He estado un poco ausente desde que comenzó el año. Parte de la culpa de esto ha sido, como ya os habréis dado cuenta, de la mejora que ha sufrido al blog. Ahora es más acogedor (o eso creo).

Quería hablar de algo que me sucedió ayer y que me dejó bastante pensativa. Estaba hablando a través del móvil con unas amigas, como cualquier otra persona. El caso es que tengo la manía de escuchar mis mensajes de voz una vez que los envío. No sé por qué, pero lo hago. Así que, escuchando uno de estos audios que yo había mandado, de repente sentí mi propia voz lejana. Me era familiar, evidentemente, y sabía perfectamente a quién pertenecía, pero algo me hizo preguntarme: «¿Reconoces tu persona en esta voz?». Me quedé en silencio, pensando. Esa voz podría pertenecer a cualquier persona, pero era mía. Y pensé en la pregunta y luego en la respuesta que podría darme. No sabía exactamente en qué parte de esa voz reconocerme, pero tampoco sabía en qué parte no reconocerme. Toda mi persona estaba encerrada en aquella voz y, a la vez, nada de ella lo estaba. ¿Quién fui y quién no fui? ¿Quién soy y quién no soy? ¿Quién seré y quién no seré? Estas preguntas atosigaron mi mente en cuestión de segundos y no conocía la respuesta de ninguna de ellas… Ahora tampoco.

Sabéis eso que dicen de que nadie nos conoce tanto como nosotros mismos. En cierta medida, creo que es verdad. Sin embargo, también soy bastante partidaria de la idea de que uno nunca acaba de conocerse a sí mismo. Supongo que, alguna vez en vuestra vida, os han pedido que os describáis, ya sea con tres adjetivos o con una redacción contando lo que os gusta y lo que no. También supongo que respondisteis, de forma oral o escrita (esto es irrelevante, no sé por qué me distraigo con ello). Así que, dando por supuesto esto, me gustaría preguntaros algo: ¿seguís describiéndoos de igual forma? ¿Seguís viéndoos reflejados en aquella descripción? Personalmente, espero que no. Digo esto porque, leyendo a mi escritora contemporánea favorita (quizás por el peso emocional que tiene sobre mí), Kate Morton, una oración me hizo pausar la lectura para que mi cerebro pudiese absorber toda aquella información. Dicha oración decía así: «El tiempo es una extraña y poderosa bestia. Tiene la costumbre de volver posible lo imposible.«. Tanto me impactó que, a día de hoy, tengo esa frase colgada en el corcho de la pared. A veces la leo accidentalmente y comienzo (de nuevo) a darle vueltas.

Siempre me voy por las ramas y lo siento, pero hay muchas cosas que quiero decir y muy poco tiempo (o no, depende de cómo se mire). La frase de mi adorada Kate Morton era necesaria para que vosotros podáis sentir lo mismo que yo o, al menos, que lo entendáis. Pasarán los días y cambiaremos, poco a poco. La persona que fui ayer ya no existe; ni siquiera la persona de hace unas horas. Somos personas completamente nuevas, porque nunca podemos ser las mismas. Estoy segura de que, parte de la descripción que hicisteis en algún momento de vuestra existencia, sigue definiendo parte de vuestra persona, pero también estoy segura de que la mayoría de esas cosas han cambiado. El tiempo hace posible lo imposible. Y sí, toda esta reflexión surge a pie de que mi voz sonaba diferente, como si no fuera mía.

A veces me miro en el espejo y veo la misma figura de siempre, pero la siento distante. Hay ocasiones en las que, lo que mis ojos me muestran, me parece abismal. Toco mis manos y siento la caricia, la frialdad y la suavidad, pero siento que no son mías. Me muevo y realizo acciones, pero se siente como si una fuerza extraña me hubiera programado para hacerlo. Hay momentos en los que parece que mi alma desconecta de mi cuerpo y, sólo entonces, comprendo que no soy nada más que una persona entre millones. Me siento pequeña y perdida, pero me siento. Y quizás es lo único que importa de verdad: sentirse. Tampoco lo sé, tampoco llegaré a saberlo nunca.

Aziul.

(Fotografía sacada de Canva. Autor: Kenaz Nepomuceno)