Últimamente, me he sorprendido mirando por la ventana en varias ocasiones. Cada día lo hago con más frecuencia, con un anhelo que se mantiene presente en todo momento y que impregna mis ojos con su esencia.

Supongo que la ventana es el único contacto con el exterior que tengo, que tenemos, en este confinamiento que parece no terminar. Antes sentía mucha tristeza al tener tan pocas posibilidades de comunicarme con el mundo; ahora, aunque la tristeza no se ha ido por completo, el sentimiento es diferente.

El ser humano tiene una gran capacidad de adaptación. Aún me acuerdo los primeros días que pasé sin salir de casa, me preguntaba constantemente cómo podría soportar aquello. Y ahora, meses después, esa pregunta ha sido resuelta. Me he acostumbrado a no poder hacer las cosas que mi corazón anhela y he aprendido a no sufrir más de la cuenta por ello. Estoy segura de que muchos estamos en las mismas condiciones, en las que hemos reprimido con todas nuestras fuerzas nuestros sentimientos para evitarnos daño innecesario. En este momento, me alegro de que el ser humano sea egoísta por naturaleza. Al menos así podemos protegernos un poco.

Volviendo a la ventana, a la que quiero hacer protagonista de este texto. No sé qué día fue el que se me implantó en la mente una idea, tal vez la fui gestando durante varios o tal vez fue una rápida luz que atravesó mi conciencia. No lo sé con exactitud, pero se quedó conmigo desde entonces. He estado dándole vueltas, no más de la cuenta porque, en el fondo, sé la respuesta. Otra vez entra en acción el egoísmo protector.

Desde que empezó este encierro, he visto días fríos, días cálidos, días lluviosos, días soleados, días que me enfadaban, días que despertaban ternura… Han pasado días y, con ellos, el tiempo. Me sentí dolida y aliviada a la vez. Mi vida se ha parado y todos los días parecen iguales, pero, al mirar por la ventana, comprendo que el tiempo sigue moviéndose y que los días, a pesar de todo, son diferentes. «¿Acaso así se siente morir?», es lo que me pregunto a menudo. Morir es el fin de tu tiempo, pero todo sigue fluyendo, como si tú nunca hubieras estado. Observar el mundo desde mi ventana, sin poder hacer nada salvo observar, se siente extrañamente cercano a la muerte. Cuando yo no exista, seguirán habiendo días fríos, días cálidos, días lluviosos, días soleados, pero ya no me enfadarán ni despertarán mi ternura. Seguirá sucediéndose todo como una rueda que sigue girando hasta la infinitud, pero yo ya no estaré.

Sé que el mundo no debería tener sentimientos, pero como el ser humano suele humanizar todo lo que le rodea, a veces no puedo evitar pensar si el mundo habrá querido mucho a alguien, tanto que cuando llueve sigue llorando su ausencia. Es imposible que esto suceda, pero siempre tiendo a agarrarme a una posibilidad casi inexistente de que algo sea diferente a como pensamos que es.

¿Qué más da? Desde alguna parte de mi confuso interior descubrí que, a pesar de sentir recelo hacia la idea de un mundo que no pudiera seguir contemplando, también sentí alivio. Una especie de alegría porque todo continuara aún sin mí.

Desaparecer sin ser recordado siempre ha sido uno de los mayores miedos de nuestra especie. Entiendo ese miedo, esa desesperación por dejar un pedazo de nosotros en este mundo. Se puede lograr, no creo que para siempre, pero sí para mucho tiempo. Aunque, al final, y no creo tener ninguna duda sobre ello, los únicos que recordarán tu existencia serás tú y la tierra que pisaste alguna vez. El mundo debe ser una especie de dios gigante que nos ha dado cobijo a tantos de nosotros… y los que quedan.

Me alegro de que el tiempo siga pasando.

PD: Os comparto una foto de mi ventana, para que os hagáis una idea de lo que mis ojos ven.

Aziul.