. Entonces los sentimientos me afectan con una intensidad abrumadora, aunque lo he empezado a controlar. Sin embargo, hay momentos como este, en el que no hay nada que vaya mal, pero me siento vacía. Uno de los miedos más comunes entre las personas es el de quedarse a solas consigo mismas. No soy una excepción, he aprendido a lidiar conmigo misma, pero siempre hay momentos de debilidad. Este es uno de ellos. Y aquí es cuando me percato de los muchos rostros que tenemos las personas. No necesariamente estamos mintiendo a nadie, simplemente mostramos una cara u otra dependiendo del momento y de la persona. Es cuando estás solo cuando las máscaras desaparecen y te ves, indefenso.

Llevo unas semanas sintiéndome extraña, tal vez llevo más pero no me he dado cuenta. Cuando me siento y no hago nada, suelo pensar que me gustaría que todos los sentimientos y todos los pensamientos desaparecieran y se transformaran en otra persona. Es entonces cuando comprendo que nunca podré dejar de ser yo. Antes me atormentaba, ahora ya no. Ahora no me importa ser yo, pero deseo protegerme. Son esos momentos los que me hacen ponerme a escribir. Cada uno tendrá su manera de protegerse, la mía es esta. Invento un personaje y lo desarrollo, hago que mis sentimientos se conviertan en suyos, permito que haga lo que quiera con mis pensamientos, que los haga propios, que los cambie. Puede hacer lo que quiera, pero no ser yo. Esta es mi manera de ser otra persona, mi manera de protegerme cuando los sentimientos me asfixian. Sé que estoy atrapada en mi cuerpo, como todas las personas lo están en el suyo, pero siento que sólo así puedo desaparecer, ser otro, curar las heridas. Todos necesitamos huir alguna vez de nosotros mismos, y cada uno tiene su propia huida. Mi escapatoria es esta. Necesito ser palabras, porque ser persona, en ocasiones, es demasiado duro.

Aziul.

Monstruos, pt.2

Me preguntaba a mí misma si realmente está bien exponerse tanto hacia un público como yo a veces lo hago en mis textos, y me he dicho que sí. He llegado a esa conclusión solamente porque, a pesar de que siempre me confundo y acabo pensando en que debo ser una especie de Lope de Vega que escriba lo que los demás quieren oír, yo escribo para mí. Estos textos e incluso este blog entero lo hice por y para mí, no para que nadie más me diera su aprobación sobre si están bien o mal los temas que toco en él.

Me siento ahora mismo bastante confusa respecto a mi propia persona, por el mero hecho de que mis sentimientos y mis pensamientos chocan, no se ponen de acuerdo, provocándome un dolor agudo que no sé cómo interpretar. Normalmente siempre han sido mis pensamientos los que se han empeñado en hacerme daño, creando situaciones imaginarias, de esas que sabes que posiblemente nunca lleguen a suceder, pero aun así te hacen mal. Normalmente las personas saben que el peor enemigo que pueden tener es su propia mente, al igual que a mí me ha pasado durante mucho tiempo. Pero ha sucedido que, ahora son mis sentimientos los que se empeñan en que salgan a la luz recuerdos que me atormentaron en su día y que me atormentan ahora por igual. A veces sientes que has superado muchas cosas, que has madurado, que ya no eres la misma persona débil e indecisa que eras, pero repentinamente se te presentan unas circunstancias en las que vuelven todos esos miedos que creías enterrados hace mucho. ¿Qué controla a qué realmente? ¿La mente al corazón o el corazón a la mente? O quizás ni siquiera se controlan, sino que son dos elementos de la misma pieza que encajan y que a veces se mueven, como el mecanismo de un reloj, haciendo que cada cosa vaya a una ritmo desacompasado, al igual que las agujas que marcan las horas día tras día.

Siento un tótum revolútum en mi interior, como si nada quisiera dar su brazo a torcer para que las aguas vuelvan a su cauce. No, más bien es como un tsunami, que lo arrasa todo sin avisar. En estos días en los que me siento vulnerable, a veces me pregunto qué sentido tiene vivir, qué sentido tiene cuando no puedes entender tus propios sentimientos, cuando ni siquiera sabes la razón exacta de tu disgusto o de tu mala disposición. Me pregunto, si somos tan perfectos como la ciencia, la literatura y la religión nos hace creer, por qué somos tan débiles, cómo algo que ni siquiera se ve como es el caso de los sentimientos puede hacernos encerrarnos de por vida o recorrer el mundo entero si hace falta. ¿Cómo podemos ser tan cínicos e hipócritas de incluso pretender engañarnos a nosotros mismos e ignorar lo que no está bien, lo que nunca lo estuvo? ¿Cómo pretendemos ser felices si no escuchamos lo que estamos pidiendo a gritos? ¿Cómo osamos que nos quieran cuando ni siquiera sabemos hacerlo nosotros mismos? ¿Cómo enseñamos a los demás a ser humanos cuando ni siquiera nosotros sabemos serlo?

Si algo he temido de verdad en mi vida, no son los monstruos que hay debajo de mi cama o en mi armario, sino más bien los que se encuentran en mí y en todas las personas que me rodean. Al lado de esto, lo que más miedo me da en el mundo es que mis monstruos acaben por ahogar a personas que no tienen porqué verse envueltas en mis batallas. Por eso, días como hoy, siento la necesidad de encerrarme y de mantener una larga charla interna, para evitar que mis monstruos acaben destruyendo a otros. Peor que destruirte, es destruir. Yo desde luego, quiero apagar la voz del monstruo.

Aziul.