Abismo

Quizás para entender el enorme abismo que se abre continuamente en mi alma, el reflejo de un rostro que nunca seré capaz de ver. La leve duda de si mañana, el rostro seguirá siendo el mismo, si todo es real, si nada lo es.

El suave tacto de unos dedos que yo muevo, aunque siento que, en ocasiones, mi cuerpo es más de nadie que mío. El contacto con objetos, que hacen sentir la vida, como si fuera real, como si algo lo fuera.

La suave y dura melancolía, esa que se impregna al alma y hace sangrar todas sus gotas. Esas redes invisibles, intocables, inimaginables que nos atan, que estrujan el corazón, como si fuera esponja.

El llanto interrumpido, oculto, que no dejamos salir por miedo, por vergüenza, por incomprensión. Y el espejo, que sigue en la esquina, reflejando un rostro que más que pertenecernos, dictamina.

El frío de las yemas de los dedos, que no se compara al temblor de un anhelo solitario, incumplido, ignorado. El arrepentimiento, ese mezquino sentimiento, que congela hasta el último de los gozos.

El vacío, un recipiente sin nada, vivo, pero fantasmal. Ese sentido que necesito, que necesita, que necesitas. Su falta corroe todos los rincones de lo que alguna vez fue luz. Y quizás, lo que da miedo es que la oscuridad acabe siendo más dulce que la luz. Que todo lo malo sea real, y que todo lo bueno sea mentira.

Tal vez yo soy mentira, tal vez lo somos todos. Quizás esto no es más que una invención macabra de la mente. Soñando, soñando, soñando…

Y la brillante carrera contrarreloj. En contra de todos los deseos, en adelanto hacia un futuro que solo es abismo.

Aziul.

Viernes 13

Hoy es un día oscuro, no sólo por la cantidad de supersticiones que tienen el viernes y el número trece juntos, sino porque llueve. El cielo no se ve, porque las nubes lo tapan como si formaran un lienzo desnudo, esperando a que el pintor lo acaricie con su fino pincel. La luz entra escasamente por la ventana que tengo al lado y el cuarto parece estar triste. Tal vez el mundo parece estar triste. Aunque hay una calidez especial en la fría lluvia que impacta sobre el suelo, en el aire gris de la cama y en los colores que se esfuerzan por iluminar la casa.

Los días lluviosos me parecen sinónimo de tranquilidad. Cuando llueve, la gente se refugia en su casa, entre las paredes que siempre los mantienen seguros. Quizás algunos hasta buscan unos brazos en los que acurrucarse y descansar hasta que el sol aparezca de nuevo exigiendo esfuerzo.

Creo que me hace un poco de gracia, eso de que el mundo haya decidido llorar en pleno viernes 13, para acrecentar más el temor de las personas respecto a esta fecha maldita. Quizás es que el mundo también bromea de vez en cuando y esta sea una de sus bromas. Algunos dirán que es de muy mal gusto, yo creo que podría reírme un rato.

Aunque es emocionante, ¿no? La lluvia. Las gotas impactan lentamente, sin ningún tipo de prisa y creemos que ya está, que pronto cesará. Luego las gotas se hacen más rápidas y constantes y, a cada impacto, nuestras ropas pesan más. Corremos y nos estresamos, en vez de pararnos y observar esa maravillosa fuente de vida. Algunos la reconocen cuando están a cubierto, con una manta sobre las piernas y una taza caliente entre las manos; otros, no la reconocen jamás. Pienso que, cuando llueve, pueden suceder muchas más aventuras, porque la lluvia en sí es una enorme.

Quizás la lluvia es el arma que usan esas supersticiones para atacarnos y nosotros no sabemos que nuestros temores están a nuestro lado.

La mala suerte está aquí de nuevo: es viernes 13. O, tal vez, es sólo un día en el que el mundo ha necesitado llorar, porque aguanta demasiado y a demasiados, porque nadie será nunca capaz de sufrir lo que sufre él. El mundo es nuestro gran padre y él nos reconoce como sus hijos. Por eso, la calidez que se esconde tras cada fría gota, esas que hacen milagros, es el amor que nos profesa. Hemos hecho más daño al mundo del que jamás seremos capaz de hacer a nadie y, sin embargo, él nos sigue meciendo y cuidando, con ese amor tan profundo y verdadero que nosotros nunca seremos capaz de profesar.

Aziul.