Enmascarado (Relato I; Pt.3)

Hoy quiero contar un episodio que acaeció cuando llegó esa época tan tormentosa que llamamos adolescencia. Si soy sincero, nunca había sido un niño demasiado abierto, así que nadie esperaba que fuera un adolescente extrovertido, sino más bien, introvertido. Cuando quiero decir que nadie esperaba eso, me refiero más bien a mí. Bien es cierto que no fui muy propenso a contar mis intimidades a la primera persona que me dedicara una sonrisa, pero tampoco fui especialmente tímido. Creo que mi manera de relacionarme con el mundo estuvo bien, la pena es que no duró mucho tiempo. Cuando ya tenía quince años y estaba cursando el tercer año de instituto, me perdí a mí mismo.

El curso comenzó en términos que podemos denominar normales. Verdad es que no hablaba mucho con nadie, a pesar de conocer a un par de personas de mi clase por haber compartido aula con ellos anteriormente. Era raro que yo me acercase a personas si no lograban atraerme en demasía, y eso sucedía muy poco. Con esto no quiero decir que yo fuese la guinda del pastel, ni mucho menos; simplemente esa era mi manera de obrar de cara al público. Según los días se fueron aconteciendo, conocí a un chico que, en primeras instancias, no me interesaba en lo absoluto; aunque yo a él sí. Era claro que el muchacho forzaba situaciones con tal de estar junto a mí y si no fuera porque lo había visto flirteando con varias chicas, probablemente hubiera creído que tenía un interés amoroso en mí. Su nombre era Dan y, poco a poco, logró ganarse mi confianza. En aquellos momentos, pasaba poco tiempo en casa, porque odiaba verla vacía. Mi madre trabajaba casi todo el día y yo llegaba a casa unos minutos antes de que ella volviera. Apenas sabía de mí, y yo apenas sabía de ella. Lo único que sabía con certeza era que la echaba de menos, pero mi orgullo de joven independiente y fuerte me impedía sincerarme con ella. Si pudiera volver el tiempo atrás, haría las cosas de otra manera. ¿Pero quién no ha pensado así alguna vez en su vida? Si erramos es sólo para que podamos aprender la lección y no volver a repetirla, aunque muchos sigamos tropezando con la misma piedra todos los días a pesar de todo.

Dan era un chico alto y corpulento, muy mal estudiante y muy maleducado. Era todo lo contrario a mí y fue precisamente lo que me atrajo de él. Siempre se metía en broncas y nunca hablaba sin decir al menos tres tacos, pero era libre. Esa libertad que yo sentía que me faltaba. Él la tenía y, cuando estaba con él, casi podía sentir que la rozaba. Así que hice lo que haría cualquiera para conseguir algo que ha anhelado por mucho tiempo, convertirme en una copia de Dan. Poco a poco, dejé de estudiar. No insultaba, los insultos nunca habían sido lo mío, pero ignoraba, que era, tal vez, mucho peor. Comencé a meterme en problemas e incluso a pegar puñetazos a bocajarro a cualquiera que me molestara un poco. Lo irónico era que nada me molestaba realmente, pero actuaba como si así fuera, por mantener una imagen que no deseaba, pero de la que tampoco quería desprenderme. Lo cierto es que me sentía protegido siendo así, porque de alguna manera, logré que nadie quisiera acercarse a mí estando a solas, pero todos deseaban estar a mi lado en grupo. No es que me tuvieran miedo, pues no sabía luchar, pero me evitaban, porque era de esas personas que estropeaban el día a cualquiera. Nadie quería conocerme de verdad, pero todos pretendían adorarme. Me lo había ganado a pulso y, a pesar de saberlo, muchas veces había molestado a personas con el único fin de ignorar mi mente.

Llegó un día en el que Dan se alejó y, en vez de evitar esa lejanía, dejé que sucediera. No necesitaba a nadie, no quería a nadie, sólo a mí mismo. Hubo momentos en los que me lo creí de verdad, en los que mi imagen parecía superior frente a mis ojos. Me atrapé a mí mismo en una falsa ilusión que confundía con libertad. Me sentía poderoso y creía que ese poder me hacía libre, pero en realidad no hacía más que estrangularme con cadenas de hierro. Continué flotando sobre mi falsa nube y conocí a un grupo de chicos bastante peligrosos. Eran peligrosos, pero mi concepción del peligro había ido disminuyendo progresivamente hasta llegar a ser nulo. Creí haber encontrado unos amigos de verdad, pero no hice más que engañarme y no fue hasta que acabé en el hospital, con varios huesos rotos, que comprendí mi error.

En la sala luminosa que olía a medicamento, sobre el duro colchón en el que reposaba mi malherida espalda, las lágrimas de mi madre inundaron las sábanas. Pasé varias semanas allí y nadie vino a verme, salvo mi madre. Pasé de estar enfadado a estar desilusionado y, finalmente, a estar desolado. Me lo había ganado, no era importante en la vida de nadie salvo en la de la persona que me había dado la vida. No culpaba a nadie, no había hecho nada para merecerme la simpatía de nadie. Al menos deseé que Dan viniera, pero no lo hizo. Supongo que fue entonces cuando el corazón se me rompió por primera y única vez. No porque Dan me hubiese abandonado, sino porque yo me había abandonado primero. Comprendí que había enmascarado todos mis temores y mis anhelos y los había convertido en otro, para poder ser una persona que los demás quisieran; pero cuando te conviertes en una persona que quieren, pero no quieres, al final nadie te quiere. Había hecho todo lo posible para ser libre, pero me había encadenado a las preferencias de las demás personas. Comprendí que uno es libre sólo cuando es quién es, sin reparos. Comprendí que me quedaba mejor mi rostro que la máscara que había creado.

Aziul.

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