El pájaro rompe el cascarón, H.H.

Durante los pasados días he estado releyendo un libro que es importante por mí por dos razones. La primera razón es porque este libro me impulsó a leer libros más filosóficos y ambiguos, e incluso a autores que no me hubiera atrevido a leer antes de él; y la segunda razón es porque fue el primer libro de Hermann Hesse que leí. No he hablado aún de este escritor, pero creo que ya es hora de hacerlo, porque a día de hoy es el autor que más me ha inspirado y que más repercusión ha tenido sobre mí. Podría decir que Hermann Hesse es uno de los escritores de mi vida. Este libro es Demian, con el subtítulo, Historia de la juventud de Emil Sinclair. Me hace gracia pensar que hace dos años, cuando leí por primera vez este libro, pensé haberlo entendido. Nada más lejos de la realidad. Había aprendido y disfrutado mucho, pero no lo había comprendido. Ahora, en esta segunda lectura, por fin he entendido el mensaje de esta obra y no os podéis imaginar lo emocionada que me siento.

No quiero hacer una reseña como tal, porque creo que es una obra que merece la pena leerla uno mismo, por no mencionar que también merece mucho la pena leer a Hermann Hesse. Intentaré hacer pocas menciones de situaciones que se dan en el libro, porque el mensaje es mucho más profundo cuando se entiende por uno mismo.

Emil Sinclair es un niño cuando empieza la obra, un niño que siempre ha estado rodeado de luz, de amor y de la protección de Dios. Pero un día, al salir de clase, se va con unos compañeros, y ellos comparten las fechorías que han realizado. Está de más decir que Sinclair nunca había llevado a cabo ninguna fechoría, pero se inventa una mentira para impresionar a sus compañeros. Esa mentira sigue siendo lo que es, una mentira, pero lo llevará a ser coaccionado por uno de esos compañeros, lo que turbará su conciencia mucho tiempo. Esa es la primera toma de contacto de Sinclair con el mundo oscuro. Más adelante conoce a Demian, un chico misterioso que parece saber muchas cosas sobre este mundo oscuro y, aunque Sinclair intenta alejarse de este chico, la atracción que este ejerce sobre él será mayor, porque la atracción de la maldad es dolorosa, pero adictiva. Hasta ahí lo que contaré sobre la novela en cuanto a argumento.

Quiero pasar ahora a los temas que me han llamado la atención. El primero de todos, el que ya os he expuesto en el argumento, es el contraste entre el bien y el mal. Hesse, por medio de Sinclair, hace una reflexión asombrosa: ¿acaso no vemos sólo la mitad del mundo? Nos fijamos en la parte luminosa del mundo, aquella llena de bondad y tranquilidad, pero no es el mundo real. Para que sea el mundo real, hay que tener en cuenta la otra mitad del mundo, la parte oscura, aquella llena de maldades y vicios. ¿Acaso no somos nosotros mismos la principal fuente de bondad y de maldad en el mundo? ¿Por qué censuramos la parte mala, como si hablar de ella o tenerla en cuenta fuera pecado? Esta pregunta nos lleva al próximo tema: la religión. He de aclarar que Hesse nunca criticó la religión, más bien reflexionó sobre ella, intentó entenderla, intentó encontrar la propia. Hesse tenía mucho respeto hacia la religión, él mismo decía que ninguna religión era mejor que otra, sino que eran diferentes y plenas en sí mismas. Bien, cuando hablamos de Dios, sólo le atribuimos las cosas buenas, es decir, la mitad luminosa del mundo. Pero entonces, ¿no estaría la religión también incompleta, porque censura y castiga la maldad? Aquí es donde tengo que introducir a Abraxas, un dios egipcio, pero que en esta obra tiene la característica de concentrar en su entidad tanto lo divino como lo infernal, es decir, tanto el bien como el mal. La figura de Abraxas es muy importante en esta novela, porque en ella se recogen ambos mundos, es decir, el mundo en su totalidad. Además, este dios concentra en sí mismo tanto la imagen del hombre como de la mujer, dándoles la suprema igualdad. La frase con la que constantemente se hace referencia a Abraxas en el libro es la siguiente: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El dios se llama Abraxas.”. Podemos explicar esta frase diciendo que si queremos que algo nuevo nazca, primero hay que destruir lo antiguo. A veces mediante la destrucción, (lo malo), se llega a lo nuevo y lo anhelado, (lo bueno).

Hermann Hesse habla constantemente del crecimiento personal en su obra literaria, y en Demian esto se ve claramente. Sinclair, desde su primer contacto con la maldad del mundo, comienza a desarrollarse, es decir, pasa de ser la persona que le imponen ser a ser la persona que él quiere ser, aunque muchas veces falla. Es más, durante la novela, se repite constantemente que la única manera de llegar a Abraxas es no renunciando a la propia persona: Hay que encontrarse a uno mismo para poder alcanzar a Abraxas. Tal vez incluso nosotros seamos Abraxas porque, a veces tenemos que destruir la imagen que los demás nos imponen, para aceptar la imagen que nosotros mismos nos damos. Estas personas, las que buscan su propio yo, las que quieren llegar a Abraxas, están marcados, tienen un estigma.

Durante la novela se nos muestra toda la evolución de Sinclair a lo largo de su juventud para poder llegar a sí mismo, para poder entenderse y conocerse. Esta evolución está magníficamente contada, y sólo se consigue mediante una serie de personajes que conoce nuestro protagonista a lo largo de este periodo de su vida. No voy a hablar de estos personajes, porque es imposible para mí explicarlos dignamente. Me es imposible hablar incluso de Sinclair y de Demian, pero a ellos, por razones obvias, me veo obligada a hacerles referencia. Son personajes muy bien construidos y creo que sólo se los puede comprender a través de la lectura minuciosa de esta obra.

Necesitaba mencionar esta obra y dedicarle una entrada entera, pero insuficiente, debido a que Demian es el claro reflejo de nosotros mismos. Todos nosotros somos Sinclair. Nos encontramos en un mundo, perdidos, intentando encontrarnos, conocernos. De eso se trata la vida, de ir poco a poco almacenando experiencias, memorias y reflexiones, con el fin algún día de llegar a nuestra propia persona, de llegar a Abraxas.

El cascarón está rompiéndose.

Aziul.

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En blanco

Llevo varios días diciéndome a mí misma que debo escribir algo para el Librito Aziul, lo que pasa es que no sé muy bien de qué hablaros esta vez. Un gran amigo mío me dijo que aunque no supiera qué escribir, que compartiera eso mismo, el no tener una idea de lo que saldrá de este texto.

Considero que puede ser una buena idea, no ya sólo para escribir, sino para descubrir qué es lo que esconde mi interior y es tan difícil de ver ahora. El caso es que no me ha ocurrido nada relevante estas última semanas, ni tampoco he vivido ningún sentimiento profundo que me haga necesitar descargar todo en el papel, como pasó con la última publicación, por ejemplo. Suelo escribir por necesidad, aunque también por gusto, evidentemente. A lo que me refiero es que, cuando hay una necesidad tan poderosa para escribir que no puedes evitar hacerlo, ya sea por un suceso inesperado o por sentimientos tan fuertes como la felicidad o la tristeza (y sus derivados) es cuando sale lo mejor, o quizás lo peor, depende de cómo se mire. Doy por hecho que todos sabemos a lo que me refiero, porque espero que todos hayamos escrito al menos una vez en nuestra vida por necesidad, ya sea para conocer nuestros sentimientos, ya sea por el gran amor que profesamos a nuestro amado o amada, ya sea por lo mucho que admiramos a una persona, ya sea por el motivo que sea. Aconsejo que se escriba, y no lo digo porque escribir despierte en mí una pasión ardiente, sino porque creo que escribir es una de las llaves que nos permite llegar a lo más profundo de nuestra alma.

Escribiendo esto me he puesto un poco triste, y quizás era ahí donde quería llegar cuando comencé este texto. Nunca me ha dado miedo una hoja en blanco, más bien me emociona, porque cuando tengo una hoja en blanco delante de mis ojos, no puedo evitar entusiasmarme por las hermosas figuras que sé que se unirán para dar un mensaje, unas figuras que yo misma creo, porque mis palabras nunca van a ser iguales a las palabras del resto de personas. Es más, cada persona tiene sus propias palabras. Puede que en estructura sean iguales y que el significado sea el mismo, pero la esencia es diferente, la esencia depende de cada persona que emplee esas maravillosas figuras. Estoy triste porque necesitaba esto, plantarme delante de una hoja vacía y ser yo misma. Actualmente, estoy bastante ocupada y apenas tengo tiempo para hacer todo lo que me gustaría, pero las personas siempre encuentran tiempo para lo que de verdad es importante para ellas. Por eso estoy aquí, porque escribir me importa, porque estoy más hecha de palabras que de ninguna otra cosa.

¿Veis? Al final ha funcionado. Empecé hace un buen rato sin una clara idea del contenido que tendría este texto y al final el resultado ha sido este. Seguramente no hubiera pensado en nada de esto hoy, ni mañana, como tampoco lo pensé ayer, porque estas cosas no suelen pensarse. Estamos tan atrapados todos por nuestra rutina y por nuestras obligaciones que nos olvidamos de nosotros mismos. Es muy importante cuidarnos, saber cuáles son nuestros sentimientos, nuestras satisfacciones y nuestras carencias. Escribir a mí me ayuda a pensar en todo lo que ignoro haciendo cualquier otra cosa, me ayuda a saber quién soy, a darme una identidad. Os aconsejo, aunque en vuestra mano está hacerme caso o ignorarme, porque a decir verdad no siempre estoy en mis cabales (aunque vosotros decidiréis cuándo lo estoy y cuándo no, porque yo, la verdad, no lo distingo muy bien), que cuidéis vuestro corazón y que hagáis eso que os dé identidad. Sólo así podréis romper la monotonía, y no sé si soy yo o el qué, pero la monotonía sí que me abruma y aburre al mismo tiempo. Vivid, sobre todo vivid, sed libres como los pájaros que surcan los cielos cada día.

Aziul.