Ideal

Hay días en los que me despierto y no soporto mirarme en el espejo. Creo que no hay un solo día en el que no tenga miedo de hacerlo. El miedo a mirarse en un espejo, a contemplarse tal y como es uno mismo, es uno de los miedos más comunes que existen, si no el más común de todos. Aunque muchas veces ni siquiera logremos vernos de verdad.

Llevo un par de semanas pensando en esto, porque llevo un par de semanas en las que no me siento bien cuando me miro en el espejo. Creía que había superado la época del miedo a ver mi propio reflejo. Pero, ¿acaso alguna vez se supera? He pensado mucho en esto durante estos días y he tenido la arrebatadora necesidad de hablar de ello, porque sé que no soy la única persona que se siente así. Dejo claro que hablaré de mi experiencia personal como mujer en esta sociedad, aunque sé muy bien que los hombres también están muy condicionados. No quiero que me malinterpretéis, pero creo que nadie con dos dedos de frente vaya a discutir el hecho de que la mujer está condicionada, casi arrinconada, por la sociedad mucho más que el hombre, y no sólo por el tema de su cuerpo. Aunque no voy a meterme en más temas que ese.

Para empezar, tengo que hacer referencia a varias sentencias que son tan bonitas como falsas. La primera de ellas es la típica “No, yo adelgazo por mí, no por lo que piense la sociedad.”. Esta creo que no sólo la hemos escuchado, sino que la hemos defendido y pronunciado todos. Yo misma lo he hecho, convencida de que, cuando al fin conseguí adelgazar, lo hacía por mí y no por cómo me veía la sociedad. Mentira. Y siento tener que decirlo así, pero es una de las mentiras más grandes que hemos dicho en nuestra vida; y lo peor de todo es que mentimos para tranquilizarnos a nosotros mismos, para engañarnos y hacernos creer que a nosotros la sociedad no nos condiciona. Claro que lo hace, todos los días. Otra de las sentencias que creo que hemos oído todos es “Si está gorda, no me interesa.” o derivados, como si una persona con más peso fuera sinónimo de fealdad. Esta es una oración que me pone de bastante mal humor, sinceramente creo que el cuerpo de una persona no es suficiente para poder juzgarla. Sin mencionar que he visto a cantidad de personas con un cuerpo que se sale de los estándares impuestos por la sociedad, y os aseguro que eran más bonitas que muchas de las imágenes que nos intentan vender día a día. La última sentencia que voy a comentar es la de “No debemos compararnos con nadie, porque nadie es igual.”. Bien, ¿cómo es posible que no nos comparemos con personas con un “cuerpo perfecto” si nos la imponen en la televisión, en los anuncios, en los libros, en la pintura, en la industria musical, en la de la actuación, etc. día a día? No, no somos iguales, pero cómo nos hacen desear serlo cuando nos comparamos con esa persona tan perfecta que tanto admiramos.

¿Cuál es la finalidad? Quiero decir, ¿qué es lo que quiere la sociedad? ¿Un ejército de gente casi anoréxica? ¿Eso es una sociedad ideal? No sé qué pensar o qué decir si eso es lo ideal. Las personas, con sus kilos de más y sus kilos de menos, son reales. Eso es lo que nos hace completamente reales, que nunca seremos perfectos. Nos conformamos con la frase, “Nadie es perfecto.”, pero claro, eso sólo si nos referimos a la personalidad. Si entra el físico, es inaceptable. Físicamente todos tenemos que ser perfectos, pero ojo, una imagen de perfección que la sociedad nos ha impuesto desde que somos pequeños. Y creo que eso es lo más triste de todo, que aceptamos esa imagen como si fuera la natural, y despreciamos a las personas que no se adaptan a ellas. No, ninguno de nosotros ha adelgazado (por voluntad propia y sin que un médico lo recomendara) por nosotros mismos. Hemos adelgazado para sentirnos aceptados en una sociedad de cuerpos y caras perfectas, porque pensamos que sólo así que podemos ser queridos por alguien. Qué tristeza más grande pensar que seguirán pasando generaciones y esto sólo irá a peor. Yo comencé a sentirme acomplejada a los catorce años, pero actualmente veo a personas de incluso diez u once preocupadas por su aspecto físico, porque si no son delgados, nadie los va a aceptar. ¿Os dais cuenta? Acomplejados tantos años sólo por agradar a personas que no van a ser importantes en nuestra vida porque, y pongo las dos manos en el fuego, las personas que te quieren por tu corazón, no deciden si quedarse o no por tu cuerpo.

Quiero aclarar que no tengo ningún problema con las personas de complexión delgada, como no tengo ninguno con las de complexión más ancha. Este texto no es un ataque contra nadie, sino más bien una queja por lo que hace la sociedad con nuestra mente. Hace siglos, el ideal era estar más relleno, y seguro que la gente delgada se sentía muy acomplejada con ello. Ahora este es el ideal, y siguen habiendo personas acomplejadas.

Soy la primera que prefiere que me halaguen por mi mente que por mi cuerpo, me parece algo mucho más auténtico. Sin embargo, también soy la primera que desea encajar en los moldes que la sociedad ha impuesto. En este punto puede que me creáis una hipócrita, pero, ¿cómo va a ser de otra forma si desde que comenzamos a crecer y a desarrollarnos nos imponen esa imagen perfecta que no nos deja dormir por las noches? Todos tenemos tan interiorizado este ideal que la sociedad ya no necesita ser ella la que nos imponga sus principios, porque son impuestos por nuestra propia mente todos los días, haciéndonos sentir como si no mereciéramos amor y cariño.

Siento mucha ansiedad al pensar que tendremos que vivir toda nuestra vida condicionados por lo que la sociedad impone y por la impresión que causemos en el resto de personas. Somos un puñado de gente oprimida y acomplejada entre gente oprimida y acomplejada, que apenas se ayuda entre sí, que apenas habla, que apenas llora…

Aziul.

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Espejo

He estado intentando varios días escribir algo para el Librito Aziul sin poder. No sé por qué, aunque creo que soy bastante exigente conmigo misma y no acepto que, a lo mejor, lo más sencillo puede ser también lo más llamativo. He de decir que tengo bastantes preocupaciones actualmente, y el blog me atosiga un poco cuando tengo un montón de cosas que hacer, pero me he dado cuenta de que me encanta este blog. Todos los días me acuerdo de él, incluso si no quiero subir ninguna entrada. Simplemente me acuerdo de él y, aunque a veces me estresa la obligación de tener que escribir algo, he comprendido que no es una obligación. Escribo este blog porque me gusta. La sensación de estrés que experimento al tener que escribir algo y no tener tiempo se debe a mi tristeza por querer dedicar tiempo a cosas que me importan, como es el caso del blog, y no poder, porque otras obligaciones, siendo estas verdaderas obligaciones, exigen mi completa atención. Pero precisamente por ello me gusta tener el Librito Aziul a mi alcance, porque durante un momento, me permite desconectar de la realidad que me rodea y recargarme con mucha más energía.

Dicho esto, he de decir que tengo varios temas que me gustaría comentar, aunque no tengo ni idea cómo acabaré desarrollándolos, así que me dejaré llevar. A veces veo como un espejo mi presente y mi pasado. Me explico, hoy, por ejemplo, estaba caminando por una calle de mi ciudad, he levantado la mirada y me he visto a mí hace unos meses, en esa misma calle. Es algo extraño porque en realidad no te ves, pero de repente asalta tu mente un recuerdo de haber estado allí antes y, evidentemente has estado allí antes, pero es un recuerdo concreto. De todos los recuerdos que pueden asaltar tu mente, es precisamente ese y te preguntas por qué. Yo he visto a mi yo de hace meses que estaba en aquel mismo lugar con un paraguas morado, que sigo teniendo, bajo la lluvia y realmente preocupada. Mientras que hoy he pasado por ese mismo lugar sin detenerme, siendo feliz. Pero no me refiero sólo a esta sensación que he experimentado hoy, pues muchas veces me ha pasado estar en un lugar o estar haciendo algo y recordar que ya ha pasado, pero de una forma totalmente distinta. La misma persona triste que estaba bajo la lluvia con ese paraguas morado ya no existe, porque soy una persona diferente desde entonces, aunque también sigo siendo la misma. ¿Habéis visto el “me explico” del inicio de este párrafo? Si habéis leído alguna de mis entradas antiguas, posiblemente hayáis notado que la he utilizado más veces. Es una muletilla que empleaba muy a menudo anteriormente, ahora ya no tanto, aunque puede salvarme de inicios complicados. Lo que quiero decir con esto es que, ver quién era yo hace unos meses y ver quién soy ahora me hace reflexionar mucho. Por ahora considero que estoy mejorando, y creo que es lo mejor que puede pasarle a cualquier persona: verse a sí mismo hace unos meses y verse a día de hoy, y considerar que ha mejorado y que su vida va a mejor. Yo, a pesar de que estoy estresada, me deprimo frecuentemente y tengo miedo muchas veces, soy feliz. Lo soy porque tengo una fortaleza que antes no tenía, que es que yo misma puedo levantarme y que, a pesar de todo, continúo caminando hacia delante.

Lo sé, sigo hablando del tiempo, quizás es que abril es el mes del tiempo en el Librito Aziul. Quería compartir esto porque creo sinceramente que a todos nos pasa vernos a nosotros en el pasado como si realmente estuviéramos aquí, con nuestro yo del presente. Sé que he dicho que tenía varios temas para comentar y sólo he comentado uno, ya iré comentándolos en otras entradas, porque creo que necesito empaparme más de ellos antes de desarrollarlos. En fin, ya sabéis que muchas veces comienzo a divagar sobre cosas que a lo mejor no tienen tanta importancia. Me justifico diciendo que para mí la tienen, todo lo que llego a escribir o a pensar, por muy básico o raro que sea me importa. Por eso muchas veces no sé qué escribir o tardo mucho en publicar algo respecto a la entrada anterior, porque prefiero hablar de algo que realmente valga la pena que hablar de cosas triviales que no tienen ningún tipo de significado para mí. Si escribo sin sentir o pensar lo que escribo, ¿qué lógica tiene? Creo que en cuanto a lo que se escribe hay que ser honesto, y yo no traiciono las palabras.

Aziul.

Reloj

Actualmente, me siento un poco confusa. No sé la razón, o quizás sí, pero no del todo. Siento que estoy ahogándome entre mis propios sentimientos, entre esos que emanan directamente de la prudencia y, por otra parte, entre esos que me incitan fervientemente a aferrarme a la incertidumbre de la locura. Creo sinceramente que esta batalla continua entre lo que supuestamente está bien y lo que siento que está bien nunca va a llegar a su fin, simplemente porque soy demasiado cobarde. Demasiado cobarde para abandonar la seguridad de un futuro definido, y demasiado cobarde para renunciar del todo a mí misma. Soy tan cobarde que no puedo renunciar a ninguna de las dos cosas y, por ende, mi futuro es un mejunje de elementos incongruentes que intentan imponerse los unos a los otros en una incesante lucha por conocer al más poderoso. Si lo pienso bien, hablar de futuro no es realmente preciso, más bien me refiero a mi confusión. Siento como si este texto estuviese siendo un caos… Tal vez es un leve reflejo de mi interior. Quién sabe.

Pienso que las desencadenantes directas de esta confusión que siento son mis expectativas. Me refiero, cuando te hace especial ilusión una cosa y te la imaginas de mil maneras diferentes, pero nunca siendo mala, hasta que la realidad te golpea y ninguna de esos episodios creados por tu cerebro son reales, sino que acaban siendo todo lo contrario. Bien, eso me ha pasado a mí, pero además, hay una parte de mí que me dice que todavía falta, que no lo he visto todo, que permanezca, por mucho que me esté costando permanecer. De alguna forma hago caso a esa voz porque, como he dicho antes, soy una cobarde, pero creo además que no he realizado la elección incorrecta. Aunque hablando de elecciones correctas e incorrectas, debo decir que sigo manteniendo lo dicho en el anterior texto, ¿quién dicta qué es o no correcto? Sólo el tiempo.

Es ahí donde quería llegar, voy a volver a un tema que ya he tratado anteriormente, pero que sigue dándome mucho en qué pensar. Últimamente pienso mucho en el tiempo, de forma tan obsesiva que me siento como una masoquista, pero me es inevitable. Se ha formado un vacío de preocupaciones dentro de mí y, a causa de esto, el tiempo me acecha como si de un demonio se tratase. No sé si es bueno o malo, sólo sé que no quiero perder ni un minuto de mi vida haciendo algo que no vaya a ayudarme a evolucionar como persona o, sobre todo, a ser feliz. Ayer tuve un episodio desagradable, y es que perdí una hora entera de mi vida en algo que no me aportó nada más que aburrimiento y arrepentimiento. Mientras estaba viviéndolo, sentí una profunda aberración el quedarme allí viendo como las manillas del reloj seguían moviéndose incesantemente. Lo irónico es que este mismo día me regaló tiempo que me hizo mejorar. Pasé varias horas haciendo algo que engrandeció mi persona y, a pesar de que mi voz prudente me decía que debía irme y seguir con las tareas, mi voz de la locura me imploró que me quedara, que esa era la forma de ganar tiempo. Fui feliz, pero no pude evitar estar mal todo el día, y fue sólo entonces cuando por fin acepté que estaba triste.

Sigo observando las manillas de mi reloj moverse, sin detenerse ni un solo segundo, y hay ocasiones en que las siento como cuchillos que se me clavan, haciéndome revivir. Todo se para cuando dormimos, por ejemplo, pero esas manillas siguen moviéndose segundo tras segundo, siguen girando, al igual que lo hacen los planetas. Todo continúa su curso, incluso yo misma, pero quiero que esas manillas que ahora me duelen, me recompensen en algún momento con otras que me hagan saber que he vivido aceptando todo lo que dicta mi corazón.

Aziul.