Reencuentro

Esta última semana no ha sido la mejor para mí y necesitaba desconectar. He de decir que al inicio de esta semana, no sabía muy bien qué lucha estaba llevándose a cabo en mi interior. Supongo que esa es la principal razón por la que no podía enfrentarme a una página en blanco. Aunque miento, porque el jueves sí escribí algo que a punto estuve de publicar. No lo hice, simplemente, porque el dolor no me dejaba pensar con claridad. No sé si me arrepiento o no de no haberlo hecho, quizás lo publique en algún momento de esta semana entrante, quizás no lo publique nunca. Quién sabe.

El jueves fue sin duda el peor de los malos días de esta semana, pero también el que por fin me dio un reflejo translúcido de mi interior y de por qué todo parecía una ruina. Soy una persona que escribe mucho sobre sus sentimientos, eso creo que lo sabe toda la gente que me ha leído alguna vez. Creo que es importante hablar sobre los sentimientos, más aún en estos tiempos en los que nos da miedo todo. Nos da miedo sentir y nos da miedo que sepan cómo nos sentimos, esa es la principal causa de tantas y tantas depresiones, vidas rotas y vidas fracasadas. Yo no soy la excepción. Mi pasado es oscuro en cuanto a sentimientos. Estaba aterrorizada de hablar, de contar cómo me sentía. Eso me hizo aislarme. Por eso ahora escribo sobre ello, sobre todo lo que siento, ya sea felicidad o tristeza. El papel en blanco siempre ha sido mi mejor terapeuta y, aunque parezca una locura, el único que ha conseguido salvarme de mis demonios y mantenerme a flote. Pero sé que las personas somos complejas y que no todos encuentran el modo de salvarse a sí mismos. Por eso me gusta escribir sobre cómo me siento. Alguna vez alguna persona que leyó alguna de mis palabras me dijo que, tras leerme, se daba cuenta de que no era la única en el mundo en sentirse así. Supongo que esa es una de las razones principales por las que escribo, para ayudar, para ayudarme.

Lamentablemente, me he dado cuenta de que soy una persona que no me gusta ser. No por mi manera de actuar o de pensar, sino por el rumbo que ha tomado mi vida. Esta semana he temido desde lo más hondo de mi corazón volver a ese pasado oscuro que me tenía amarrada con grilletes de hierro, y creo que no me he sentido tan profundamente rota desde que logré romperlos. Pero ahora, tres días después del maldito jueves, estoy mejor. No voy a decir que bien, pero estoy mejor. He comprendido que durante toda mi vida, todos mis pequeños actos de rebeldía y todos mis sentimientos incontrolados intentaban advertirme de esto. El corazón me gritaba que no me perdiera y el alma solo se me iluminaba en ocasiones contadas. Es esa luz la que quiero ahora mantener. He reencontrado mi razón de vida, porque siempre he sabido cuál era, pero ahora ya no quiero ignorarla más, ya no quiero sentir miedo. Me he cansado de llorar, de imaginar realidades que quiero que sucedan y de tener miedo hasta de las palabras. Voy a enfrentar mi vida con decisiones que el alma elija y voy encontrar a la persona que soy, pero no está. No sé cómo y no sé qué sucederá, pero la incertidumbre me provoca un dulce sosiego que pienso conservar.

No quiero que nadie me haga caso si no quiere por voluntad propia, pero si alguien me lo hace, si tú me lo haces, quiero decirte que, si el corazón te grita algo con tanta intensidad que su ausencia te deja completamente vacío, como un recipiente sin uso, hazle caso y apuesta. Apuesta siempre por ti, apuesta siempre por los sueños.

Aziul.

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Abismo

Quizás para entender el enorme abismo que se abre continuamente en mi alma, el reflejo de un rostro que nunca seré capaz de ver. La leve duda de si mañana, el rostro seguirá siendo el mismo, si todo es real, si nada lo es.

El suave tacto de unos dedos que yo muevo, aunque siento que, en ocasiones, mi cuerpo es más de nadie que mío. El contacto con objetos, que hacen sentir la vida, como si fuera real, como si algo lo fuera.

La suave y dura melancolía, esa que se impregna al alma y hace sangrar todas sus gotas. Esas redes invisibles, intocables, inimaginables que nos atan, que estrujan el corazón, como si fuera esponja.

El llanto interrumpido, oculto, que no dejamos salir por miedo, por vergüenza, por incomprensión. Y el espejo, que sigue en la esquina, reflejando un rostro que más que pertenecernos, dictamina.

El frío de las yemas de los dedos, que no se compara al temblor de un anhelo solitario, incumplido, ignorado. El arrepentimiento, ese mezquino sentimiento, que congela hasta el último de los gozos.

El vacío, un recipiente sin nada, vivo, pero fantasmal. Ese sentido que necesito, que necesita, que necesitas. Su falta corroe todos los rincones de lo que alguna vez fue luz. Y quizás, lo que da miedo es que la oscuridad acabe siendo más dulce que la luz. Que todo lo malo sea real, y que todo lo bueno sea mentira.

Tal vez yo soy mentira, tal vez lo somos todos. Quizás esto no es más que una invención macabra de la mente. Soñando, soñando, soñando…

Y la brillante carrera contrarreloj. En contra de todos los deseos, en adelanto hacia un futuro que solo es abismo.

Aziul.

ALMA

Llevo unas semanas un poco raras y se han pasado por mi cabeza muchas cosas sobre las que escribir, pero hay una que ha imperado y, además, creo que es la más necesaria para mí en estos momentos.

Lo he mencionado en otras ocasiones, pero me apetece mucho hablar de la magia de nuestro mundo, cómo unas cuantas letras unidas pueden hacer tanto. En español tenemos 27 letras. Son poquísimas si las comparamos con la cantidad de palabras que tenemos, millones y millones; todas estas palabras están formadas por la unión de estas 27 letras y, a su vez, por su unión con diferentes palabras. Es maravilloso como una cosa tan insignificante puede construir castillos enormes en nuestra vida. No sólo eso, sino que estas unidades pequeñas e insignificantes, esas que acostumbramos a ver día a día desde que nacemos y a las que no nos paramos a dar la importancia que se merecen, nos dan personalidad. Una cosa dejo clara, podemos estar vivos, pero si no tenemos esa personalidad que nos proporcionan las palabras, no somos más que frascos de colonia vacíos. Somos capaces de ser lo que somos por la palabra. Seguro que habéis oído que nuestro rasgo diferenciador como especie es que podemos razonar. ¿Cómo razonamos si no es mediante la palabra? Lo somos todo, porque tenemos magia en nuestra mente y, afortunadamente, en nuestro corazón.

Personalmente, he sido tímida e introvertida desde que tengo memoria y puedo aseguraros que aprender a leer fue la salvación de mi alma. Pero, si leer me salvó el alma, la escritura le dio un sentido. Imaginaos lo importante y lo maravilloso que tiene que ser para una persona solitaria, vergonzosa y asustada tener un refugio donde esconderse, (los libros), y tener un momento en el que puede hablar sin tapujos y sin miedos, (la escritura). Aunque, he aprendido que todos necesitamos ser salvados, porque todos estamos un poco rotos por dentro. Os aseguro que, para aquellas personas que sufren y que no aguantan el peso de la vida, escribir sobre cómo se sienten, sin restricciones y sin miedo, los cura un poquito. Perdonadme si me emociono demasiado, pero me parece fascinante; porque lo que hace un papel en blanco frente a un corazón afligido, no lo logra hacer nadie. ¿Sabéis por qué? Porque, por mucho que los demás entiendan tu sufrimiento y estén dispuestos a ayudarte, es imposible si primero no entiendes tú mismo ese sufrimiento y estés dispuesto a ayudarte. La escritura logra eso, porque lo que llena el papel en blanco no es nada más ni nada menos que el reflejo del alma.

No me he sentido nunca tan viva y tan emocionada como cuando me encuentro ante un papel en blanco y las ideas, los sentimientos y las palabras fluyen. Es ahí cuando empieza la magia. Cuando uno escribe, tiene en su mano la libertad absoluta. Frente a uno se abren infinitas posibilidades. Podemos dejar de ser uno mismo y convertirnos en otro, podemos hacer todo lo que queramos, sin importarnos nada más que ser libres. Escribir es ser libre. Todos podemos usar esta magia, todos somos escritores, porque todos escribimos; todos somos magos.

¿Alguna vez os habéis parado a pensar que el libro que estás leyendo lo escribió una persona que vivió hace cientos de años? Es fascinante como, a pesar de existir en momentos distintos de la historia, la lectura y la escritura nos permiten conversar con aquellos que se fueron hace mucho. Lo que se escribe es parte de uno mismo, por eso cuando leemos, vemos a alguien más a parte de los personajes, al autor. Porque escritura es la persona que escribe.

Nunca nada me ha gustado tanto como las palabras, siento su tinta recorrer las venas de mi cuerpo mezclada con mi sangre. Hay algo especial en todo lo que me rodea, quizás porque me he rodeado de libros como chalecos salvavidas, y todo es nuevo, todo es grande… Dicen que para atreverse a tocar las palabras tienes que tener un espíritu sensible y sentimental, pero yo creo que sólo hace falta ser valiente y atreverse a ser libre. No todos se atreven, quizás porque la propia palabra “libertad” es demasiado abismal o, quizás, porque la libertad está hecha para gente que no se conforma y que quiere alzar la voz.

Aziul.

Viernes 13

Hoy es un día oscuro, no sólo por la cantidad de supersticiones que tienen el viernes y el número trece juntos, sino porque llueve. El cielo no se ve, porque las nubes lo tapan como si formaran un lienzo desnudo, esperando a que el pintor lo acaricie con su fino pincel. La luz entra escasamente por la ventana que tengo al lado y el cuarto parece estar triste. Tal vez el mundo parece estar triste. Aunque hay una calidez especial en la fría lluvia que impacta sobre el suelo, en el aire gris de la cama y en los colores que se esfuerzan por iluminar la casa.

Los días lluviosos me parecen sinónimo de tranquilidad. Cuando llueve, la gente se refugia en su casa, entre las paredes que siempre los mantienen seguros. Quizás algunos hasta buscan unos brazos en los que acurrucarse y descansar hasta que el sol aparezca de nuevo exigiendo esfuerzo.

Creo que me hace un poco de gracia, eso de que el mundo haya decidido llorar en pleno viernes 13, para acrecentar más el temor de las personas respecto a esta fecha maldita. Quizás es que el mundo también bromea de vez en cuando y esta sea una de sus bromas. Algunos dirán que es de muy mal gusto, yo creo que podría reírme un rato.

Aunque es emocionante, ¿no? La lluvia. Las gotas impactan lentamente, sin ningún tipo de prisa y creemos que ya está, que pronto cesará. Luego las gotas se hacen más rápidas y constantes y, a cada impacto, nuestras ropas pesan más. Corremos y nos estresamos, en vez de pararnos y observar esa maravillosa fuente de vida. Algunos la reconocen cuando están a cubierto, con una manta sobre las piernas y una taza caliente entre las manos; otros, no la reconocen jamás. Pienso que, cuando llueve, pueden suceder muchas más aventuras, porque la lluvia en sí es una enorme.

Quizás la lluvia es el arma que usan esas supersticiones para atacarnos y nosotros no sabemos que nuestros temores están a nuestro lado.

La mala suerte está aquí de nuevo: es viernes 13. O, tal vez, es sólo un día en el que el mundo ha necesitado llorar, porque aguanta demasiado y a demasiados, porque nadie será nunca capaz de sufrir lo que sufre él. El mundo es nuestro gran padre y él nos reconoce como sus hijos. Por eso, la calidez que se esconde tras cada fría gota, esas que hacen milagros, es el amor que nos profesa. Hemos hecho más daño al mundo del que jamás seremos capaz de hacer a nadie y, sin embargo, él nos sigue meciendo y cuidando, con ese amor tan profundo y verdadero que nosotros nunca seremos capaz de profesar.

Aziul.

Un nuevo paso

He estado un poco ausente el mes de agosto, pero supongo que me ha servido. No he escrito mucho y, tal vez, he sido algo perezosa en cuanto a los deberes que yo misma me hube puesto. Lo que sí he hecho ha sido leer. He leído muchísimo. No conozco vuestros sueños y, aunque los conociese, tal vez se me haría difícil entenderlos. A todo el mundo le cuesta entender a otra persona, por eso siempre comparamos su situación con una parecida nuestra. Así que os voy a contar un poco cómo me he sentido y podéis perfectamente compararlo con vuestras propias experiencias. Tal vez por eso me gusta escribir, porque cada persona puede interpretar mis palabras a su gusto.

Me hubiera gustado escribir más de lo que lo he hecho. Años anteriores no lo hacía simplemente porque encontraba mil escusas para no ponerme a ello. Pero este año me he dado cuenta de que es diferente. He buscado escusas, como en los viejos tiempos, pero no por pereza. He comprendido al fin que tengo miedo. Desde muy pequeña mi sueño ha sido escribir, dedicarme a ello. Supongo que el sueño se convirtió en una realidad que veía posible sin darme cuenta. Aunque no comprendía lo que estaba intentando hacer. Ahora creo que he madurado, que tengo miedo porque sé que escribir es una de las cosas más complejas que pueden llevarse a cabo en este mundo. Es un miedo que me aterroriza pero que igualmente me atrae, tal como lo hacen las rosas, siendo tan hermosas y peligrosas al mismo tiempo. Creo poder vivir con este miedo o, al menos, aprender a tolerarlo. Es difícil de explicar, pero este miedo es diferente. Es dulce, adictivo e incluso valiente. Me gusta la sensación de miedo que siento ante la incertidumbre de la escritura, porque sé que no podría vivir sin ella y, por ende, sin este empalagoso miedo.

Estar sin escribir por varias semanas me ha llevado a acumular mucha energía que se convertirá en palabras, lo cual me alegra. Aunque he de decir que me siento un poco triste por no haber escrito, pero a la vez comprendo mis sentimientos y comprendo que necesitaba tiempo. Tiempo para dar un nuevo paso. Sé que para ser buen escritor hace falta escribir mucho, pero para ser buen escritor también se necesita leer mucho. He leído muchísimo, hasta la extenuación. Y, de alguna manera, tengo nuevas perspectivas que antes no había vislumbrado. Creo saber cómo escribir, aunque nunca nadie sabe cómo se escribe. Simplemente fluye, y quiero que mis palabras fluyan. Ahora que ya estoy un poco más recuperada del miedo, ahora que he aprendido a afrontarlo y a comprenderlo, estoy lista para escribir mucho. Parecerá una tontería, quizás la gente que no ama las palabras no lo comprenda (o quizás sí y yo estoy completamente equivocada), pero la felicidad del miedo, ese dulce miedo que me hace querer llorar, es abismal. La felicidad de reencontrarse con los deseos más profundos del alma, incluso si son vertiginosos, es una de las mejores sensaciones que he experimentado.

Ahora creo que lo único que me falta es comprender que el tiempo necesita tiempo, que yo necesito tiempo y que, definitivamente, los sueños, para llegar a cumplirse, también necesitan su tiempo.

Tal vez es hora de dejar de correr y dejarme llevar por la corriente de las maravillosas palabras que pueda algún día llegar a escribir…

Aziul.

¿Sois felices?

¿Sois felices?

No sé si os hacen esta pregunta mucho, poco o nada. Por eso os la hago yo. Sólo hay una persona que me haya hecho esta pregunta en mi vida, que yo recuerde. Tal vez os habéis sorprendido al leer la pregunta, quizás porque no la oís. Yo también me sorprendí cuando esta persona me lo preguntó por primera vez. Creo que contesté con un sí dudoso, aunque era mentira, no era feliz. Dudo mucho de que hoy lo sea. Evidentemente soy mucho más feliz que entonces, que fue hace unos tres años más o menos, pero el concepto de felicidad es demasiado grande como para tomárselo a la ligera. Así que yo soy feliz en parte. ¿Y vosotros? ¿Sois felices?

¿Cómo explicáis que apenas nadie haga esta pregunta? Fácil. El concepto de felicidad para nosotros es que alguien sonría. Cuando alguien sonríe es feliz, cuando no, es infeliz. Fácil y sencillo, ¿verdad? Salvo porque no lo es tanto. Ah, y dejémonos de esa tontería de “el que más sonríe, más sufre por dentro”, porque es mentira. Puedes sonreír muchísimo o puedes sonreír poquísimo y estar igual de feliz o de triste. Así que pongámosle un punto y final a esa frase típica que leíamos para motivarnos o para sentirnos menos solos cuando teníamos doce años. Yo misma he sonreído miles de veces cuando lo único que deseaba era llegar a mi casa, encerrarme en algún cuarto y llorar hasta que no pudiera más. Y no soy la única, todos y cada uno de nosotros lo hemos hecho. Eso es lo que más me molesta de nuestra naturaleza. Sabemos que podemos sonreír estando rotos y, si podemos nosotros, puede cualquier persona. Sin embargo, nadie se detiene a observar la sonrisa o los ojos de una persona. Os aseguro que si observáramos más, nos daríamos cuenta de algo. O tal vez me equivoco, no lo sé. Pero, ¿tanto cuesta preguntarle a alguien si es feliz?

Esta pregunta es tan importante por una sola razón: porque es poderosa. Da igual a quién se la hagas, harás que se replantee su respuesta y a sí mismo. Y esto no es malo ni mucho menos. Te puede responder que sí o que no, independientemente de cómo se sienta realmente, pero cuando esa persona en cuestión esté a solas, pensará en la pregunta y será entonces cuando comience a comprenderse a sí misma. Pueden suceder dos cosas: que la persona en cuestión se dé cuenta de que es feliz, que es lo mejor que puede pasar; o que la persona en cuestión se dé cuenta de que es infeliz, lo que, en los mejores y la mayoría de los casos, la impulsará a buscar la manera de ser feliz. Y todo este proceso tan sólo por hacer una mísera pregunta de dos letras.

Por favor, haced más esta pregunta porque puede ayudar a muchas personas a ser mejores, a comprenderse e incluso a ser felices. ¿A qué no os preguntáis a vosotros mismos si sois felices cuando estáis solos? Nadie lo hace. Es triste como nosotros mismos no somos capaces de cuidar nuestra propia persona. Haced esta pregunta a las personas y, sobre todo, a vosotros mismos. Ayudad y ayudaos. No creo que exista la completa felicidad, pero creo que existe la felicidad adecuada para cada uno. Encontrad esa felicidad y no escondáis vuestras debilidades. Todos las tenemos, por muy fuertes que nos creamos o nos hagamos ver.

Por última vez: ¿Sois felices?

(A JR.)

Aziul.

Comienzo y final (Relato I; pt.2)

Me desperté una mañana, como cualquier otra, y escuché el canto de los pájaros. Aquellos que se acercaban cada mañana al árbol que había frente a mi ventana. Me encantaba escucharlos piar, por eso a menudo tardaba en salir de la cama. Me quedaba allí, disfrutando de su música. Me sentía pleno y me decía a mí mismo que iba a ser un gran día. No siempre lo era, pero cuando los escuchaba piar, estaba convencido de que lo sería. Al fin y al cabo era un niño.

Apenas comprendía entonces la abismal explicación del inicio y del final, de la vida y de la muerte. Tampoco me interesaban, como a ningún niño le interesa pensar en asuntos que van mucho más allá de la razón. No, aquello llegó mucho más tarde, tal vez en mi adolescencia, donde comencé a planteármelo todo. Bonitos momentos eran aquellos en los que aún tenía permitido vivir en la completa ignorancia. Siempre han dicho que el ignorante es mucho más feliz que el que sabe mucho, y estoy completamente de acuerdo.

Mis padres nunca me explicaron detenidamente qué significaba que alguien viviera y que alguien muriera. Creo que nadie le explica a su hijo eso, simplemente lo interioriza al estar en contacto con el mundo. Mi abuela murió cuando yo tenía seis años. La quería mucho y ella a mí también, pero nunca fui capaz de comprender completamente su muerte. Sí, mi abuela había desaparecido, ya no venía a casa, ni yo iba a visitarla salvo al cementerio, ya no me estrujaba las mejillas hasta dejármelas rojas y ya no veía su sonrisa; pero todo seguía igual. Igual, pero sin ella. Apenas lloré por su muerte porque, como he dicho, no comprendía qué le había sucedido. No fue hasta los once años que lo hice. Cuando tenía esa edad, solía ir de mi casa al colegio y del colegio a mi casa solo. El día que comprendí que mi abuela no volvería jamás, no fue diferente. Para llegar a mi casa tenía que cruzar un descampado que sólo daba miedo si ibas de noche, cosa que no hacía porque mi madre me lo tenía prohibido. Aquel día caminaba tranquilo mientras tarareaba una canción y de repente escuché un ruido fuerte y algo cayó a mi lado. Me sobresalté y miré al suelo: un pájaro. Me acerqué a él, estaba cubierto de sangre. Mi mano se dirigió a él cuando alguien me detuvo. Era un señor mayor, con escopeta, el asesino de aquel pobre pájaro. Está muerto, me dijo. Luego lo dejó allí tirado mientras hacía que me alejara del lugar. Cuando al fin reaccioné, salí corriendo y, cuando estuve lo suficientemente lejos de aquel hombre, rompí a llorar. Comprendí que aquel pájaro, como mi abuela, no volvería a tener un comienzo nunca, porque el final decisivo había llegado a él.

Fue en aquel momento que lloré todo lo que no había llorado por mi abuela a los seis años, y también lloré por aquel pobre pájaro. La vida, me dije, es una oportunidad única que se nos da, y que puede desaparecer en cualquier momento en tan solo un pestañeo.

Aziul.