ALMA

Llevo unas semanas un poco raras y se han pasado por mi cabeza muchas cosas sobre las que escribir, pero hay una que ha imperado y, además, creo que es la más necesaria para mí en estos momentos.

Lo he mencionado en otras ocasiones, pero me apetece mucho hablar de la magia de nuestro mundo, cómo unas cuantas letras unidas pueden hacer tanto. En español tenemos 27 letras. Son poquísimas si las comparamos con la cantidad de palabras que tenemos, millones y millones; todas estas palabras están formadas por la unión de estas 27 letras y, a su vez, por su unión con diferentes palabras. Es maravilloso como una cosa tan insignificante puede construir castillos enormes en nuestra vida. No sólo eso, sino que estas unidades pequeñas e insignificantes, esas que acostumbramos a ver día a día desde que nacemos y a las que no nos paramos a dar la importancia que se merecen, nos dan personalidad. Una cosa dejo clara, podemos estar vivos, pero si no tenemos esa personalidad que nos proporcionan las palabras, no somos más que frascos de colonia vacíos. Somos capaces de ser lo que somos por la palabra. Seguro que habéis oído que nuestro rasgo diferenciador como especie es que podemos razonar. ¿Cómo razonamos si no es mediante la palabra? Lo somos todo, porque tenemos magia en nuestra mente y, afortunadamente, en nuestro corazón.

Personalmente, he sido tímida e introvertida desde que tengo memoria y puedo aseguraros que aprender a leer fue la salvación de mi alma. Pero, si leer me salvó el alma, la escritura le dio un sentido. Imaginaos lo importante y lo maravilloso que tiene que ser para una persona solitaria, vergonzosa y asustada tener un refugio donde esconderse, (los libros), y tener un momento en el que puede hablar sin tapujos y sin miedos, (la escritura). Aunque, he aprendido que todos necesitamos ser salvados, porque todos estamos un poco rotos por dentro. Os aseguro que, para aquellas personas que sufren y que no aguantan el peso de la vida, escribir sobre cómo se sienten, sin restricciones y sin miedo, los cura un poquito. Perdonadme si me emociono demasiado, pero me parece fascinante; porque lo que hace un papel en blanco frente a un corazón afligido, no lo logra hacer nadie. ¿Sabéis por qué? Porque, por mucho que los demás entiendan tu sufrimiento y estén dispuestos a ayudarte, es imposible si primero no entiendes tú mismo ese sufrimiento y estés dispuesto a ayudarte. La escritura logra eso, porque lo que llena el papel en blanco no es nada más ni nada menos que el reflejo del alma.

No me he sentido nunca tan viva y tan emocionada como cuando me encuentro ante un papel en blanco y las ideas, los sentimientos y las palabras fluyen. Es ahí cuando empieza la magia. Cuando uno escribe, tiene en su mano la libertad absoluta. Frente a uno se abren infinitas posibilidades. Podemos dejar de ser uno mismo y convertirnos en otro, podemos hacer todo lo que queramos, sin importarnos nada más que ser libres. Escribir es ser libre. Todos podemos usar esta magia, todos somos escritores, porque todos escribimos; todos somos magos.

¿Alguna vez os habéis parado a pensar que el libro que estás leyendo lo escribió una persona que vivió hace cientos de años? Es fascinante como, a pesar de existir en momentos distintos de la historia, la lectura y la escritura nos permiten conversar con aquellos que se fueron hace mucho. Lo que se escribe es parte de uno mismo, por eso cuando leemos, vemos a alguien más a parte de los personajes, al autor. Porque escritura es la persona que escribe.

Nunca nada me ha gustado tanto como las palabras, siento su tinta recorrer las venas de mi cuerpo mezclada con mi sangre. Hay algo especial en todo lo que me rodea, quizás porque me he rodeado de libros como chalecos salvavidas, y todo es nuevo, todo es grande… Dicen que para atreverse a tocar las palabras tienes que tener un espíritu sensible y sentimental, pero yo creo que sólo hace falta ser valiente y atreverse a ser libre. No todos se atreven, quizás porque la propia palabra “libertad” es demasiado abismal o, quizás, porque la libertad está hecha para gente que no se conforma y que quiere alzar la voz.

Aziul.

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Precipicio

Hoy he estado tratando un tema que me pone bastante triste. Hablé de él en mi última publicación, no directamente, pero sí que se leía entre líneas. Siento si soy una cansina, pero es algo que no puedo o, más bien, no quiero ignorar. Creo que nadie debería ignorar este tema.

Hay muchas personas en el mundo y todas somos diferentes. Si os soy sincera, me maravilla encontrarme con ese tipo de personas que saben quiénes son y que conocen sus límites; ese tipo de personas que saben y aceptan que sólo tienen autoridad sobre sí mismas. También son estas personas las que se esfuerzan en no juzgar e intentan que todo el mundo, sea como sea, se sienta a gusto. Ojalá fuéramos todos así, pero sería demasiado bonito. Me maravilla, he dicho, porque, aunque existen, no es tan fácil como parece encontrarlas. En cambio, te encuentras con aquellas que tienen que juzgar e incluso insultar a otro grupo, ya sea por su color de piel, su inclinación sexual, su género, sus preferencias… Vamos, por cualquier mínima cosa. No me voy a meter en cuestiones de xenofobia, homofobia, racismo o cualquier otro tipo de fobia que más que fobia es un problema interno que tienen los susodichos. No vengo a hablar de problemas que debían haberse solucionado o, al menos, empequeñecido desde hace mucho tiempo. Vengo a hablar de otro problema, no sé si el más grande de ellos, pero sí el que afecta a las personas maravillosas y a las que tienen problemas internos por igual; es decir, a todos.

Hemos destruido y doblegado a cualquier ser vivo que pudiera ser una amenaza para nosotros, (incluso a los que no lo son); y no contentos con esto, nos hemos ido aplastando los unos a los otros desde que la conciencia humana existe, es decir, la historia y, por tanto, la escritura. ¿Os dais cuenta? No es sólo que no sepamos respetar a otras especies, es que no sabemos respetarnos ni siquiera a nosotros mismos. Pero ojo, luego nos tiramos flores, porque nosotros somos capaces de pensar. Una cosa sí que dejo clara: pensar y tener conciencia no es lo mismo. Todo el mundo pude pensar, pero sólo los más valientes logran tener conciencia de algo.

Una vez que nos hemos cansado de pisotearnos los unos a los otros, hemos decidido que, como somos la especie superior, nadie puede estar por encima de nosotros, ni siquiera el planeta. Si estuvierais ahora mismo a mi lado, me habríais visto reír. Pensarlo con lógica: el planeta nos permite vivir, pero nosotros estamos matando lo que nos da la vida. ¿Sabéis lo que es peor? Sinceramente, creo que estamos tan convencidos de que somos los más fuertes, los intocables, los invencibles… que creemos que nada podrá con nosotros. Otra vez me río. Por Dios, abrid los ojos, por favor. El planeta se está muriendo y, con él, todos y cada uno de nosotros. Estamos destruyendo lo único que deberíamos defender con uñas y dientes.

Hay mucha concienciación respecto a quererse y respetarse a uno mismo y a nuestros semejantes. Lo veo magnífico pero, ¿qué hay del respeto hacia nuestro verdadero hogar?

Necesito hacer una pregunta a todas las personas que estén leyendo este texto: ¿Os gusta viajar? ¿Os parece maravilloso el mundo? A mí también, muchísimo. Pero nada tendrá sentido, ni los años que hemos estudiado, ni los años que hemos trabajado, ni los sueños que hemos cumplido o los que tenemos… nada. Nada tendrá sentido si matamos nuestra fuente de vida. Os digo la verdad y espero que ya seáis conscientes de ella: Nos vamos a morir. Desde que nacemos, sabemos que vamos a morir. Siempre va a ser así, pero al menos, dedicad un poco de vuestra vida para salvar a todos los que nacerán en el futuro, para salvaros a vosotros y a los que queréis, para salvar el planeta.

Parece que estuviéramos corriendo hacia el precipicio con ganas de rompernos la cabeza.

Aziul.

Un nuevo paso

He estado un poco ausente el mes de agosto, pero supongo que me ha servido. No he escrito mucho y, tal vez, he sido algo perezosa en cuanto a los deberes que yo misma me hube puesto. Lo que sí he hecho ha sido leer. He leído muchísimo. No conozco vuestros sueños y, aunque los conociese, tal vez se me haría difícil entenderlos. A todo el mundo le cuesta entender a otra persona, por eso siempre comparamos su situación con una parecida nuestra. Así que os voy a contar un poco cómo me he sentido y podéis perfectamente compararlo con vuestras propias experiencias. Tal vez por eso me gusta escribir, porque cada persona puede interpretar mis palabras a su gusto.

Me hubiera gustado escribir más de lo que lo he hecho. Años anteriores no lo hacía simplemente porque encontraba mil escusas para no ponerme a ello. Pero este año me he dado cuenta de que es diferente. He buscado escusas, como en los viejos tiempos, pero no por pereza. He comprendido al fin que tengo miedo. Desde muy pequeña mi sueño ha sido escribir, dedicarme a ello. Supongo que el sueño se convirtió en una realidad que veía posible sin darme cuenta. Aunque no comprendía lo que estaba intentando hacer. Ahora creo que he madurado, que tengo miedo porque sé que escribir es una de las cosas más complejas que pueden llevarse a cabo en este mundo. Es un miedo que me aterroriza pero que igualmente me atrae, tal como lo hacen las rosas, siendo tan hermosas y peligrosas al mismo tiempo. Creo poder vivir con este miedo o, al menos, aprender a tolerarlo. Es difícil de explicar, pero este miedo es diferente. Es dulce, adictivo e incluso valiente. Me gusta la sensación de miedo que siento ante la incertidumbre de la escritura, porque sé que no podría vivir sin ella y, por ende, sin este empalagoso miedo.

Estar sin escribir por varias semanas me ha llevado a acumular mucha energía que se convertirá en palabras, lo cual me alegra. Aunque he de decir que me siento un poco triste por no haber escrito, pero a la vez comprendo mis sentimientos y comprendo que necesitaba tiempo. Tiempo para dar un nuevo paso. Sé que para ser buen escritor hace falta escribir mucho, pero para ser buen escritor también se necesita leer mucho. He leído muchísimo, hasta la extenuación. Y, de alguna manera, tengo nuevas perspectivas que antes no había vislumbrado. Creo saber cómo escribir, aunque nunca nadie sabe cómo se escribe. Simplemente fluye, y quiero que mis palabras fluyan. Ahora que ya estoy un poco más recuperada del miedo, ahora que he aprendido a afrontarlo y a comprenderlo, estoy lista para escribir mucho. Parecerá una tontería, quizás la gente que no ama las palabras no lo comprenda (o quizás sí y yo estoy completamente equivocada), pero la felicidad del miedo, ese dulce miedo que me hace querer llorar, es abismal. La felicidad de reencontrarse con los deseos más profundos del alma, incluso si son vertiginosos, es una de las mejores sensaciones que he experimentado.

Ahora creo que lo único que me falta es comprender que el tiempo necesita tiempo, que yo necesito tiempo y que, definitivamente, los sueños, para llegar a cumplirse, también necesitan su tiempo.

Tal vez es hora de dejar de correr y dejarme llevar por la corriente de las maravillosas palabras que pueda algún día llegar a escribir…

Aziul.

¿Sois felices?

¿Sois felices?

No sé si os hacen esta pregunta mucho, poco o nada. Por eso os la hago yo. Sólo hay una persona que me haya hecho esta pregunta en mi vida, que yo recuerde. Tal vez os habéis sorprendido al leer la pregunta, quizás porque no la oís. Yo también me sorprendí cuando esta persona me lo preguntó por primera vez. Creo que contesté con un sí dudoso, aunque era mentira, no era feliz. Dudo mucho de que hoy lo sea. Evidentemente soy mucho más feliz que entonces, que fue hace unos tres años más o menos, pero el concepto de felicidad es demasiado grande como para tomárselo a la ligera. Así que yo soy feliz en parte. ¿Y vosotros? ¿Sois felices?

¿Cómo explicáis que apenas nadie haga esta pregunta? Fácil. El concepto de felicidad para nosotros es que alguien sonría. Cuando alguien sonríe es feliz, cuando no, es infeliz. Fácil y sencillo, ¿verdad? Salvo porque no lo es tanto. Ah, y dejémonos de esa tontería de “el que más sonríe, más sufre por dentro”, porque es mentira. Puedes sonreír muchísimo o puedes sonreír poquísimo y estar igual de feliz o de triste. Así que pongámosle un punto y final a esa frase típica que leíamos para motivarnos o para sentirnos menos solos cuando teníamos doce años. Yo misma he sonreído miles de veces cuando lo único que deseaba era llegar a mi casa, encerrarme en algún cuarto y llorar hasta que no pudiera más. Y no soy la única, todos y cada uno de nosotros lo hemos hecho. Eso es lo que más me molesta de nuestra naturaleza. Sabemos que podemos sonreír estando rotos y, si podemos nosotros, puede cualquier persona. Sin embargo, nadie se detiene a observar la sonrisa o los ojos de una persona. Os aseguro que si observáramos más, nos daríamos cuenta de algo. O tal vez me equivoco, no lo sé. Pero, ¿tanto cuesta preguntarle a alguien si es feliz?

Esta pregunta es tan importante por una sola razón: porque es poderosa. Da igual a quién se la hagas, harás que se replantee su respuesta y a sí mismo. Y esto no es malo ni mucho menos. Te puede responder que sí o que no, independientemente de cómo se sienta realmente, pero cuando esa persona en cuestión esté a solas, pensará en la pregunta y será entonces cuando comience a comprenderse a sí misma. Pueden suceder dos cosas: que la persona en cuestión se dé cuenta de que es feliz, que es lo mejor que puede pasar; o que la persona en cuestión se dé cuenta de que es infeliz, lo que, en los mejores y la mayoría de los casos, la impulsará a buscar la manera de ser feliz. Y todo este proceso tan sólo por hacer una mísera pregunta de dos letras.

Por favor, haced más esta pregunta porque puede ayudar a muchas personas a ser mejores, a comprenderse e incluso a ser felices. ¿A qué no os preguntáis a vosotros mismos si sois felices cuando estáis solos? Nadie lo hace. Es triste como nosotros mismos no somos capaces de cuidar nuestra propia persona. Haced esta pregunta a las personas y, sobre todo, a vosotros mismos. Ayudad y ayudaos. No creo que exista la completa felicidad, pero creo que existe la felicidad adecuada para cada uno. Encontrad esa felicidad y no escondáis vuestras debilidades. Todos las tenemos, por muy fuertes que nos creamos o nos hagamos ver.

Por última vez: ¿Sois felices?

(A JR.)

Aziul.