Luz de luna

Hace un par de semanas iba con mi padre en coche, era de noche y la luna, majestuosa y tan poderosa como siempre, iluminaba el oscuro cielo equitativamente. Él me dijo impresionado, “¿has visto lo redonda que está hoy la luna?”, y la miré a través del fino cristal que me protegía del frío. Era preciosa, como una obra de arte que sabe que ha nacido para ser admirada. No tan solo eso, sino que también fue, al menos para mí, letal.

Siempre me ha gustado observar la luna, pero al igual que pasa con cualquier cosa, cuando te acostumbras a verla, esa admiración se convierte paulatinamente en conformismo, casi en indiferencia. Esa noche fue distinta, o quizás lo era mi manera de mirarla. Sólo sé que la luna que iluminaba incesantemente aquella oscuridad consiguió mover algo en mi interior. Mis ojos quedaron prendados de ella y mi mente, tranquila hasta entonces, me planteó una pregunta que me dejó desorientada, “¿cómo es posible que nosotros, los seres humanos, creamos que somos lo más increíble que ha ocurrido nunca, cuando esa luna, inmensa y hermosa, se mantiene grandiosa en el cielo, dándonos equilibrio y vida?”. Casi simultáneamente, otra pregunta fue creada por mi mente, “¿y que pasa con el mundo, con este planeta que nos da cobijo y sin la que nuestra existencia nunca se hubiera producido?”. No pude contestar, pero aún siento la tristeza que me invadió lentamente en aquel instante. Me pregunté cuál era la razón de no haber sentido aquel agradecimiento antes por la luna, y digo por la luna, porque por el mundo lo siento casi siempre. ¿Por qué nunca antes me había sentido tan pequeña bajo la luz de la luna, tan insignificante? Pensé que tal vez alguien estuviera mirando aquella luna también, y quizás preguntas parecidas le asaltaran la mente y lo hicieran sentir bastante ridículo, tan ridícula como yo me siento cuando día tras día afirmamos que somos la mayor y mejor creación que existe. Pensamos que lo somos todo, que sin nosotros nada podría ser, y lo peor es que nos lo creemos y lo interiorizamos tanto que sólo conseguimos mostrar lo que realmente somos, un manojo de hipócritas con aires de superioridad.

Me río, porque mientras mis ojos seguían observando, casi cristalizados, aquel punto blanco que evitaba nuestra total sumisión en la oscuridad, supe que no es la luna quién está sola, como suelen decir las personas. No, la luna está bien como está, quién realmente está sola es la Tierra, que tiene que hacerse cargo de la vida de billones de personas mientras la destruimos y la sometemos a crueles torturas debido a nuestro afán de grandiosidad. La Tierra, con su enorme generosidad por y para nosotros, a cada minuto sangra más. Las personas, lamentablemente, lo destruimos todo, a nosotros mismos, a nuestros semejantes, a seres de diferente especie y a nuestra fuente de vida.

Mientras la Tierra sigue llorando, regando así con sus lágrimas nuestra triste existencia, la luna se mantiene a su lado, como un buen amigo que, a pesar de no poder hacer nada para curar las heridas ajenas, permanece con el único fin de compartir un dolor tan fuerte que nadie debería soportar, ni mucho menos imaginar. Estamos matando un planeta que, simplemente por su naturaleza afable, debería ser amado y cuidado. Sí, estamos matando nuestro propio origen y lo peor es que no nos damos cuenta de que, a la par, nos estamos matando.

Aziul.

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